Memoria de la buena tierra
Los versos de 'Fuego la sed' son como cuando el arado escarba en la tierra reseca: sacar a la superficie para que no confundamos la memoria y el olvido

La portada del libro de María Sánchez / Levante-EMV

Me vienen estas cosas
del fondo de la vida.
Alfonsina Storni.
Hay lenguajes que me caen lejos. Que me llegan como si supieran de dónde vengo y de cuándo, con esa complicidad de quienes se entienden perfectamente a través de los siglos: pero no los entiendo. A lo mejor es que nací ya como de viejo: apenas llegaba al tablero donde mi hermano y yo, con apenas once años (o tal vez menos), amasábamos los panes para que a las cinco de la mañana se los llevaran los hombres al monte y una vez allí -mula y arado- entendérselas a puñetazo limpio con la tierra. También recuerdo los chillidos del cerdo rocha arriba, hasta la mesa larga y ancha del degüello. Y la piel quemada con el fuego de las aliagas. Y la sangre y el rabo hecho brasa que el carnicero lanzaba al aire para alimentar el hambre de una infancia que no sabía entonces de las trampas del lenguaje.
De la memoria y el olvido
Las palabras que luego descubriríamos como un cruelísimo enredo de trileros. Dictadura. Iglesia. Comuniones. Bautizos. Retratos de vírgenes, militares facciosos y falangistas en las paredes de la escuela. Mujeres tristes de once años cosiendo el ajuar alegre de las novias. La hipnótica fanfarria de los cantos a la patria. El tiempo aquel de la engañifa. Y tantos años después, lo que regresa: las claves que desvelan la tortuosa palabrería de las patrias. La destrucción, nunca el amor. Llegaron ellos y sus máquinas: ya sin máscaras de carnaval, sin himnos a toda mecha, sin disimulos de ninguna clase: «Para demostrar todo / lo que sabíais / dejasteis entrar la masacre / en el paisaje». Tantos años después, los versos deslumbrantes de María Sánchez en Fuego la sed, un libro que puedes leer cien o cien mil veces y siempre será como cuando el arado escarbaba en la tierra reseca de Marjana y el abuelo Claudio se cagaba en dios, en el hambre y en los pedruscos romanos que mellaban el metódico ritmo de la mula. Y en el frío.
Heredar lo más profundo de la tierra. Ser tierra. Habitante de lo que ya no existe porque lo destruyeron como destruyen el cuerpo de la disidencia las victorias. Contar lo que hay allá abajo. Sacarlo a la superficie para que no confundamos la memoria y el olvido. Para que no haga de las suyas la nostalgia, esa mierda de nostalgia que mueve a los nuevos habitantes (esos neorurales: ¡qué chulos ellos!) de un mundo que desaparece: «renegad de la nostalgia / en ella también se esconden / el poder / la violencia / la sequía». Y todo eso sin esconder la necesidad de sentirnos huella de quienes estuvieron antes, con su lucha al lado de las bestias, con el estallido de las tormentas y el ganado a salvo en los corrales levantados febrilmente piedra sobre piedra.
De ahí venimos. De quienes vivieron antes en lugares que hoy apenas recordamos. La insistencia de una escritora que agranda lo que fueron hace tiempo unas vidas que no sabían de la impiedad ni del desprecio por lo que había en los montes y en la pobreza de las casas. La necesidad de ser casa, como escribe Selva Almada en Una casa sola: «… no era yo realmente una casa. Seguía siendo un refugio, un reparo, un techo debajo del cual se dormía. No más que eso». Y no menos. Los versos de María Sánchez que me llegan de los tiempos aquellos, de cuando el sueño de dos críos se quebraba todas las noches para que el pan de horno moruno y ramas de pinocha no faltara en el hambre de las casas. La memoria de la gente que era cielo nuboso, intemperie: «… queremos invocar / la canción de los antiguos». Y entre esos antiguos, las mujeres. Las que empezaron a coser las heridas de un tiempo en bancarrota y el ajuar alegre de las novias. De ahí venimos. De los hombres del monte. De las bestias que hablaban. De las mujeres enlutadas aunque fueran días de fiesta en los pueblos de la derrota.
Les guste o no la poesía
Hablaba al principio de los lenguajes que me caen lejos. Que no entiendo y sin embargo sé que me hablan de un mundo que siempre fue y sigue siendo el mío. Hace tiempo empezaron a llegarme por mail textos sorprendentes. Todos con un punto de melancolía que orillaba la tristeza. No sé qué son Facebook, X, TikTok, Instagram… El envoltorio de los mensajes era una palabra extraña: Substack. Dos nombres se juntaban casi siempre en los envíos: María Sánchez y Carlota Garrido. Nunca relacioné esa María Sánchez con quien había escrito mucho tiempo atrás ese libro bellísimo que es Tierra de mujeres. Hace unos días descubrí por azar que una y otra eran la misma escritora. Y que existían dos o tres libros suyos de poemas. Me agarré al último: Fuego la sed. Inmenso. Inabarcable. Horizonte. Casas. Tiempo. Palabras puestas a vivir con la memoria de los sitios y la gente. Y un detalle que me conmueve: las guardas del libro son las anotaciones a mano que escribía su abuelo para llevar el registro de las lluvias. Lo mismo que hacía mi padre -hornero y actor aficionado- con los precios del pan o de la harina en los huecos en blanco de sus libros de teatro, siete u ocho libros que eran por cierto los únicos que había en los altos de la casa.
Ahora sigo sin saber lo que es un Substack. Pero el libro de María Sánchez no se lo pueden perder. Les va la tierra en ello. La buena tierra. Como la memoria que la cuenta. Lo que dice Carlota Garrido en uno de los textos que me llegan por esos caminos para mí de tan lejos y tan extraños: «Si un pueblo era una historia, yo quería saber quién había contado la del mío, quién había callado y quién había decidido lo que había que olvidar». Lean pues Fuego la sed, les guste o no la poesía. Si la tierra es de quien la trabaja (y eso bien que se afirma en la escritura radicalmente política de este libro), podríamos añadir que también es de quien la escribe. Sobre todo si esa escritura es como la que María Sánchez extrae palabra a palabra de lo más profundo de la tierra.
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