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El paripé

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Carlos Marzal

Carlos Marzal

A menudo no comparto la mala reputación que han adquirido algunas expresiones, y creo que deberíamos ser más generosos con su significado. Me sucede con hacer el paripé.

Sabemos que paripé está asociado con fingimiento, con simulación, con hipocresía incluso, y que hacer el paripé puede equivaler a darse humos, darse tono, presumir: ponerse estupendo, como decía don Latino en Luces de Bohemia.

Los diccionarios etimológicos nos informan de que la voz proviene del caló paruipén, que quiere decir cambio, trueque. Después, me figuro, la ancestral reputación de ladrones y embaucadores que arrastran los gitanos hizo el resto. A la idea de cambio se le añadió el sentido de engaño en dicho cambio.

Pero la verdad es que lo de hacer el paripé debería estar mejor visto, me parece.

En definitiva, lo que más le gusta a la gente, después de escucharse, consiste en escuchar en boca de los demás lo que más le gusta. El diálogo, que tanta fama filosófica ha adquirido, en realidad no se produce casi nunca: nuestras conversaciones, en la mayor parte de los casos, no son más que una yuxtaposición de monólogos, las legendarias conversaciones de besugos en las templadas aguas del mar Mediterráneo. Por lo general, los animales humanos no buscan interlocutores, sino oyentes; no persiguen con quién compartir sus ideas en busca de un punto de vista mejor, como soñaría un aprendiz de pensador platónico, sino un público al que endilgarle sus opiniones. De ahí que ante la brasa que nos quiere pegar el vecino, no haya otra que paripetear.

Para vivir en esta sociedad nuestra de cada día, estoy muy a favor del paripé, que en realidad representa un método de buenas maneras para que dicha sociedad funcione bien engrasada, sin que lleguemos a las manos. El paripé -que además es una palabra muy sonora-, en las páginas de mi Diccionario de Voces Privativas de la Lengua Española, consiste en una ceremonia de buena educación, mediante la cual los intervinientes que la ejecutan -los que hacen el paripé- quedan encantados, y cada cual se va muy contento a su casa, convencido de haber logrado lo que perseguía. Según lo entiendo yo, el paripé añade al mundo un ingrediente de caridad teatral, para la armonía de la vida en común.

Haz el paripé, no la guerra. Llegué, vi, paripeté. Paripeteo, ergo sum. Obra sólo según la máxima de que tu paripé pueda volverse una ley universal. The rest is paruipeth.

La enumeración de citas célebres podría volverse interminable; pero me gustaría resumir el propósito de mi reflexión en esta máxima de estirpe agustiniana: ama y haz el paripé que quieras.

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