La importancia de lo que no existe

José Ignacio Carnero / MAITE CRUZ
Cuenta José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) que siempre ha escrito, diarios, poesía, pero sólo para él, nunca con la intención de publicar. De hecho, si hubiera hecho caso a su instinto, la carrera que aparecería en su biografía sería Filología Hispánica, y no Derecho Económico, «lo que pasa es que estaba muerto de miedo, pensaba que me iba a ir al paro, iba a acabar fatal, todo iba a ser un desastre, y eso de sacar buenas notas te pone todavía más presión». Acabada la universidad, descubrió que «la abogacía es una procesión preciosa» que le sigue apasionando hoy tanto como entonces, aunque su dedicación a ella, fundamentada en su deseo de ayudar a la gente, no hizo que Carnero dejara de escribir.
Y, así, la vida fue transcurriendo, hasta que su madre enfermó y la escritura se convirtió en una necesidad. «El mundo se te escapa, la realidad no te gusta y la única forma que encuentras de ordenar todo un poco es escribiendo. Cuando se muere una madre, el caso es absoluto», reflexiona el autor, que, inmerso en aquel trauma, fue capaz de alumbrar Ama (2019), un libro luminoso al que siguió Hombres que caminan solos (2021), donde indagaba en la fragilidad masculina. «Para mí es una felicidad escribir. Yo tengo otra vida, que es la de la abogacía, y la de la literatura tiene que ser un disfrute, me lo paso muy bien escribiendo y más incluso pensando lo que voy a escribir», asegura, y pone como ejemplo su última novela, Los fabuladores, en la que recupera, desde la perspectiva de la ficción, la historia real de tres hombres que en 1961 secuestraron un transatlántico en el Caribe para acabar, ahí es nada, con las dictaduras de Franco y Salazar. La realidad empleada, una vez más, como materia narrativa. «No sé hacerlo de otra forma, me dan mucha envidia los escritores cuyo material es la ficción absoluta, es un talento superior al mío. Mi imaginación no está muy desarrollada, he intentado muchas veces escribir una novela como entendemos que es una novela, como las que hemos leído desde que leemos, Vargas Llosa, García Márquez, y siempre me han salido cosas como artificiales, no te las crees, tengo dos o tres escritas y no las he movido porque sé que son malas», confiesa.
Pero, claro, qué es la ficción y qué la realidad si, como sostiene Carnero, «la verdad máxima que puede conseguir un escritor es la verdad literaria». Además, «vivimos en un mundo en el que parece que lo práctico lo inunde todo y que tenemos que hacer caso sólo a la realidad, pero sin las esperanzas, sin la imaginación, seríamos animales muy primitivos», argumenta. De ahí que eligiera esta hermosa cita de Paul Valéry como epígrafe de Los fabuladores: «¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de lo que no existe?». «Sin lo que no existe -responde él- no merecería la pena vivir. Pero, al mismo tiempo, vivir sólo en lo que no existe tiene unos riesgos muy grandes, no sabemos encontrar el equilibrio y eso es lo que hace la vida fascinante, nos equivocamos constantemente, es el núcleo y el corazón de la vida». Una vida que palpita en cada página escrita por José Ignacio Carnero.
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