Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Poesía con conciencia

Manuel Valero se aproxima a la poesía social, aunque por su forma parece más cercano a la de Rosales y Panero

El crítico y poeta Manuel Valero

El crítico y poeta Manuel Valero / Levante EMV

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Jaime Siles

Jaime Siles

València

Manuel Valero Gómez (Alicante, 1986), doctor en Filología, especialista en Juan Gil-Albert, Premio Gerardo Diego de Investigación Filológica, y autor de varios poemarios -como Sonetos para Samia y hastiados poemas (2008) y Café Montparnasse (2012)- obtuvo en 2014, con Noche entreabierta, el III Premio de Poesía Joven La manzana Poética de Córdoba. Su título recuerda el sexteto de cuerda Verklärte Nacht del compositor austríaco Arnold Schönberg, inspirado por el poema de igual título del poeta Richard Dehmel. Pero el libro de Manuel Valero Gómez nada tiene que ver con ninguno de los dos: es, y por completo, otra cosa. Está muy bien estructurado, con una arquitectura cuidadosamente concebida y una coda como conclusión, en la que el joven poeta, de modo bastante expresionista, trata dos temas que se superponen, se imbrican y se engarzan: la historia y el amor. De modo que, aun habiendo en él poemas de amor, hay, sobre todo, historia. Y es este tejido histórico el que sirve de marco y de cultivo a todos los demás. Discípulo de la escuela de Granada - tanto de la de teoría crítica, fundada en la doctrina del profesor Juan Carlos Rodríguez, continuada por el profesor Miguel Ángel García, como de la otra sentimentalidad de Javier Egea y Álvaro Salvador- la escritura poética de Manuel Valero Gómez se aproxima a la llamada poesía social, con la que comparte núcleos temáticos, aunque, por su forma, parece más cercana a la de Luis Rosales y Leopoldo Panero padre.

Las huellas de ambos resultan muy patentes: La casa vacía del primero se transparenta en el título del poema ‘La estancia vacía’; y Escrito a cada instante del segundo se calca en el verso escrita a cada instante. De modo que podríamos decir que Manuel Valero Gómez encuentra sus modelos y sus fuentes, más que en los llamados poetas sociales (Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, Blas de Otero…), en los de la generación del 36. El dolor de su consciencia existencial («Tú sabes que la vida / siempre nos hace anónimos») le lleva a una conciencia social, que no es la de la posguerra, pero que, como aquella, le lleva a criticar la explotación, la muerte, el hambre y la desventura, el mismo frío y la misma oscuridad. Francisco Javier Díez de Revenga, uno de los mejores conocedores de nuestra generación del 27, ha señalado con razón «el dramatismo» de estas representaciones poéticas y la manera en que este autor se aparta de los territorios transitados por la poesía actual, reconociendo la singularidad de su estilo y el uso de «un verso libre elegantemente acompasado», «poseedor de un ritmo interior adecuado», puesto, como su vocabulario, al servicio de unas impactantes imágenes, cuyo efecto no es la creación de una subjetiva belleza sino la objetiva denuncia de un mal cada vez más generalizado por las contradicciones del capitalismo y las diferencias sociales generadas por la economía neoliberal. Noche entreabierta es, pues, un libro de alto y claro signo y contenido ideológico. Entre los intertextos hay que reseñar este de Góngora: «cuando al amanecer / entre sus piernas abre / la dudosa y vencida luz del día», que remite al pisando la dudosa luz del día que Camilo José Cela utilizó para titular su primer libro de poemas. Abundan también las alusiones eróticas («la escarcha entre tus manos; Cuánto cuerpo cabe en una noche, / cuánto beso y cuánto oro / rompiéndose en sí mismo / por los visillos blancos / y sábanas caídas»). Valero Gómez encuentra su caldo de cultivo en «los vértigos de luz / y en los arrecifes de la historia» y señala las «horas extra, los salarios medios, las pensiones y las clases subalternas», lanzando un grito de rebeldía a los que llama «esclavos de la noche y de la historia, que han sido patria de mercaderes, afirmando que por mucho que varíen/el orden de los ladrones/no altera el usufructo ni los dividendos ni las plusvalías», términos todos ellos muy presentes en su vocabulario y que amplían las posibilidades poéticas del lenguaje, pues, como advertía Jorge Guillén, no hay palabras poéticas de por sí: todas lo pueden ser.

Este es uno de los mayores logros de Manuel Valero Gómez: haber dotado al lirismo de unos semas que no suele tener. Eso, y -como hizo Rafael Alberti a principios de los años treinta- extraer una frase del Manifiesto de Karl Marx - en concreto: «un fantasma recorre Europa»- y convertirlo en verso. Manuel Valero Gómez hace casi lo mismo aquí: «No existe Dios o mano,/tan solo una derrota que antecede/la muerte en su partida:/un fantasma recorre el ajedrez».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents