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Música

De la promesa a la culminación: el sinfonismo de Mozart

El compositor que llevó el clasicismo a su máximo esplendor murió con 35 años, pero con un extenso catálogo con 41 sinfonías

Ensayo de Mozart Andante en los exteriores del Palau de les Arts en 2006.

Ensayo de Mozart Andante en los exteriores del Palau de les Arts en 2006. / FERNANDO BUSTAMANTE / LEV_006

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Lluís Pérez

Lluís Pérez

València

Los niños de la generación Alfa, con ocho años de edad, se centran en consolidar su hábito de lectura y escritura, así como su habilidad para sumar y restar. A esa edad un pequeño salzburgués, de nombre Wolfang Amadeus Mozart, componía alrededor de 1764 su primera sinfonía en Mi b Mayor, la K.16; una pequeña composición de apenas un cuarto de hora de duración con claras reminiscencias a la obra de compositores como Johan Christian Bach, hijo del Bach más reconocido. Una sinfonía juguetona, clara y sencilla, pero elegante. La creación de un niño prodigio -destaca su claridad formal y compositiva a tan temprana edad- que, sin saberlo, estaba escribiendo la carta de presentación de una trayectoria que lo convertiría en el más afamado compositor de la historia de la música.

Casi 20 años después, en 1788, este compositor prodigio creó la que sería su última sinfonía: la número 41, conocida como Júpiter. Una composición excelsa, ambiciosa, madura, dramática y contrapuntística; alejada de cualquier evocación a los compositores de su tiempo, con un lenguaje propio y un estilo que abrirían las puertas a los compositores románticos, a quienes llevarían la sinfonía a su máximo esplendor. Solo una década después, Ludwig Van Beethoven se estrenó en el género. Ambos genios tuvieron un encuentro en la primavera de 1787 -Mozart estaría escribiendo su Júpiter-, tras el cual evidenciaron su admiración absoluta. La tradición explica que Amadeus dijo sobre el Beethoven de 16 años: "Prestadle atención porque algún día dará de qué hablar al mundo". Para este, la música del primero representaba la cima del equilibrio, la gracia y la perfección formal.

Volviendo al salzburgués, solo transcurrieron 20 años entre su primera y su última sinfonía; 41 en total, un catálogo extenso y vertiginoso, que lo es aún más si se tiene en cuenta su producción operística, coral, de cámara o de conciertos para intérpretes solistas. Dos décadas de evolución personal, intelectual y de lenguaje musical, en la que el compositor conserva la frescura melódica y la naturalidad de sus inicios -quedan restos de ella en Júpiter-, a las que aporta madurez técnica y expresiva. Porque Mozart pasa de ser una joven promesa a llevar a la sinfonía clásica a su culminación. ¿Qué elementos dan muestra de esta evolución?

La mejor respuesta se obtiene con el ejercicio auditivo y aunque este artículo trate de resumir las claves a esta pregunta, sirva también como una invitación a escuchar estas dos obras; necesitará apenas 45 minutos, los cuales se convertirán en un goce auditivo inigualable. ¡Mozart nunca defrauda! Si lo hace, preste atención a los siguientes elementos.

CINE, PELICULAS, AMADEUS

CINE, PELICULAS, AMADEUS / ED

Estructura y duración. La 1ª sinfonía tiene una duración de apenas 15 minutos y está estructurada en solo tres movimientos (Molto allegro-Andante-Presto) breves con un claro contraste entre ellos, bajo la fórmula rápido-lento-rápido. El primero y el último destacan por ser brillantes en su inicio y cierre, pero muestran también un cierto dramatismo en su parte intermedia. El segundo, en cambio, permite atisbar la intimidad y expresividad futuras. Por su parte, Júpiter se extiende durante 35 minutos y está estructurada en cuatro movimientos (Allegro vivace-Andante cantabile-Menuetto-Molto allegro), en el que Mozart recurre a la tradicional forma sonata, pero mucho más desarrollada. Lo hace, por ejemplo, en el movimiento final, en el que la funde con el contrapunto.

La orquesta. En dos décadas, la plantilla orquestal no solo crece en dimensión, también lo hace en su tratamiento. La primera tiene una sección de cuerdas, complementada por dos oboes y dos trompas; la última, se expande con la incorporación de una flauta, dos fagotes, dos trompetas y los timbales. Pero lo más interesante es que Mozart pasa de usar las cuerdas como elemento principal y relegar los vientos a un aporte de timbre y color a crear un lenguaje contínuo entre ambas secciones -los diálogos entre ellas son recurrentes- y dar protagonismo a los instrumentos de viento, que tienen voz propia.

De la sencillez a la complejidad. Mencionado anteriormente, esta es una de las claves que muestran la evolución compositiva de Mozart. A los ocho años, con gran maestría, presentaba un estilo sencillo, claro, brillante y con pocas emociones. La música tiene una estructura clarividente y destaca por su legibilidad, es decir, hasta el menos experto en música puede recordar las secciones y los diferentes temas musicales. A los 28 años, aunque no renuncia a estos elementos, el salzburgués se vuelve complejo; madura, crece y se enfrenta los problemas de un adulto. El Mozart niño vivía sin preocupaciones mientras era exhibido en las cortes de toda Europa, mientras que el adulto hacía malabares por sobrevivir económicamente y con mucho menor reconocimiento del merecido. Por eso, en Júpiter, sigue siendo posible identificar la estructura formal de la obra, pero las comas y puntos se vuelven algo borrosos; se difuminarán aún más en el romanticismo. Y, sobre todo, la música se vuelve expresiva, con carga dramática, transmite muchas más emociones que al inicio de su carrera.

¿Y si...?. Es la gran pregunta. Si en solo 20 años Wolfang Amadeus Mozart fue capaz de llevar el género sinfónico a este excelso nivel, qué hubiera ocurrido si no hubiera muerto prematuramente, hasta dónde hubiera impulsado su lenguaje sinfónico. Lamentablemente, es un interrogante sin respuesta. Como contraprestación, ha legado para la historia 41 sinfonías, algunas de ellas, como Júpiter, brillantes.

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