Pintura y literatura
Mayte Gómez Molina debuta en la novela con 'La boca llena de trigo', sobre una artista en plena crisis existencial tras triunfar muy pronto

Mayte Gómez Molina / Laura de Grado
Diego Marín Galisteo
En la inauguración de la antológica Rita Rutkowski. Un hilo de pensamientos / A train of thoughts, que recoge el trabajo de la artista a lo largo de más de cinco décadas de trayectoria, el comisario de la muestra de la Sala Vimcorsa de Córdoba, Rafael Sillero Fresno, mencionó unas palabras presentes en el discurso de esta creadora nacida en Londres y afincada en la ciudad andaluza desde finales de los 50: «El arte no está para entenderlo, sino para entendernos».
Inauguración, exposición, comisariado o galería son términos cercanos para Anna, la protagonista de La boca llena de trigo, la primera novela de Mayte Gómez Molina (Madrid, 1993). Estamos ante una historia que nos conduce a través de una profunda crisis existencial, la de una joven artista a quien el éxito llegó pronto: primero con un premio en un concurso de dibujo escolar y, más tarde, ya en la treintena, con la llamada de María Manzoni, una prestigiosa galerista que le encarga 15 lienzos para una gran exposición.
Así, el pasado mira de reojo al presente para perfilar a Anna. La reacción de aquella niña frente a la de la mujer que vuelve a enfrentarse a la presión de una nueva conquista, agravada por un conflicto íntimo relacionado con su capacidad de crear. La inseguridad se convierte en un color más de su paleta.
La frase citada al comienzo resuena a lo largo de toda la novela desde distintas perspectivas: «Pintar es tomar una fotografía de tu interior para mostrársela a los demás y decir: Esto soy yo». Desde la mirada de la propia Gómez Molina, escritora y artista, el libro vendría a ser también, en su dimensión autobiográfica, una fotografía de su interior expuesta ante los demás.
El éxito de Anna, visto desde el propio título, puede interpretarse como una abundancia que, más que alimentar, termina por asfixiar a la protagonista. Pero además, como ha señalado la autora, el título remite a la transformación del trigo en pan, del mismo modo que el lienzo en blanco se transforma en obra de arte. Anna no solo está sometida a la valoración de su trabajo por parte de los demás, sino también a las dinámicas relacionales que acompañan el ejercicio de la creación artística.
La novela sorprende desde sus primeras páginas con unas escenas de notable solidez narrativa, algo destacable en una autora debutante. Se trata de una escritura muy visual, favorecida por la estrecha relación de la autora con el arte y por la manera en que Anna interpreta el mundo: a través de imágenes que le permiten vincular la realidad con la creación artística.
Por ello son frecuentes las comparaciones entre lo cotidiano y obras de arte reconocidas: «Se da una palmada en los muslos, sobre el delantal. Su madre siempre hace ese gesto cuando está sorprendida, para bien o para mal. El delantal tiene manchas de tomate y de algo amarillo, podría ser mostaza o cúrcuma. La tela está llena de salpicaduras, como si su madre se hubiese cosido un delantal con un lienzo de Jackson Pollock». O también: «A lo lejos, entre los edificios, el sol baja como una cremallera que abre el azul del cielo y le cambia los colores al mundo, como en un cuadro de Etel Adnan».
El libro subraya además el estado de una generación. A través de las relaciones personales de Anna y de sus amistades, se ponen de manifiesto las dificultades que afectan a los jóvenes creadores y que están vinculadas a una creciente precariedad. No se trata únicamente de la falta de recursos económicos; la novela retrata también el desgaste emocional de quienes intentan abrirse camino en el ámbito artístico sin contar con privilegios previos.
En el ecuador de La boca llena de trigo aparece una reflexión especialmente reveladora: «El observador de arte es peligroso, porque a veces le desvela al artista cosas de sí mismo que han llegado hasta el cuadro sin su permiso. Por eso no quiere escuchar a nadie hablando de su obra y no quiere que nadie le pida que hable. Su obra ya dice todo lo que ella tiene que decir. Las palabras que pueda forzarse a pronunciar acerca de su cuadro lo magullan».
Como observadores, en este caso de una novela, quizá lo más adecuado sea dejar paso a quien ha observado mejor gracias a la experiencia y a una trayectoria brillante. Un diálogo que no tiene nada de peligroso y que nos ayuda a entendernos a través del arte. Citando de nuevo a Rita Rutkowski, ese diálogo podría comenzar así: «Ahí va un ser humano que se ve a través de su obra».
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