Finales que no llegan
‘Anuncios’, novela que la desaparecida Camila Cañeque dejó en su ordenador, juega con el silencio y las palabras

Camila Cañeque.
Anna María Iglesia
«Las historias acaban en un aplastante reposo sonoro, como un adelanto del silencio que viene a continuación, un silencio sin interrupciones, el de después del libro», escribió Camila Cañeque (Barcelona, 1984-2024) en La última frase, ese libro póstumo compuesto de últimas frases unidas por reflexiones de la propia autora y que es una indagación sobre los finales, múltiples y constantes. En Anuncios, hay un habla sin interrupciones, pero también un silencio nunca interrumpido hasta el final de la novela. Y decimos novela, pero bien podría pensarse como el guion de una performance, como el texto para una obra teatral que, sin embargo, no requiere ser llevada a escena para adquirir sentido.
El diálogo entre las dos obras lleva a pensar que fueron redactadas, si no contemporáneamente, con un breve intervalo de tiempo. Mientras que de La última frase Cañeque pudo revisar las galeradas, de Anuncios se encontraron una serie de apuntes y textos, además de la que supuestamente es la última versión. El texto, hallado en su ordenador, venía acompañado de una nota en la que lo definía como novela, pero como una novela construida a partir de dos o tres actos separados por dos o tres intermedios. Es decir, aludía a su naturaleza dramática.
Dos espacios –la casa y el bar– y dos voces o dos presencias: la de Don, músico de jazz de origen lituano con propensión al consumo de alcohol que no para de hablar, y la de la narradora que no narra, escucha y solo introduce acotaciones sobre el movimiento o el espacio en el que se mueve el músico. Don es un fracasado, alguien que ha sido expulsado del mundo por no saber habitarlo. Tiene algo de Bartleby, pero sin esa conciencia del personaje de Herman Melville que le lleva a negarse a hacer algo. Don tampoco hace; habla, pero por inercia. Es un expulsado del mundo que no es consciente de serlo y, a la vez, está atrapado en él: su verborrea no es sino reflejo de la aceleración del tiempo y la producción, del hacer y producir constante. Habla y habla, pero ¿para qué? Es una especie de inepto que la sociedad ya no acoge y cuya palabrería es reflejo –escribió Cañeque– de su desconocimiento respecto a los códigos del siglo XXI. Pero aunque los desconoce, no escapa de la lógica acumulativa, de esa verborrea infinita, del agotamiento de los discursos que, pese a todo, se siguen reiterando. Porque Don no llega a formular ese «prefería no hacerlo».
Cañeque da un paso más allá de Melville, el que separa el siglo XX del XXI. Y la narradora está ahí, escucha; como una cámara que sigue a Don sin intervenir. Cine dogma, podríamos decir: cámara en mano, no hay aparentemente manipulación de lo registrado de ese músico verborreico que, en parte, puede remitir a las figuras beckettianas de Esperando a Godot, pero también a esos dos personajes de Gustave Flaubert llamados Bouvard y Pécuchet; la diferencia es que Don ni siquiera espera algo que no llegará y que el fracaso es algo consumado.
«Nada que mostrar en estas páginas», leemos, y este fundido en negro, esta página vacía al estilo de Laurence Sterne, apela a ese vacío que se esconde tras la verborrea de Don. Cañeque lleva a cabo una exploración de un lenguaje aparentemente vacío, porque el silencio de la narradora abre el interrogante sobre lo que se esconde tras la acumulación de palabras agotadas, de discursos que ha perdido su sentido. Como Samuel Beckett, nos recuerda así que aquello que denominamos absurdo no es sino el nuevo sentido impuesto.
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