La vieja y su cuidadora tienen voz
La vida real, la que nunca se cuenta y escondemos en residencias o tras viejas paredes, está en esta no ficción de Liliana Muñoz

Liliana Muñoz / Levante-EMV
Purificació Mascarell
«Ya no voy a volver a ser joven, Liliana, ya se me pasó el tren. Ya me casé, tuve hijos, tuve nietos. ¿Y ahora qué sigue? Ahora solo están los días». Así habla Yoli desde su hamaca en la calurosa ciudad mexicana de Mérida, delgadita y sin fuerzas para andar sola. Así la narra Liliana Muñoz en su primer libro, una no ficción a caballo entre la crónica afectiva y la memoria íntima de bello título metafórico. Los umbrales constituye un homenaje a la tía abuela nonagenaria, la mujer que siempre ha vivido para los otros, alegre, parrandera, vitalista, llena de humor, que le pone nombre de perro al cáncer de pecho que la está minando, ‘Totoyo’, y se lanza a tontear con cualquier chico joven que se le ponga por delante. El libro es una reflexión muy personal sobre la identidad, los recuerdos, la influencia de la familia y las posibilidades literarias que amaga su combinación en un texto híbrido, carente de melodramatismos, escrito con la sobriedad y la contención precisas.
La sobrina nieta y autora, aparte de pensar en torno a los efectos emocionales de la inminente desaparición de Yoli, se ocupa de preservar su voz plasmándola directamente en diversos capítulos hablados. Esto nos abre un mundo de recuerdos mil veces reconstruido y parcheado: «Lo más increíble de llegar a esta edad es que todo es invención, y por eso Yoli es la protagonista de su propio relato, un relato lleno de grietas, de hendeduras, de inconsistencias», escribe Muñoz. Quizá la literatura sirve para rellenar esos vacíos. O quizá, al menos, logra revelarnos la importancia del relato con fisuras que acaba siendo cualquier vida. Pero no todo es filosofía del tempus fugit en esta breve obra.
Está también la enfermedad y sus estragos. Un principio de demencia senil, el inquietante «¿y quién eres tú?», el pañal mojado, los huesos marcados en la espalda y el grito en la noche. El cansancio de la hija soltera, la tía Ceci, la principal cuidadora de Yoli, esa mujer invisible a la que nadie cuida hoy y no sabemos si alguien cuidará mañana. Está el amor también, la complicidad ante unas marquesitas —el dulce autóctono que pirra a la anciana— y la risa del absurdo cotidiano que forma parte también de la convivencia con una persona dependiente. La vida real, quizá la más real de todas, la que nunca se cuenta y escondemos en residencias o tras viejas paredes plagadas de retratos en sepia. Hasta que de repente, o de manera lenta, esa vida se evapora y todo sigue su curso en apariencia. La virtud principal de Liliana Muñoz se encuentra en su valentía para abordar los cuidados de la vejez como un tema de alto interés literario y humano. Otorga a su tía abuela la dignidad que merecen todos los ancianos y ancianas, todas esas existencias minúsculas que no tienen quien las escriba.
En los últimos años ha surgido una corriente dentro de la escritura de mujeres que indaga en la enfermedad, la dependencia y las relaciones familiares, una especie de poética de los cuidados que engloba autoras tan diversas como Annie Ernaux, Delphine de Vigan, Elizabeth Strout, Elvira Navarro, Roz Chast o Guadalupe Nettel. El antecedente más reconocible es, tal vez, Una muerte muy dulce, de Simone de Beauvoir (1964).
Cuidar nos humaniza, nos acerca a una ética indispensable de la compasión y la responsabilidad, como sostiene Victoria Camps en su ensayo Tiempo de cuidados (2021). Pero volvamos a Yoli. «Me rehúso a aceptar que ahora es un cuerpo pequeñito que reposa en la hamaca, un bulto que pesa lo que una pluma, un cansancio que no cesa», afirma Muñoz con pesar, y prosigue: «Éramos felices mientras duraba su lozanía, pero ahora es una vela que se apaga y, con ella, nos apagaremos también nosotros». El mensaje es claro: son las vidas ordinarias las que sostienen el mundo.
Aunque al texto le sobran algunas palabras frías de corte académico, que seguramente son herencia de la formación en crítica literaria de la autora, Los umbrales se lee con la calma de quien ha hecho lo que debía por quien amaba. Es una literatura comprometida con aquellos a los que tantas veces ha marginado la literatura. Los dolientes y sus cuidadoras.
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