El último metafísico
El teólogo y filósofo valenciano Agustín Andreu murió el pasado 23 de mayo a los 97 años. Un tipo grande, un sabio de esos que pasa de manera discreta y queda casi como desconocido en una Valencia de fuegos de artificio. Uno de sus discípulos, Juan Arnau (que ha publicado recientemente 'El viajero mental' y 'Atman'), lo define en esta semblanza como «la inteligencia en la torre que supo abrir espacios de libertad a aquellos que se le acercaron» en un tiempo de «acoso de todo tipo de ortodoxias políticas y religiosas». Un crítico también con las estructuras de la Iglesia que prefirió ir por libre.

Agustín Andreu en su última etapa vital. / R
Juan Arnau
Ha muerto a los 97 años Agustín Andreu. Su vida cierra un siglo, quizá el más sangriento que ha conocido la historia. Nacido en Paterna en 1928, su magisterio se ha prolongado durante casi setenta años. Podría decirse que fue el último metafísico, la inteligencia en la torre que supo abrir espacios de libertad a aquellos que se le acercaron. Comparte con Ortega, Machado, Zambrano o Giner de los Ríos, el aspecto de «misión» que todos ellos dieron a su vida y obra.
Niño de la guerra civil, ingresa en el seminario a los 11 años. Si hubiera ganado la República, se habría formado en la Unión Soviética. Su vida, como la de su generación, se caracteriza por el acoso de todo tipo de ortodoxias políticas y religiosas. A partir del año 35, es discípulo de un joven maestro, Ramón Ramia, de la Institución Libre de Enseñanza, cuya pedagogía combina la granja apícola, clases en el campo y la introducción a la filosofía. Los tres años de la guerra fueron de miedo, hambre y enfermedad (una pleuresía, provocada por la desnutrición y el terror a que mataran a su padre).
Pasada la contienda fratricida, en plena euforia por la paz, lo ingresan en el seminario. Allí lleva una vida que más tarde calificará de inhumana y solitaria. Lo aíslan de la familia y carece del cariño necesario para un niño. La adolescencia resulta malsana y retorcida, con el mandato obsesivo de conservar la virginidad y la prohibición contranatura del contacto con el otro sexo. A pesar de todas las dificultades (hambruna incluida), el joven seminarista se orienta hacia el conocimiento: Habla con fluidez el latín, estudia griego y alemán. Frecuenta libros prohibidos de Ortega, Unamuno, Ganivet o Aleixandre.
En 1953 se traslada a Roma para estudiar Teología oriental. Es la época más feliz de su vida. Ampliación de horizontes, amistad con María Zambrano, su hermana Araceli y con otros exiliados españoles como Ramón Gaya. Su afecto por Zambrano se intensifica, ambos se interesan y hablan de teología y metafísica. Una relación que se funda en la mutua admiración y la sintonía intelectual. Conoce a la familia de Benedetto Croce, y se recrea en los encantos de la libertad, que concluye con su regreso a Valencia en 1956. El retorno no puede comenzar peor, una grave enfermedad (una crisis aguda de alergia) que pone de manifiesto su resistencia a transitar caminos no elegidos. Ese mismo año, a sus 28, inicia las clases como profesor en el Seminario de Moncada, que se extenderán a lo largo de veinte años. Allí sufre envidias y traiciones. Observa el desarrollo del Concilio Vaticano II, del que tanto se espera, y que Andreu criticará por su falta de teología y su exceso de pastoral. Censura también la intransigencia de la Iglesia con la sexualidad, que hace agua entre los clérigos y provoca interminables dramas. Todo ello le empuja hacia la crítica profunda de la Institución y con ello a la marginación.
Desde su infancia está familiarizado con la actitud represiva de las ideologías, desde el anarquismo y los revolucionarios radicales en Paterna, hasta el triunfo del franquismo y la hegemonía de la Iglesia. Años más tarde se topará con las utopías de izquierdas que prenden en los años sesenta. Todas esas influencias, todos esos asedios, acrecientan una libertad interior ganada a pulso desde joven. Y una condición de perpetuo heterodoxo que acaba concibiendo una filosofía al margen de la Academia y una teología al margen de las Iglesias. En un acto de libertad, se zafa de un ambiente eclesiástico en descomposición, sin que las autoridades se atrevan a hacerle frente, gracias al reconocimiento general de su honradez y prestigio intelectual.
A principios de los 60, en el Colegio Mayor de la Asunción, Andreu conoce a Isabel Sancho, estudiante de ciencias químicas y miembro de un grupo que sigue de cerca su tarea como intelectual. Más de una década después, a los 47 años, abandona el sacerdocio. Elige una mujer «que coincidía con él en el amor a la honestidad, a la libertad, a la patria común y a la humanidad». Con ella echa a andar por la vida, esta vez sin negarse la gracia toda de lo natural. Y sin abandonar un ápice de lo sobrenatural. Su relación será decisiva en la trayectoria afectiva y material del pensador. Andreu es poco dado al romanticismo, pero comparte con Isabel el ideal de la dedicación a la acción filosófica y la realización del amorintellectualis. Ella será el testigo fundamental en su obra, que ha visto concebir, gestar y padecer. En sus brazos atraviesa el umbral de la muerte el pasado 23 de mayo.

