Las cicatrices del Capitán Trueno
Rafael Camarasa es hijo de la València ochentera de los bares del Carmen llenos de jóvenes poetas. Su último libro persigue a un escritor en incansable itinerancia

Rafael Camarasa, autor de 'Las vacaciones del escritor' / Levante EMV
Aquellos tiempos. Miras atrás y a veces no hay nada. Un poco de niebla donde el pasado se hace agua. Como la lluvia de Borges pero sin nada dentro. Ni pasado ni nada. Como cuando te vas de viaje y en la maleta cabe la casa entera. Por si no regresas. Otras veces echas la vista atrás y hay montones de libros. Están ahí desde aquellos tiempos. Nunca se los comieron los bichos del olvido. Algunos sí que desaparecieron. Para qué guardar lo que nunca despertó el más mínimo interés en tus lecturas. Es más: a ratos sólo el desprecio. La poesía envuelta en el celofán del vacío. ¿Y la vida qué, dónde, desde dónde la viven el poema y quien lo escribe?
De la poesía y las traiciones
Ahí están los libros de aquellos años. Los que por mucho tiempo que pase, nunca dejarán de formar parte de tu particular, a lo mejor intransferible, isla del tesoro. Los libros de Rafael Camarasa que siempre han estado ahí: Algunos corazones solitarios, Irreverentes goces menores, La ciudad sin mar, De héroes, comics y otras infamias. Todos de finales de los años ochenta del pasado siglo. Un grupo de jóvenes poetas que llenaban en València los bares del Carmen, el barrio donde transcurría lo que se solía llamar no sé por qué vida subterránea. Entre otras, mucha poesía beat en Cavallers de Neu, el café que se convertiría -con el Lisboa- en el centro de una cultura que se oficiaba cerca ya de cuando amanecía por los humedales del barrio.
Ahí la poesía y la vida juntas, nunca por separado. Si la vida y la poesía van cada una a su bola, mala cosa. Los poetas del viaje alucinante. Escribirlos. No importaba si Bob Dylan añadía a su condición de genio musical y de letrista a lo Rimbaud la de un traidor insaciable, y no sólo a la música cuando electrificó el folk en el Festival de Newport en julio de 1965. Una lista de afectados más que notable: Suze Rotolo, Joan Baez, Dave Van Ronk… Luego, mucho después, ganaría el Nobel de Literatura. A mí me dio igual. Y eso que el primer poema que escribí en mi vida (no sé si en 1974) se titulaba Homenaje a una historia de amor, publicado en la revista Múrice que dirigía Pere Bessó. La historia que vivieron Dylan y Suze Rotolo, la joven de ascendencia italiana y comunista que le metió en la cabeza una ideología de izquierdas cuando él solo perseguía ser famoso en el Village neoyorquino de los sesenta. Lo adoraban sobre todo Cisco Fran y su grupo La Gran Esperanza Blanca. Y también toda la troupe que en los ochenta (y antes) contaba, entre otros nombres, con Uberto Stabile, Fernando Garcín y Clara Beltrán de oficiantes principales en la fiesta literaria. Sin olvidar a Ignacio Lerma en asuntos librescos. Yo llegué muy tarde a ese ambiente. Venía de otro mundo bien distinto a la literatura.
Tal vez, por eso, el punto fundacional fue para mí 1985, con la presentación en el café Malvarrosa de La nada disponible, el libro necesario que nos legaron el propio Fernando Garcín y Rosa Ángeles Fernández. Luego, dos o tres años después de aquellos tiempos, ya no supe de casi nadie. Cada cual se fue a lo suyo. Sólo un pequeño grupo de los de entonces nos seguimos encontrando con una cierta regularidad. Nada de restos del naufragio ni esas boberías románticas. Sabemos que si la amistad se acaba, todo se va a la mierda. Y no queremos que a pesar del maldito fascismo que nos rodea todo se vaya a la mierda. Pero de Rafael Camarasa nunca supe nada. Hasta que hace unos días descubrí que acababa de publicar un nuevo libro de poemas: Las vacaciones del escritor. Miro la pequeña biografía de solapa y alucino. La tira de libros suyos escritos y publicados desde que no sabía nada de su vida. Premios de poesía y de narrativa. Viajero incansable por los caminos de una desolación que ni el propio Kerouac hubiera podido imaginar.
Con las manos en los bolsillos
El viaje es siempre el fondo de un poema. El tiempo que lo atraviesa. Los poemas rabiosamente hermosos de Las vacaciones del escritor. Un escritor que se busca a sí mismo en la incansable itinerancia de una ciudad a otra. Las ciudades que son distintas en cada etapa y a la vez siempre las mismas: «Soy una ciudad dentro de esta ciudad / que replica en mis venas sus calles». Ese flâneur rodando por los sitios que salen a su paso. Saco aquí los versos de otro poeta amigo, Francisco F. Meneses, de su magnífico libro Paisaje de troncos segados, publicado en 2019 y acabado de reeditar: «Caminamos a oscuras / con las manos en los bolsillos / seguramente, hacia ninguna parte».
Así la seguridad de que no existe para el viajero un destino fijado de antemano. Y de que, en el caso de que existiera, lo que quedaría del viajero habría de ser un cuerpo herido. Porque la nostalgia nunca formó parte de la singladura. Porque Las vacaciones del escritor es un libro de los que hay que seguir leyendo cada minuto de nuestras vidas. Porque la herida ha atravesado los libros de antes que escribió Rafael Camarasa cuando lo conocí y los de ahora. Miren lo que escribía en De héroes, comics y otras infamias: «Siempre supimos que el Capitán Trueno también tenía el cuerpo lleno de cicatrices». Y lo que encontramos en Las vacaciones del escritor: hay lugares maravillosos, pero para que lo que hemos vivido no sea una ensoñación o, lo que es peor, una torpe impostura literaria, hace falta reconocer que «son necesarias las grietas» para seguir viviendo.
Aquel Capitán Trueno de 1988 y el viajero que metió su casa en la maleta en 2026 se juntan en una obra literaria que debería ocupar el sitio mejor, el más noble, en nuestras propias vidas y en nuestras propias casas. Eso en el caso -difícil o imposible- de que podamos disponer de casas que no sean de un fondo buitre o algo parecido. En todo caso, qué bien haber recuperado los poemas de Rafa Camarasa tantos años después. Cuando pensábamos que aquellos tiempos, como decía Robert Lowell de los sueños, eran nuestros. No lo eran, claro que no lo eran. Pero a estas alturas de casi todo, qué hostias nos importa…
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