Enric Sòria: una memoria cinéfila como antidoto del olvido
El escritor Enric Sòria ha redactado a lo largo de cinco décadas en torno a 9.000 fichas de películas, una por cada una que ha querido recordar, para que no cayesen en el olvido, porque "la memoria del cinéfilo es frágil". Más de mil las recoge en 'Et tornaré a veure. Apunts sobre cinema'

El escritor Enric Sòria, en una imagen reciente / Pere Virgili
José Antonio Hurtado
El voluminoso libro que tenemos entre las manos, editado, tal es su extensión, en dos volúmenes, responde a la loable iniciativa institucional conjunta de la Diputación de Valencia y el Institut València de Cultura de sacar a la luz una faceta hasta ahora oculta del escritor Enric Sòria: la de un empedernido cinéfilo que, según sus propias palabras, se he dedicado a la crítica cinematográfica de manera esporádica. Sus páginas son el inmenso fruto, madurado en silencio, de la desbordante pasión que ha mantenido por el cine a lo largo de su vida. Su publicación me recuerda que hay otros literatos y escritores valencianos como Juan Gil-Albert, Azorín o en menor medida Joan Fuster, a los que les ha importado el cine y ese motivo les ha llevado a escribir sobre él. Sòria se suma a esta lista, sigue la estela de esos otros autores que han dejado por escrito su interés por el cine.
El insigne cineasta José Luis Borau, refiriéndose a su pasión por la Historia, se autodenominaba historiador dominguero (adjetivo que no está reñido con el rigor y la competencia en la materia). Puede que en el caso de Enric Sòria anide un crítico dominguero, eso sí, muy concienzudo y disciplinado, con una labor crítica muy perseverante en el tiempo, hasta el punto que a lo largo de cinco décadas ha redactado en torno a 9.000 fichas, una por cada película que ha querido recordar, dejando constancia de ellas a través de la escritura para que no cayesen en el olvido, ya que como declara el propio autor «la memoria del cinéfilo es frágil, por desgracia, e incluso el recuerdo de las películas queridas va confundiéndose o acaba por borrarse».
Por tanto, estamos ante un esforzado trabajo archivístico a la vieja usanza que comenzó hace un buen puñado de años a partir de la meticulosa elaboración de fichas de toda una vida. Un fichero personal resultado de una cinefilia que en parte proviene de familia y que se imbrica íntimamente con su biografía. Un archivo que, por mor de la insistente sugerencia de ciertos amigos que participan de la misma devoción por el séptimo arte, decide compartir públicamente, en un gesto de generosidad, con un potencial lector, adquiriendo la forma de una publicación que le permite mostrar su relación vivencial con el cine y su personal experiencia cinematográfica. El libro funciona, tras una lógica y necesaria criba, a modo de compendio crítico que aúna análisis y divulgación, y como valioso instrumento de consulta. En definitiva, una obra de referencia. Las exactamente 1.010 fichas-reseñas de películas que se incluyen en la selección final efectuada por el propio Sòria son solo un poco más del diez por ciento del total de su producción crítica. La curiosidad nos corroe ante la desconocida identidad de la ingente cantidad de películas descartadas y que forman parte del vasto volumen de su fichero, que en gran proporción permanece aún secreto. Respecto a las fichas originales, decidió pulir el estilo de lo que en un principio él considera textos informales y caseros, de uso estrictamente personal. Lo que entiende, como indica el subtítulo del libro, como una serie de apuntes y anotaciones, pero que ante nuestros ojos se convierte en una muy práctica red de información.
Cada reseña se divide, en una especie de «técnica mixta», entre una inicial sinopsis argumental y un posterior comentario crítico, muy bien esbozado y pergeñado, a modo de boceto impresionista que responde a una indisimulada (y legitima) mirada subjetiva que no es incompatible con la rigurosidad expositiva y la capacidad de análisis. Es una pena que se haya dejado fuera la provechosa información que supone la ficha técnica, que sí está incorporada a todas sus fichas.