Agustín Andreu en su última etapa vital. / Redacción Levante-EMV
El genio de Andreu radica en que nunca se separa de la experiencia individual y vital del conocer. Ni de la suya propia ni la del autor al que estudia, ni la del conocimiento de la vida que destila de ambas: «Toda la seguridad de mis afirmaciones se basa en impresiones vitales, es decir, de vida a vida». Isabel Sancho lo explica a la perfección: «Cuando su inteligencia toca la realidad queda ésta trasmutada en interpretación y comprensión original y propia, hasta el punto de que si tuviese que volver otra vez sobre ella, no consiente en repetir lo ya escrito o visto, sino que lo escruta y lo piensa de nuevo, enriqueciéndolo desde otras perspectivas». Las traducciones de Andreu no son meras traducciones, la mayoría de las veces pretenden el rescate de autores silenciados o ignorados. A la traducción sigue la creación de Introducciones que son tratados. Libros que se originan en la meditación de los autores traducidos: La Inteligencia en la Torre que es un post-Leibniz, o Shaftesbury o la Civilización Puritana, un post-Shaftesbury, o la misma Ilustración e Ilustraciones post- Lessing y post-Shaftesbury, que se abre a la ilustración inglesa y escocesa.
Una labor ininterrumpida de abrir horizontes, de ampliar sin descanso la visión y visibilidad de los problemas esenciales de todas las épocas. En la Antigüedad se detiene en el Aristóteles metafísico, traduce el libro XII de la Metafísica, lleva a cabo un estudio penetrante sobre De Anima. Se acerca a la Gnosis con ‘La Gnosis y su relación con el mundo moderno’, una introducción al célebre libro de Hans Jonas. Su tesis doctoral está dedicada a Clemente de Alejandría, la Teología oriental y los Padres griegos. Se detiene también en tratados como Cristología y el Logos, que estudian el cristianismo Juánico. Nada lo detiene y escribe incluso una obra de teatro titulada Loyola y Vives, donde pone en escena la encrucijada religiosa de la Europa del siglo XVI. La traducción de Aurora de Jakob Böhme (Alfaguara, 1979) constituye un hito en la investigación del místico zapatero alemán, cuyo estudio introductorio explica la transición espiritual del Renacimiento a la Modernidad.
Respecto a su atención a la filosofía española, cabe mencionar la relativa al exilio exterior con dos libros sobre María Zambrano: Cartas de la Pièce y María Zambrano, el Dios de su alma, que presentan a la primera filósofa española del siglo XX como «una clásica», en la línea de la escuela de Ortega, una filósofa cristiana del temple de Machado o Unamuno. Respecto al exilio interior, está representado en la figura de Julián Marías, que encarna una manera de estar y hacer filosofía en circunstancias difíciles.
A todo ello se añade su labor como maestro y guía. En 1977 funda junto a Isabel Sancho la Universidad Libre de Verano del Zambuch (Pedralba), que durante más de un cuarto de siglo sirve de ejemplo por su capacidad para encontrar soluciones que atiendan a la vida espiritual. Posteriormente crea, en el año 2000, el Aula Atenea de Humanidades de la Universidad Politécnica de Valencia, bajo el mecenazgo, la visión y la protección del rector Justo Nieto. Cualquiera que lo haya necesitado lo ha encontrado, sea del partido político que sea, sea erudito o joven poeta, sea clérigo o anarquista. Dice de él Isabel Sancho: «Su sabiduría y humanidad, su fuerza e imparcialidad, su adaptación tan plástica y concreta a todo tipo de realidades siempre con claridad, firmeza, inteligencia y convicción, nacidas de su saber, se translucen tanto en su persona que se le acepta y se le toma de inmediato como maestro que comprenderá y ayudará eficazmente, cualesquiera sean las dificultades en cualquier aspecto de la vida».
Ello explica la gran cantidad de amigos–discípulos que cuentan de modo incondicional con él. El propio Andreu confiesa esa vocación: «En 1950 advertí que el evangelio de Juan es el evangelio del cara a cara, del encuentro de dos biografías o existencias: Cristo y un individuo; cada capítulo del evangelio de Juan es un encuentro –con Nicodemus, con la mujer samaritana, con… No dejar solo al otro, acompañarlo en su extrañeza de sí, en su aventura irremediable, en su confusión… Es lo que he intentado hacer con mi instinto de profesor, de ayudador...»
Mi amigo y compañero de despacho en la Complutense José Luis Villacañas conoce a Agustín Andreu desde los años 90, cuando era miembro del Instituto de Filosofía del CSIC. Desde entonces ha seguido su trayectoria. En comunicación personal comenta: «Siempre me pareció un hombre de una inteligencia penetrante y de una fuerza de carácter que estuvo muy por encima de la farsa general de la cultura española. Andreu las empleó en la configuración de amistades filosóficas y personales intensas. Así ayudó a muchos que lo necesitaban y siempre ayudó más de lo que fue ayudado. Ese fue quizá su destino, pues tal era la fuerza de su Daimon. Con él se nos va el testigo de una generación y un tiempo que no llegó a realizar sus enormes potencialidades. Y ese es también quizá nuestro destino y nuestro Daimon colectivo. Pero Agustín no será olvidado porque estuvo entre los más grandes». Los que lo tratamos sabemos de la verdad de estas palabras.
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