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Basura

La lectura de ‘Dulce Basura’ es tan dura como el relato de su protagonista; «desasosegante y desesperanzadora»

Dulce basura.

Dulce basura. / Kayla E

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Álvaro Pons / Noelia Ibarra

La primera sensación que se tiene al abrir Dulce basura, de Kayla E (Reservoir Books, traducción de Juan Naranjo) es la de estar ante un bonito diario infantil de colorido festivo y trazo, casi naif, contagiado de la diversidad que aporta esa naturaleza episódica y fragmentaria que tiene el ir anotando la vivencia diaria. La segunda, que estamos atrapados en una trampa que ha lanzado la autora, obligados sin remisión a seguir pasando páginas de una historia que duele leer, perturbadora en cada propuesta.

Con la herencia confiesa de Ware, asistimos a la desgarradora construcción del testimonio de un abuso intrafamilar, en el que todos los recursos clásicos de una publicación constituyen un abanico de posibilidades para ahondar en ese dolor intratable. Con audacia, la autora va más allá de la simple exposición de sus problemas: usa el cómic como una forma única de expresar lo que no puede ser verbalizado, lo que sólo el lenguaje de la historieta puede trasladar como un puñetazo emocional directo, sin concesiones.

Una catarsis desde la viñeta que trasciende la página y el propio cómic, con pasatiempos, rompezabezas, recortables, anuncios y las historietas recombinadas en un objeto complejo y poliédrico donde cada cara aporta una perspectiva diferente de ese trauma que es imposible de describir. Continente y contenido perfectamente amalgamado en un juego de apariencias que recuerda a la estética de los libros infantiles de los años 90, usando de anzuelo una nostalgia que se hace añicos enseguida cuando se es consciente de qué se está leyendo. El desconcierto nos invade entre el caos de esa narradora infantil que nos está contando con inocente naturalidad episodios espantosos, empapados de una sinceridad brutal que por momentos queremos reconocer como frialdad para mantener una distancia de seguridad que desapareció cuando pasamos la primera página.

Pero el relato sigue, y la disfuncionalidad familiar se va colando por las grietas que dejan los relatos infantiles, por esos colores que asociamos a los tebeos de nuestra niñez y que pronto dejan entrever una terrorífica representación de la maternidad, los abusos del hermano, la lejanía del padre… Una infancia rota que solo encuentra en la culpabilidad asumida una posible excusa de supervivencia mientras el mito del hogar como refugio cae ante los soplidos de una realidad que destruye todo.

Y, mientras, no hay espacio de seguridad para la pobre niña: esa sociedad de un pequeño pueblo rural del sur de los EE UU donde cualquier identidad mestiza es rechazada como ajena, donde la religión, omnipresente en lo cotidiano, es usada por su familia como escudo que ampara la negligencia de los progenitores mientras legitima la impunidad de los abusos sexuales siempre que la sociedad bienpensante pueda quedar ignorante de su existencia.

No hay ningún espacio de remisión, no hay ningún momento de esperanza: la lectura de Dulce Basura es tan demoledora como el relato de su protagonista. Pocas veces una obra consigue mostrar una capacidad desasosegante tan potente y desesperanzadora, demostrando el potencial que el cómic esconde, esa habilidad única de conectar con nuestros sentimientos y sensaciones, de conseguir que empaticemos desde recuerdos ocultos y enterrados para que el dolor ajeno se transfiera y lo sintamos como propio. Kayla E consigue un catálogo de los horrores que la crueldad del ser humano puede infligir, de esa basura que se puede construir entre el odio y la indiferencia, entre el maltrato y el desprecio, y que ningún perfume será capaz de dulcificar.

Hay que leer Dulce Basura, pero cuidado, duele.

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