A la hora de navegar por el libro, que lógicamente no requiere una lectura lineal y continuada dado su carácter enciclopédico, es muy útil el índice por orden alfabético de todas las películas reseñadas que cierra este amplio recorrido por una dilatada lista de títulos, los cuales desvelan la riqueza y variedad que constituye la historia del cine, en este caso con el límite temporal que supone el horizonte final de 1945 fijado por el autor. Permite localizar de manera rápida y fácil los títulos que están dispuestos en el texto de manera cronológica y que dentro de cada año aparecen ordenados alfabéticamente.
Pero el libro, aunque sea lo sustancial de sus 1.250 páginas, es algo más que una recopilación de textos críticos que resumen toda una vida de amor al cine. Las claves de su espíritu cinéfilo, que es de amplio espectro y se materializa en una prolífica actividad crítica, se ponen de manifiesto en el esclarecedor y exhaustivo prólogo, que tiene mucho de enjundioso ensayo y lección de historia del cine. En él reflexiona, de manera harto lúcida y con pudorosa humildad, sobre su relación con el cine y nos da su visión del mismo, desplegando tanto memoria personal como conocimiento cinematográfico y erudición (referencias a Walter Benjamin, George Steiner o Höderlein jalonan el texto)
Su vasta cultura cinematográfica, aunque no tenga un origen académico como puntualiza él mismo, es innegable y se detecta en su escritura cinéfila, en la que en mi opinión se puede rastrear tanto su formación académica como historiador como su profundo bagaje intelectual. Su fuente principal de conocimiento, al margen de la extensa literatura cinematográfica que controla, como queda patente en el prólogo, procede de su habitual actividad como espectador desde muy temprana edad, ya sea en la sala de cine o ante la pantalla de un televisor. Como dice de manera elocuente: «Son muchas horas de amor invertidas ante la pantalla». Se ha consagrado al constante y saludable ejercicio de ver e ir al cine, de habitar la oscuridad de la sala. Y de este perseverante culto deriva un conocimiento por sedimentación, por acumulación, que necesita registrar y archivar.
El itinerario cinematográfico que nos propone abarca un arco temporal que comprende desde casi los primeros pasos del cinematógrafo, allá por la década de los diez, hasta casi mediados del siglo XX, cuando el cine ya había quemado algunas etapas: el periodo silente, las vanguardias históricas, el surgimiento del cine sonoro o la consolidación hegemónica del cine clásico hollywoodiense. Están presentes, no podía ser de otra manera, películas y cineastas que forman parte del canon de la historia del cine como Hitchcock, Eisenstein, Rossellini, Dreyer, Chaplin, Renoir o Ford.
Pero más allá de poder reavivar el interés por los clásicos, uno de los grandes aciertos de su propuesta es que abre el abanico geográfico a ca si todas las latitudes, no solo al cine europeo y norteamericano (y dentro de estos, descubriendo joyas ocultas, llamando la atención sobre títulos ignotos), sino también a algunas cinematografías como la asiática, en particular a la japonesa. Es llamativo, por ejemplo, el significativo número de películas japonesas incluidas, tanto de directores de primera línea como Ozu, Mizoguchi, Naruse o Shimizu como de nombres no tan reconocidos.
Es de resaltar la notable presencia del cine mudo, al que presta una especial atención, con la sorprendente inclusión de películas cuyas huellas son difíciles de rastrear y solo son conocidas por los muy iniciados especialistas en la historia del cine, comenzando por las películas que abren el libro como las danesas Abismos de Urban Gad, o Tráfico de esclavas, de August Blom, ambas de 1910. Un periodo tan lejano y bastante desconocido para el espectador medio sobre el que desgrana en el prólogo algunas reveladoras apreciaciones sobre el difícil acceso al mismo.
Para Enric Sòria las películas son inagotables, como una savia que nos nutre de conocimiento y placer, y hay que volver siempre a ellas, verlas de nuevo, que renazcan una y otra vez en la memoria, de ahí el título del libro. Ha querido compartir con el lector al que le interesa el cine su memoria cinematográfica hecha de fichas y palabras. Y, sobre todo, de películas. Al igual que Truffaut le gustaba hablar de las películas que amaba – no es baladí que uno de sus libros se titule Las películas de mi vida-, Enric Sòria nos hace ahora participes de algunas de las películas que forman parte de su vida y que guardaba a modo de tesoro oculto, podríamos decir que en el secreto de sus fichas, para preservarlas del dañino olvido.
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