Última poesía desde València
García Faet y Engel, dos de las voces más interesantes del panorama actual, presentan un ensayo que aspira a ser poesía y dos poemarios premiados

Última poesía desde València
R. Ballester Añón
Berta García Faet (València, 1988) es una autora asentada en el panorama lírico español: su nombre y su obra figura en la antología de la última poesía española, El estallido (Cátedra, 2026). Al margen de su producción poética, que le ha valido el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, a García Faet le gusta adentrarse en el enjambre del ensayo literario. Ya probó al lado de Juanpe Sánchez con Estrellas vivas. Antología de poesía cursi y ahora lo hace en solitario con El arte de encender las palabras (Barlín Libros), que es una forma de explica su concepción de hacer poesía sin dejar de hacer poesía. No quiere entrar en profundidades teóricas. Lo deja claro. Quiere narrar sus enamoramientos de las palabras. Lo hace con una forma singular en la que juega con la disposición tipográfica.
Bernard Engel (València, 1991) forma parte de la misma generación que García Faet. Aparece en la escena lírica con dos libros que han cosechado premios: el María Rosal y el Ciudad de Córdoba. Jaime Siles, último Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dice de Engel que es «una de las voces poéticas más sólidas e innovadoras de su generación». En La estúpida belleza de las deflagraciones alude a los truenos falleros y la ausencia materna, víctima de adicciones (Yo no nací. / Ni cesárea ni parto natural. / Yo fui esnifado»). Para cantar ceniza consigue barajar alta y baja cultura con un culturalismo que suena a nuevo.
Metacursilería: los motivos de Berta
La premiada García Faet desea que su ensayo sobre poesía devenga poesía y alejarse de debates teóricos.
Berta García Faet (València, 1988) poeta de amplia, precoz y brillante producción. Ha obtenido prestigiosos distinciones como el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández. Es autora de libros de poemas con títulos como Manojo de abominaciones, Night club para alumnas aplicadas o Una pequeña personalidad linda. Como ensayista ha publicado Antología de poesía cursi (en colaboración con Juanpe Sánchez) y El arte de encender las palabras, que pasamos a comentar.
Se trata de una suerte de ars poética que argumenta y ejemplifica su concepción de esa peculiar práctica. Desea que su ensayo sobre poesía devenga poesía. Para ello emplea diversos trucos como entremezclar argumentaciones generalistas y un deshibido lenguaje cotidiano.
La disposición tipográfica del libro es llamativa: no hay notas al pie sino al lado o arriba. Toma el modelo de las glosas de los códices medievales que en su momento emplearon escritores como Agustín García Calvo o Juan Benet. Un estimulante dolor de cabeza creativo para los diseñadores de estas páginas y del editor (que en esta ocasión se muestra feliz)
La autora se pregunta quién es ella: «Una de las muchas novias de la poesía».
Y qué pretende: «Contar mis amores con la poesía y preguntarme por la relación entre poesía y cognición, poesía y ensanchamiento del pensamiento».
En cuanto a justificar la profusión de textos que menciona, aclara que los hay de dos clases: La mayoría son ajenos «pero con los que me he casado» y los otros, son suyos «con los que estoy feliz».
Advierte que también citará textos que convencionalmente no se consideran poemas pero que para ella lo son y tiene «chifladas ganas de compartir». Deja claro que no desea intervenir en ningún debate teórico: su único deseo «es narrar mis enamoramientos».
El arte de encender.... tiene cierto aspecto de cuaderno de anotaciones o manual de autoayuda, y en su disposición de preguntas y respuestas, adquiere casi el formato de catecismo para un cabal adiestramiento lírico. Y en ocasiones un cierto aire teresiano hablando de asuntos elevados con lenguaje coloquial.
El pelo de la dehesa valenciana se advierte en algunos de sus pasajes: «Tal vez el capitalismo del siglo XXI y la catástrofe climática destarifen nuestra libido sin vuelta atrás».
Al verso de Kathy Acker «la primavera es una polla dura» le dedica una sofisticada glosa retórico-semántica.
Intuye que hay tres clases de poesía: la que redescubre, la que reinventa, y la que no sabe si reinventa o redescubre.
García Faet ha realizado sus trabajos de doctorado en la Universidad de Brown (Providence), uno de los centros de referencia en estudios hispánicos y punto de irradiación de la llamada «literatura nuncore» (estilo monja), como la Instrucción de novicias de Garriga y Urbita. Pero sobre todo quizá es uno de los más importantes centros de la nueva espiritualidad académica de los Estudios Culturales que postula, entre otras lineas doctrinales, cierta catequesis homomatriarcal.
