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Una ‘troupe’ de gente rara

‘Pavana en si’ es el último texto narrativo de Adriana Serlik, autora argentina asentada en Gandia que no sabe de cansancios

'Pavana en si'

'Pavana en si'

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Alfons Cervera

Alfons Cervera

Es una cuestión de azar…

El azar de los encuentros.

Patrick Modiano

«No le gusta ese mundo: será por eso su inquietud adolescente, su culo de mal asiento, su negación del llanto (tan propio de poetas o lo que sean esos de la lágrima suelta) porque como decía Juan Gelman el poeta ‘se abstiene de llorar’»- Esto lo escribí en el prólogo a Frágil, libro de poemas que Adriana Serlik publicó en 2014. Ha publicado, esta escritora argentina, muchos libros desde hace muchos años. Sobre todo de poesía. Ha vivido en medio mundo desde que nació en Avellaneda en 1945. Ahora vive en Gandia, comarca valenciana de la Safor. Ahí la he conocido siempre. Ya ni recuerdo desde cuándo. Y como dije en aquel lejano prólogo a sus poemas, siempre la he visto andar de un sitio a otro, incansablemente, y con esa sonrisa de bondadoso entendimiento que nunca la abandona. Por todo ese ajetreo, lleno de un envidiable vitalismo, han pasado mucha gente, demasiadas pérdidas, un montón de libros propios y ajenos que han ido enriqueciendo, no sólo los encuentros más o menos azarosos, sino principalmente lo que somos.

Esa pequeña maravilla

Llorar es bueno a veces, claro que sí. Otra cosa es llorar pensando que la poesía nace del llanto y va a parar al llanto. Para nada. Al revés. Lo que ha de hacer la poesía es plantarle cara a la mierda de mundo en que vivimos. De eso, de enfrentarse al mundo que no nos gusta un pelo, sabe mucho y bien Adriana Serlik. Y es mucho lo que hemos aprendido de ella, de su risa, de la lealtad a quienes han formado y siguen formando parte de su vida. De sus vidas. De las que ha venido viviendo desde que la conozco y seguro que desde antes de conocerla. En vez del llanto prefiero la rabia. En la poesía, en las novelas, en la vida… Y si le ponemos música a esa rabia y a la escritura que la sustenta pues mejor que mejor. La pavana que acompaña todo lo que dura la novela de Adriana Serlik que acabo de leer y ya hace unos meses que debería haberlo hecho. Pero bueno, nunca es tarde cuando en el puerto nos esperan Ravel y una troupe de gente rara que llenará las páginas de esta pequeña maravilla que es Pavana en si, el último texto narrativo de una escritora que no sabe de entregas ni cansancios.

Meter en tan pocas páginas más historias, más personajes, más sitios por donde deambulan a sus anchas y con sus estrecheces esos personajes es imposible. Un prodigio el perfecto aprovechamiento del tiempo y el espacio. Saltos en el alambre del funambulista que arriesgan un batacazo sublime contra el asfalto, pero no: llega al otro extremo el artista para seguir en su viaje interminable entre Gandia y París, entre las vidas y las muertes que van llenando las páginas -y hasta los espacios en blanco- de este libro que no te deja casi ni respirar, que, como en los textos tan magistralmente sencillos como endiabladamente construidos de Patrick Modiano, te conviertes en testigo de tus propias inseguridades, de lo que se te escapa cada vez que has creído ver algo -como una sombra- a la vuelta de la esquina, de las vidas que te acompañan o se han quedado tendidas en las calles del olvido, como en una vieja canción de Los Secretos.

Podría ser una novela policiaca. Toda indagación tiene algo de un género que destaca por sus inextricables ramificaciones. Pero Pavana en si va mucho más allá. Muy poco del pasado traumático y de un presente que es como el foso de los leones se le escapa a la escritora. La violencia de género. La seguridad de que el exilio parte por la mitad los sueños que crecieron a este lado de la frontera: de todas las fronteras. El amor que siempre será un paisaje confuso lleno de luces y de sombras. Habrá algún robo o al menos la desaparición de algo de mucho valor en el mercado del arte. Y también la búsqueda de los motivos que llevan a la gente a tirarse de un balcón o a que la vida apenas te dé motivos para seguir viviendo. A veces el suicidio no es suicidio sino que alguien empujó a la víctima al vacío para hacerse con un botín que tiene sus orígenes en las reuniones de aquella troupe de artistas en el París de las vanguardias: los Apaches, con sus libros, sus músicas, sus obras de arte… Tal vez aquí, lo mejor de este breve itinerario por la mejor literatura: cómo se sale y con acierto de esa mezcla de géneros literarios, de contar con personajes reales y con otros que surgen de la imaginación de quien escribe, de ese respeto a la verdad de los hechos sabiendo que la oscuridad acechará a todas horas la luminosa claridad que alumbra los acontecimientos.

Poética de la memoria

Conozco los sitios sobre los que se levanta la novela de Adriana Serlik. Los de aquí y los de allá. También a sus personajes reales a través de sus obras: Picasso, Ravel, Proust, Benjamin, Buñuel, el trágico Carles Casagemas, que es seguramente el principal de todos ellos. Sé que la poética -y regreso de nuevo a Modiano- es en las páginas de Pavana en si como el interminable viaje del presente al pasado y el descubrimiento de unos personajes que permanecían escondidos, como fantasmas insomnes, en la fragilidad de la memoria. Y finalmente: leer esta novela que apenas supera las cien páginas (para mí siempre un valor añadido contra esos tochos infumables que encallan cuando llevas leídas diez líneas del segundo párrafo) ha supuesto un disfrute de campeonato. Ese magnífico final que es como si estuviésemos de nuevo en el principio y… Bueno, ya va bien. Lean y se enterarán de todo. Y si lo hacen con la Pavana de Ravel de fondo musical, qué quieren que les diga. Pues eso.

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