08 de julio de 2018
08.07.2018

La climatología se pone cada vez más extrema

07.07.2018 | 21:51

Son el enemigo más temido por los agricultores. Su llegada es inesperada, su actuación corta, aunque su huella, imborrable. Muchos los recuerdan y pocos los olvidan. Catastróficos, ruinosos, desastrosos o desoladores son algunos de los adjetivos que utilizan para describirlos y es que la Ribera no deja de acumular fenómenos meteorológicos extremos. El último, el pasado domingo, al que le bastaron diez minutos para con su cóctel letal de agua, granizo y viento, arrasar con más de 15.000 hectáreas y dañar parte del patrimonio y el mobiliario urbano de la zona. Son capítulos cada vez más comunes en la comarca. De hecho, si se levanta la vista a unos años atrás abundan las inundaciones por gota fría, algún tornado, el episodio de lluvia torrencial más importante en este territorio en las últimas décadas sucedido en Sueca en septiembre de 2008, la «supercélula» de Cullera o la granizada de 1995 entre La Pobla Llarga y Rafelguaraf, que llegó a pelar los troncos de los árboles. Sucesos a los que se les ha unido el «Downburst» o «reventón atmosférico», que barrió con todo a su paso, como carta de presentación del mes de julio.

Los expertos asocian todos estos fenómenos a la propia inestabilidad del litoral mediterráneo, no obstante, hay quien aventura una mayor incidencia de este tipo de tormentas en los próximos tiempos. «La tendencia camina hacia la aparición de más temporales con estas características. Esto se explica a través de tres factores: las condiciones naturales de la Ribera, los seres humanos y el calentamiento global. No tenemos otra opción que adaptarnos y encontrar remedios para minimizar los daños», señaló el geógrafo y uno de los mayores expertos de ciencias del suelo en España, Artemi Cerdà.

La Agencia Estatal de Meteorología señaló que la variada orografía, con presencia de cadenas montañosas o la distancia del mar son agentes determinantes. De hecho, asegura que hay un estancamiento del aire, lo que dificulta la llegada de las brisas marinas y propicia una concentración de calor en épocas cálidas, mientras que en invierno se depositan con mayor facilidad las corrientes de aire frío, provocando frecuentes heladas. Hace unos años, el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM) realizó una división termoclimática de la Comunitat Valenciana en treinta zonas con particularidades propias. Una de esas franjas comprendía la zona de Carcaixent, La Pobla Llarga, Villanueva de Castellón y toda la Vall del Xúquer y concluyeron que la temperatura media había aumentado, dejando elevados registros en verano y bajadas considerables en invierno. «En la comarca, las mínimas han subido alrededor de tres grados. Por la noche hace más calor y durante el día se mantienen. Esto significa que la evaporación va a aumentar y por ende, habrá más temporales. Estamos en un punto que es propenso a recibir este tipo de vendavales por su forma de embudo. La química atmosférica ha cambiado y lo estamos notando todos. Vivir en esta zona y pensar que no tendremos tormentas es como ir al Polo Norte y creer que no hará frío», indicó el catedrático de la Universitat de València, Artemi Cerdà.


Un panorama dantesco

Los trabajadores del sector primario son los que acaban llevándose la peor parte en esta historia. Cosechas en el suelo, árboles sin hojas o cultivos agujerados y marcados por el golpe ametrallador que el granizo les inflige. Pero, ¿es la agricultura un acelerador de este tipo de sucesos? Los técnicos afirman que el regadío a manta o por inundación tiene mucho que ver. «No es negativo, porque nos trae más lluvias, pero es cierto que, por ejemplo, en los arrozales, el agua estancada se va evaporando y, además, está caliente, por lo que el proceso para que se inicie una tormenta se intensifica. De todos modos, no es ni mucho menos, el principal causante», apuntó el geógrafo.

Hay otros que lo asocian al cambio climático, no obstante, Cerdà declaró que se trata de un término erróneo para este tipo de casos, «ya que estamos en un constante cambio». Principalmente, tienen que ver las altas temperaturas, la mano del ser humano y el relieve de un territorio. En las tormentas de verano, el calor caldea el ambiente y al calentarse, el aire sube porque es más ligero y se expande al disminuir la presión. El vapor de agua, en su ascensión, entra en contacto con una masa de aire frío que hace que se condense en gotas rápidamente. Este contraste de frío y calor hace que se originen temporales, que tienen una duración muy corta, se mueven muy rápido, pero suelen ser muy intensas. La conclusión es clara: la Ribera reúne las condiciones idóneas para albergar este tipo de fenómenos meteorológicos extremos. Estos incidentes irán a más y se prolongarán en el tiempo de la mano de ya habitual inestabilidad.

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