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Cosas que solo pasan en Valencia

Ninguna obra de Guillem de Castro se encuentra en la biblioteca ubicada en la calle con el nombre del autor. ¿Por qué? Sencillo. Tuvo la mala suerte de nacer en Valencia

Biblioteca publica de Valencia, calle Hospital

Biblioteca publica de Valencia, calle Hospital / Miguel Angel Montesinos

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Sergio Villanueva

Sergio Villanueva

Hace unas semanas recibí un email para un posible trabajo como actor. Me encontraba de camino a la biblioteca municipal de Valencia que suelo frecuentar, esa que todos sabemos que fue un antiguo hospital y que se encuentra, precisamente, entre la calle Hospital y la de Guillem de Castro. Leí la convocatoria para las audiciones en el teléfono móvil, ese aparato que ya es de todo menos un teléfono. Se trataba de una obra de teatro del mismo autor cuyo nombre respondía -me disculpo por las redundantes paradojas- a la vía que estaba atravesando. A esa misma biblioteca, como he indicado, suelo dirigirme en ocasiones para revisar y enviar estos artículos que les llegan a ustedes de manera quincenal, o ir avanzando con la tesis, o la nueva novela, o la próxima obra de teatro. El texto al que podía optar en esta ocasión como actor lo tenía en casa. Cuento con una biblioteca de teatro, tanto de obras como de ensayos, como quien tiene herramientas porque es mecánico. Nos pasa a casi todos los que nos dedicamos al noble arte del teatro. Atesoramos libros que tenemos pacientemente en espera por si los volvemos a necesitar para impartir una clase, escribir una pieza teatral, interpretarla o dirigirla en un momento determinado. O sencillamente, y como decía Umberto Eco, como muestra de ambición intelectual, reserva de conocimiento o «botiquín» al que acudir cuando es necesario.

Sí, pensé, ese texto lo tengo. Pero como me pillaba en ese preciso momento yendo a la biblioteca municipal que se encuentra en la calle dedicada al propio autor, decidí al entrar dirigirme a uno de esos puestos de consulta. Accedí al buscador de la pantalla y escribí el nombre: Guillem de Castro. Al clicar para que iniciara la búsqueda, sólo aparecieron dos referencias. La primera se trataba de un libro que reunía las vidas de varios autores, entre ellos, el citado. La segunda, un libreto realizado por Teatres de la Generalitat, a modo de guía instructiva sobre el maravilloso montaje que realizó Rafa Calatayud en 2009, si no me equivoco. Pero nada de textos teatrales de Guillem de Castro. Ni uno solo. En esa biblioteca que se sitúa en la calle que lleva su nombre.

Como no lo podía creer, fui a buscar a uno de los bibliotecarios para que me confirmara que, en efecto, no contaban allí con ninguna de las obras de teatro del autor más importante del siglo de oro valenciano. «No puede ser», me dijo. Pero él mismo realizó la misma acción de búsqueda y se encontró con el inexplicable vacío. «Esto lo deberíais de solucionar -le dije-. Yo mismo puedo traeros algunas obras, o pedir a conocidos que las traigan». Permanecía mirando la pantalla, como esperando que el programa se reseteara, pensara un poco más y finalmente mostrara más títulos. Pero nada.

Me fui de vacío a localizar una mesa donde seguir con mi trabajo. Ya leería la obra requerida al llegar a casa. Mientras sacaba mi ordenador, las gafas de las que ya inexorablemente me sirvo para unir palabras, y la botella de agua, reflexioné sobre algo que constato en todo momento cuando se dan cita en cualquier cuestión Valencia y un creador o creadora valencianos. Pensé que si hubiera nacido en Inglaterra, todos sus ciudadanos británicos conocerían hoy a William de Castro. Durante el pasado siglo veinte habrían sido adaptadas sus obras varias veces al cine en Hollywood, logrando el Oscar en alguna ocasión en diferentes departamentos. También que si hubiera nacido en Francia, todos comentarían su vida y obra en tertulias, en escuelas, en cafés de Saint-Germain o en conversaciones improvisadas a la espera del autobús o el metro. Que fue el mayor de cuatro hijos que tuvieron un ilustre caballero y una dama perteneciente a la antigua nobleza. Continué reflexionando que de haber nacido en Berlín, todavía hoy nadie ignoraría que en su juventud se relacionó con los linajes más importantes, y admirarían que desempeñara el cargo de capitán de la Guardia de la Costa del Reino, con vigilancia costera y caballería a su cargo. O podría haber nacido en Madrid, donde defenderían con orgullo que mantuvo una intensa y prolongada amistad con Lope de Vega, que fue autor elogiado por Cervantes, Gracián, Pérez de Montalbán, Rojas de Villandrando, Fabio Franchi y el propio Lope, entre otros. O en Barcelona, donde todos los catalanes festejarían anualmente al autor de comedias maravillosas como El perfecto caballero, El Conde Alarcos, La humildad soberbia, Don Quixote de la Mancha, Las Mocedades del Cid, El Desengaño dichoso, El Conde Dirlos, Los Mal Casados de Valencia, El nacimiento de Montesinos, El Curioso impertinente, La de Progne, Filomena que recopiló en una edición a la que definió como primera parte de comedias. Y Engañarse engañando, El mejor esposo San José, Los enemigos hermanos, Cuanto se estima el honor, El Narciso en su opinión, La verdad averiguada y engañoso casamiento, La justicia en la piedad, Pretender con pobreza, La fuerza de la costumbre, El vicio en los extremos, La fuerza de la sangre y Dido y Eneas; formando parte de esa segunda parte.

Ninguna de esas obras se encuentra en la biblioteca ubicada en la calle con el nombre del propio autor. ¿Por qué? Muy sencillo. Tuvo la mala suerte de nacer en Valencia, esa ciudad que cuando un hijo le nace Guillem, le apellida siempre con un «te castro».

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