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El olor de la pérdida

En la generación de los 50 renombrada casi exclusivamente por hombres fueron apareciendo las escritoras: Dolores Medio se quedó en medio de la sombra

Dolores Medio ante su máquina de escribir.

Dolores Medio ante su máquina de escribir. / Levante-EMV

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Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

Cinco muertos en el accidente minero de Cerreros. Una explosión de grisú el 31 de marzo de 2025. Los supervivientes cuentan un año después lo que sucedió aquel día y yo lo acabo de leer en las páginas del diario Levante-EMV, donde escribo desde hace más de cuarenta años y veo que la noticia viene de La Nueva España, periódico de Prensa Ibérica, editorial a la que pertenecen ambos medios de comunicación. El tiempo alarga lo que sucede en sus tripas y nos lo acerca hasta ahora mismo, cuando el mundo es otro aunque muchas veces es como si fuera el mismo. Algunas de esas veces será el azar quien decida los itinerarios a ratos extraños de ese tiempo.

Las dimensiones de una pulga

Leo ahora la noticia sobre el accidente minero en Asturias, las declaraciones de los supervivientes, las quejas y la rabia de quienes no olvidan aquellas muertes y recuerdan los nombres de quienes tuvieron alguna responsabilidad en la tragedia. Leo todo eso y la memoria me lleva a muchos sitios a la vez. A otros accidentes. A otros responsables de tragedias, si no iguales, demasiado parecidas. A otros libros. Porque como escribía Juan Gelman, todo lo que escribimos viene de otros libros que estuvieron -y con ellos, quienes los escribieron- antes que nosotros. Es cuando me voy a las estanterías que llenan los altos de la casa y saco un librito que apenas ocupa un mínimo lugar entre cientos de títulos que a lo mejor no leeré nunca. Digo librito por sus escasísimas dimensiones: 11 cm. de alto y 8 cm. de ancho. Enciclopedia Pulga. Sin fecha de publicación en ediciones G. P. de Barcelona. Lo compré de segunda mano ya ni se sabe cuándo. El título de esta pequeña -no sé si ya inencontrable- maravilla: Compás de espera. Su autora: Dolores Medio, Premio Nadal con Nosotros, los Rivero en 1952.

Hace unos años salió mi libro Algo personal, una colección de títulos -casi todos desconocidos- que me ayudaron a amar la literatura casi por encima de todas las cosas. Allí había un capítulo dedicado a Dolores Medio y copio aquí uno de sus párrafos: «Nunca hago caso de las imposiciones de ningún tipo, tampoco de las que ocupan los grandes anuncios editoriales pagados a golpe de talonario en sus campañas de promoción». Es una manera de ser en el mundo literario. Al menos, eso es lo que pienso. Por eso nunca se me olvida el nombre de Dolores Medio. Nunca. Esa generación de los cincuenta renombrada casi exclusivamente por hombres.

Con el tiempo fueron apareciendo las escritoras. Casi siempre, Dolores Medio se quedó en medio de la sombra. En aquel texto yo hablaba de Celda común, la novela en que la escritora contaba su propia experiencia cuando muchas mujeres se manifestaron en Madrid a favor de la huelga minera asturiana de 1962. Entre esas mujeres -también lo contaba mi amiga, la historiadora Fernanda Romeu, que no faltó a la cita reivindicativa- estaba Dolores Medio. No quiso pagar la multa que les impusieron y estuvo unos meses en la cárcel. De ahí saldría Celda común. Ahora entro ya en Compás de espera, el librito del tamaño de una pulga que es una obra maestra de apenas medio centenar de páginas. Cuatro relatos breves. El más largo es el que da título al libro.

Los nombres de la espera

Regreso a lo que escribía sobre Dolores Medio en mi particular colección de libros admirables: «Quién se acuerda de que en 1962 hubo una huelga minera en Asturias y de la represión brutal que la dictadura desató sobre los mismos huelguistas y sus familias. En esa huelga destacó sobre todo el papel de las mujeres». Pues ahora regresa aquel recordatorio. La lectura en un periódico del accidente minero en Cerreros hace un año y lo que cuenta el primer y más extenso relato de Compás de espera: «Aquel año San Julián de Bimedes no celebró la fiesta de Santa Bárbara». El motivo de esa excepcionalidad: un accidente minero que se cobró la vida de varios hombres y convocó la espera angustiada de sus familias a la entrada de la mina: «Cuatro mocetones eran los que esta vez habían quedado sepultados por el desprendimiento».

A las puertas de la mina, el olor que anuncia las pérdidas en el fondo del pozo. Los nombres de la espera: Nora la Garbosa a su marido; a su hijo lo espera Juancho Patapalo, llamado así porque él mismo se cortó una pierna para salir de un accidente minero cuando era joven; de los cinco hermanos Muntaner, que habían llegado de Cataluña muchos años antes, se quedó dentro el pequeño de la familia; y finalmente, la espera de Marta, la mujer maltratada por un marido que no se preocupaba de «si en la casa había llantos o faltaba el pan» y acabó abandonando la casa y a la familia y no vería -y a él qué- cómo el pequeño Rufo se quedaba atrapado en la mina de Bimedes.

La lectura de una noticia periodística el 21 de junio de 2026 me ha llevado a otra de 1962, ambas con un accidente minero en Asturias al fondo. Y las dos lecturas -tal vez eso del azar funciona muchas veces- confluyen en Compás de espera, un libro que igual ahora mismo -como antes dije- es inencontrable. Ese librito del tamaño de una pulga y de apenas medio centenar de páginas guardado, como el plano de la isla del tesoro, en una biblioteca que se inició muy lentamente con los libros del Círculo de Lectores, la colección Reno de Plaza y Janés y las novelas de Editorial Molino, sobre todo con las de Agatha Christie y Erle Stanley Gardner.

La vida y las ficciones

La vida está muchas veces también en las ficciones. Aunque, también a veces, no nos demos cuenta. Más o menos lo que escribe la misma Dolores Medio en su novela El pez sigue flotando, publicada en 1959 y reaparecida, en una bellísima edición de amarillo editora, en 2023: «Las cosas que pasan en torno nuestro y no nos enteramos…». No sé si encontrarán en algún sitio Compás de espera. En todo caso, siempre es un gozo leer a Dolores Medio. Busquen sus libros, si no los tienen, y si los leen seguro que me dan la razón. Bueno, eso creo…

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