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La mirada que se desvanece

Matsuie crea un alegato contra las prisas en ‘La casa de verano’

La mirada que se desvanece

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Felip Bens

Felip Bens

Los japoneses son asombrosos. Sí, ya sé que no descubro nada. Otro mundo dentro de este mundo, difícil de entender con nuestra mentalidad. Y, sin embargo, parece imposible no sentirse fascinado por ellos, a poco que abramos el foco. Confieso que me vacunó Mishima, hace muchos años. No solo es la literatura, claro.

La novela La casa de verano (2012; Libros del Asteroide en castellano, 2024) solo podría haberla escrito un nipón. Quizá solo un editor que lleva toda su vida preparándose para un artefacto literario así. Tal vez únicamente un intelectual consciente de que su mirada sobre el mundo (y la de muchos como él, pero viejos) se desvanece. Y la quiere fijar, aunque sea como testimonio, porque en su fuero interno intuye que el mundo alberga cierta esperanza con ella, y que se va al garete sin ella.

Se esfuma esa mirada y la naturaleza que nos ha visto crecer. Por supuesto, también la forma de relacionarnos con ella, de antropizarla, de hacer las cosas con ella, de usar las manos, de sentirla… Esa evolución humana de milenios que está matando lo virtual. En Nara o en la Xara.

De repente, olvidamos cómo construir casas o historias con calma y con afecto, que es la manera de hacerlo para que perduren y para disfrutar de unos cuantos chispazos de felicidad.

La obra de Matsuie es un alegato contra las prisas. La propia forma de leer la novela, saboreándola en cada párrafo, invita a la complicidad profunda con el autor. Su magistral construcción narrativa bebe de esa arquitectura que cuida cada detalle. Lo que nos cuenta también. Las obras maestras están proyectadas para perdurar. Esta novela perdurará. Y la casa de verano también, con su katsura floreciente, ese espacio que los lectores de Matsuei ya hemos incorporado como uno de los escenarios de nuestra propia vida.

No esperen una sesuda y aburrida reflexión sobre todo ello. Sí, de acuerdo, se describe la importancia de afilar los lápices como un ritual, pero hasta eso desprende belleza y placer. Estamos en el verano de 1982 y Tôru Sakanishi, joven arquitecto recién graduado, logra incorporarse al prestigioso estudio liderado por el veterano Shunsuke Murai, antiguo discípulo de Frank Lloyd Wright. Introspectivo y ensimismado, Murai roza una inocua sociopatía: «Es el colmo que incluso en vacaciones tenga que relacionarme con la gente», protesta tras volver de los conciertos en el pueblo al que escapan, huyendo del calor estival de Tokio. Los miembros del estudio, con todas sus cosas, se trasladan a la emblemática residencia, ubicada en las faldas del monte Asama. Allí viven, sienten y trabajan, y este año preparan el proyecto para el concurso del diseño de una gran biblioteca nacional. En este contexto se despliega una cautivadora historia coral de casi 400 páginas. Como no podía ser de otra forma, la traducción de Lourdes Porta se siente pulcra, minuciosa. Dejen para el final el prólogo de Anatxu Zabalbeascoa, como una cereza.

En la casa surgen el amor y el deseo -no solo por el arte, la naturaleza o la arquitectura-, especialmente entre los jóvenes. «Pensé que alguien capaz de dibujar aquellas líneas debía ser bueno en el amor», reflexiona Tôru en uno de tantos pasajes en que la arquitectura y la vida se imbrican hasta la médula. El arquitecto está aprendiendo con los mejores, y el joven está despertando al amor. Es también «su» verano del amor. Aún no lo sabe, pero marcará su vida. Hacia el final del libro, Tôru concluye que «la lógica de funcionamiento de los sentimientos humanos estaba presente en el corazón de la arquitectura del profesor [Murai]. Quizá por eso siempre decía: ‘La arquitectura no es arte. La arquitectura es la realidad misma’». ¿Es un libro de arquitectura? Quizá sí. La arquitectura nos relaciona con la naturaleza y sobre la lógica de ese diálogo, se sustenta esta historia de amor.

Durante días observas el libro en la mesilla, de reojo. Quieres comprar un billete: vivir en las faldas del Asama, ver florecer la katsura, hacerte amigo de Katsuei y de Murai, conocer a Tôru, a Mariko, a Yukiko, pasear con ella una noche cerrada sin más luz que las luciérnagas: «Fundida en las tinieblas, Yukiko era prácticamente invisible. En medio de la negra noche, lo único real era el tacto de su mano».

Sin embargo, no existe. Es ficción. Y si no lo es, se esfumó. Era la juventud de Matsuei, probablemente. Queda su mirada, la nuestra, en franca decadencia.

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