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La memoria de un pueblo

La memoria de un pueblo

La memoria de un pueblo / Lucia Prieto Junquero

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Álvaro Pons y Noelia Ibarra

Mucho antes de que esa España rural que se desangraba con la emigración a las grandes urbes y otros países adquiriese la etiqueta de «vaciada», a principios de los años 80, los sorprendidos lectores franceses pudieron leer una historieta que protagonizaban las mujeres ancianas que quedaban en esos pueblos de una Castilla olvidada. Tito, hijo de emigrantes del humilde municipio toledano de Valdeverdeja, acompañaba en las páginas de la prestigiosa revista (A Suivre) a estrellas de la bande dessinéé como Tardi o Bourgeon con una historia pequeña y sencilla, que reproducía conversaciones mantenidas por las vecinas a la puerta de la casa mientras se hacía punto en una tórrida tarde de verano. Mujeres de caras marcadas por el paso del tiempo que hablaban de una cotidianidad construida sobre las heridas todavía abiertas de hechos de los que era mejor no hablar y que terminaban cualquier frase con un susurro de resignación.

Las historias de Soledad, ese pueblo imaginario pero tan cercano y reconocible, fueron sucediéndose, como aquellas crónicas de un pueblo televisivas que nos presentaban a los pocos habitantes que todavía quedaban en las calles encaladas, dejando entrever una memoria todavía escondida por el miedo, pero que se escapaba por las rendijas de los silencios, por los requiebros de unas arrugas trazadas por el arado del dolor y la impotencia. En su cuarta entrega, La memoria herida, publicada en Francia en 1987, el autor afincado en París miraba al pasado, al origen de ese desgarro todavía sangrante en el hoy. Se sumergía en el relato de la vida de su abuelo, en las historias que se contaban en voz baja en las reuniones familiares, para reconstruir esa narración silenciada que recordaba cómo su pueblo fue saqueado, las persecuciones, los asesinatos y el dolor. No hay épica de la batalla, sino un relato de una violencia consciente que divide en dos esta geografía rural: los vencedores y los vencidos. En su continuación, El hombre fantasma, se contaba por primera vez la historia de los ‘topos’ que vivieron ocultos durante la guerra, la única estrategia de supervivencia ante la purga, pero también perversa metáfora de cómo el fantasma del pasado pervive en el presente.

A lo largo de los diferentes álbumes publicados durante la década de los ochenta, la saga de Soledad se constituyó como uno de los primeros acercamientos a la memoria histórica en el cómic que seguía el camino abierto por Carlos Giménez, atreviéndose a romper muchos cánones establecidos: dejar al héroe de lado para encontrar el protagonismo coral de un cosmos rural donde la voz de la mujer es la preeminente; dar voz a personas que hace tiempo que olvidaron lo que es ser jóvenes, que miran al lector con sus ojos cansados sin necesidad de construir un drama universal para reclamar su verdad, para encontrar su lugar en un discurso oficial que olvidó unas vidas a las que se les arrebató el derecho a existir.

Sin discursos grandilocuentes, sino a través de las conversaciones cotidianas, de componer el puzzle inacabado de decenas de testimonios fragmentados, Tito puso de manifiesto en Soledad un presente construido sobre cimientos de un temor que erosiona todavía la convivencia, filtrándose en cada diálogo intrascendente, en cada ausencia aceptada…

Durante casi cuarenta años la obra de Tito permaneció casi inédita en nuestro país (apenas se editaron algunas de las primeras historias en las revistas de los 80), hasta que la editorial Cascaborra la trajo a nuestro país en 2022 en una cuidada edición de cada uno de los álbumes de la serie (con traducción de Lorenzo F. Díaz), que ahora es recuperada y recopilada en formato cofre, en una perfecta oportunidad para conocer esta joya del cómic.

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