En su interés por la cursilería literaria García Faet seguramente retoma algunas consideraciones de Susan Sontag sobre lo camp o de Hermann Broch sobre el kitsch.
Para terminar consignemos la deliciosa y desconcertante conclusión lirico-conceptual de su ensayo: «No diría que la poesía es...todo» (...) «Diría que la poesía es...todo».
Bernard Engel
El autor hace poesía de la «estúpida belleza de las deflagraciones» falleras y la ausencia materna.
Bernard Engel (València, 1991) acaba de publicar dos libros con muy poca diferencia de tiempo. El primero de ellos obtuvo, por mayoría, el I Premio Internacional María Rosal; el segundo, por unanimidad, el XXXIII Premio Internacional de Poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina. El primero, La estúpida belleza de las deflagraciones -que toma su título de un verso que dos veces aparece en él y que alude a nuestras Fallas- es un conjunto de poemas que intentan entender el sentido de la infancia y la ausencia de la madre, víctima de su adicción a las drogas («Yo no nací. / Ni cesárea, ni parto natural. / Yo fui esnifado»). La mirada del niño es la que impone su perspectiva y percepción aquí en un discurso duro, al que no resulta ajeno como correlato plástico El Grito de Munch y que tiene como espacio referencial la ciudad de Valencia. Para Bernard Engel «Todo es narrarse. Canto» y «Ayer es siempre ayer, o casi siempre». Poemas de diversa factura (breves, largos o en prosa, sembrados de frases gnómicas) articulan su modo de decir, cuya poética sintetizan muy bien estos versos: «Pero aquí, en el desastre, / en esta cosa lenta que avanza lentamente, / dónde está la poesía / y sobre todo / de qué sirve encontrarla», a lo que él mismo se responde «allí donde no existe la poesía, / la poesía nace / como un mal necesario». Y es esa conseguida tematización de la ausencia de la madre lo que tanto al autor como al lector le sirve de consuelo: poesía, pues, como consolatio, al modo en que la hubo en la literatura latina, capaz de convertir en belleza y placer el duelo y el dolor.
Muy diferente -tanto en la forma como en el contenido- es Para cantar ceniza que, si bien mantiene la idea rilkeana del canto, supone un cambio en el concepto de poema y en su realización. Los títulos, todos ellos muy largos, recuerdan a los de los novísimos de los años sesenta y setenta del pasado siglo; su singular culturalismo, también. Explota las posibilidades del monólogo dramático: «Todo lo que recuerdo no ha existido» hace decir a Marguerite Duras. Y desde esa misma fórmula fonadora se expresan Chavela Vargas, Julio Cortázar, César Vallejo, Miles Davis, Josephine Baker, Idea Vilariño, Charles Aznavour, Ismael Rivera, Jaime Garzón, Edgar Degas, Gustave Doré, Roberto Juarroz, Atahualpa Yupanqui y muchos otros más que forman la primera parte de este díptico, al que completa la segunda, compuesta también por monólogos dramáticos de nombres menos conocidos Llama la atención el soneto en alejandrinos puesto en boca de Baudelaire; y la conclusión a que llega Nina Simone: «Y un canto sin escucha / se parece al silencio». Excelentes en su materialización son los poemas protagonizados por el humorista colombiano Jaime Garzón o el poeta argentino Roberto Juarroz. Si la primera parte se abría con un poema de arte mayor titulado ‘Ayer’ escrito en rima consonante, la segunda lo hace con ‘Hoy’, también de arte mayor y en rima consonante, y da entrada a una serie de poemas no menos intensos ni logrados, en los que denuncia que «Tratan de mutilarnos el misterio». Su voluntad poética no es otra que «Cantar para que no se nos olviden / las vidas que pudieron haber sido». En un romance con estribillo («Eso es la canción, un eco») alcanza uno de los mejores momentos de su lirismo («Un pájaro que regresa / desde el olvido del viento, / una isla en uno mismo, / un exilio de silencio»). En otros experimenta con la décima. Un soneto - titulado ‘Mañana’, en la estela del gran Joaquín Sabina y bajo la clara influencia de él- cierra este libro en el que su autor se ha propuesto hacer dialogar la alta cultura con la baja mediante un culturalismo sui generis y de nuevo cuño, tan interesante como enriquecedor, y en el que ha sabido articular una de las voces poéticas más sólidas e innovadoras de su generación.
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