Recuerdo de Edgar Morin: "No os olvidéis de olvidarme"
La profesora de la Universitat de València, traductora de ‘El Método’, rememora la amistad con el filósofo francés ahora fallecido: «Me enseñó a pensar»

Edgar Morin, retratado en Barcelona / Levante EMV
Ana Sánchez
A lo largo de tantos años de intercambio, a través de traducciones, congresos y visitas a Valencia, Edgar Morin y yo mantuvimos una doble relación, amistosa e intelectual. Resulta imposible separar a Edgar, el hombre afable, cariñoso, divertido y apasionado por la vida, de Morin, el teórico audaz y el humanista universal.
Siempre nos mantuvimos en contacto. Hace apenas un año me escribía recordando sus estancias en mi casa, mis traducciones de su obra y comentando, con una lucidez serena, que era consciente de que su final se aproximaba.
La inseparabilidad entre la persona y el pensador puede ejemplificarse en los encuentros vividos durante unas jornadas memorables que se celebraban en Normandía: una semana de convivencia y reflexión, de teoría y calvados. Al finalizar una de ellas nos dedicó una de esas frases circulares y paradójicas que tanto le gustaban: «No os olvidéis de olvidarme. De este modo pensaréis en mí». Esa mezcla de humor, profundidad y aparente contradicción contenía ya una parte esencial de su forma de entender el mundo.
Morin deja una impronta humana y teórica imborrable en quienes le hemos conocido o seguido a través de su obra. Porque su pensamiento nunca fue una construcción abstracta desligada de la vida. Por el contrario, nació de una curiosidad insaciable por comprender la complejidad de la experiencia humana y de una voluntad constante de resistirse a las simplificaciones.
La extensa obra de Edgar Morin ha recorrido precisamente ese camino. Por una parte, sostiene que cualquier acontecimiento, fenómeno o proceso debe ser considerado desde múltiples perspectivas: antropológicas, sociológicas, físicas, biológicas y culturales. Por otra, propone que cada disciplina examine críticamente sus propios fundamentos, su historia, su epistemología, su metodología y sus condicionantes sociales.
Para recorrer esta doble vía fue necesario elaborar una nueva forma de pensar, basada en otros principios y en otra lógica, que desembocaría en lo que denominó pensamiento complejo.
Esta perspectiva transdisciplinar le condujo a la redacción de El Método, una obra monumental en la que, partiendo de la física y de la biología, articula una reflexión capaz de unir lo científico con lo social, lo humano y lo ético. La iniciativa de traducir esta obra partió del Departamento de Lógica de la Facultad de Filosofía de la Universitat de València, y a esa tarea me dediqué durante años, conforme iban apareciendo los seis volúmenes que conforman El Método. Fue una experiencia intelectual excepcional, pero también una forma privilegiada de acompañar la evolución de un pensamiento que nunca dejó de transformarse.
Puedo decir, sin exageración, que Morin me enseñó a pensar. A pensar con la incertidumbre, con la contradicción, con la unión de los contrarios y con la diversidad. Me enseñó a comprender una causalidad compleja, no lineal, y a sustituir el pensamiento dicotómico por un análisis basado en el bucle interactivo entre diferentes variables. A partir de la epistemología de la complejidad desarrollé una epistemología feminista de la complejidad.
Hasta sus últimas publicaciones Morin continuó reflexionando sobre los grandes problemas del planeta y de la humanidad. Criticó con firmeza el comunismo soviético, pero ello no le llevó a adherirse al capitalismo. Su independencia intelectual le permitió escapar de las trincheras ideológicas y mantener siempre una posición crítica. Fiel a un optimismo reflexivo y a una esperanza nunca abandonada, nos recordaba en Despertemos: «No se trata de la lucha final, sino de la inicial». La nueva política humanista, insistía, deberá despertar las mentes resignadas.
Valencia ocupó un lugar importante en esa relación intelectual y afectiva. Morin visitó la ciudad en diversas ocasiones. Fue invitado por el Patronat Sud-Nord para hablar de la noción de mediterraneidad y comenzó su intervención con una de sus esclarecedoras paradojas. Señaló que ya no encontraba un mapa del Mediterráneo como los que habían existido en siglos precedentes. Los mapas contemporáneos, observaba, consagraban la separación entre continentes y culturas, mientras que el Mediterráneo había sido durante siglos un espacio de encuentros, intercambios y mestizajes.
A instancias mías se organizó su investidura como doctor Honoris Causa por la Universitat de València, celebrada el 12 de marzo de 2004, en una fecha inevitablemente marcada por la tragedia, apenas un día después de los atentados del 11-M. En la improvisada lectio que tuve que traducir apresuradamente afirmó una frase que todavía resuena por su sencillez y profundidad: «Los terroristas no pueden comprender la humanidad de los humanos a los que matan».
Fue invitado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Valencia a participar en un curso que organicé sobre Metáfora y Ciencia, al que, quizá ese azar organizador que tanto le interesaba estudiar, devino azar desorganizador y finalmente no pudo asistir.
La mirada de Morin fue siempre planetaria y ecológica. Nos enseñó que debemos considerar el incesante vaivén entre lo global y lo local, conscientes de que ningún aislamiento es posible en un mundo interdependiente. Su atención permaneció siempre alerta ante los conflictos internacionales, las crisis contemporáneas y los desafíos de la condición humana.
Un buen ejemplo de esa capacidad de síntesis puede encontrarse en Despertemos, una obra breve y condensada que permite recorrer sus principales propuestas lógicas, metodológicas y epistemológicas. Allí reaparecen algunas de las nociones fundamentales que atraviesan toda su trayectoria: el pensamiento complejo, la dialógica, el bucle y la unitas multiplex. Conceptos que no constituyen únicamente herramientas teóricas, sino también una invitación a mirar el mundo con más matices, más humildad y más lucidez.
Quizá por eso su legado sigue vivo. No solo en sus libros, ni únicamente en las instituciones académicas que reconocieron su obra, sino también en quienes aprendimos de él que comprender la realidad exige aceptar su complejidad y que pensar, lejos de buscar certezas definitivas, consiste en mantener abierta la conversación con el mundo.
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