Las estrictas medidas de confinamiento imponía la reclusión en casa, pero decenas de personas no dudaron el pasado fin de semana en desafiar a la policía para asistir a una pelea de gallos en la calle Padre Pompilio de Alzira. Los vecinos, sobresaltados, alertaron a la policía, que al llegar provocó la huida en estampida de los espectadores. Los agentes solo pudieron identificar a dos de los asistentes, aunque las indagaciones permitirán elevar el número de investigados. No era una situación extraordinaria. El maltrato de esas aves y las apuestas que jalea la muchedumbre que se arremolina en torno a ese supuesto espectáculo se han convertido en una rancia costumbre que, pese a la presión policial, se resiste a pasar a la historia en La Ribera.

La reiteración de las intervenciones policiales delata que la costumbre está muy arraigada. Hace apenas un mes, la Guardia Civil identificó a 120 personas y se incautó de más de 17.000 euros en metálico que corrían de mano en mano para animar el juego en una nave de Benicull. Se recogieron 48 gallos, dos de ellos ensangrentados que ya habían participado en una pelea, y se abrieron diligencias a decenas de asistentes de entre 39 y 61 años llegados de varias localidades de la provincia, pero también procedentes de Andalucía, Catalunya y Asturias. Todos eran españoles, salvo un colombiano.

Treinta agentes de la Benemérita participaron en la operación, que arrancó semanas antes al tenerse constancia de la realización de peleas clandestinas en esa pequeña localidad de la Ribera Baixa, de apenas un millar de habitantes , que parecía haber heredado la fama que hace unos años adquirió en Guadassuar la «Gallera del Tigre», instalada también en una nave industrial aunque con una infraestructura mucho más sofisticada que incluía un graderío circular que rodeaba el escenario y varios empleados que organizaban las apuestas a pie de pista, otros que vigilaban el recinto desde el exterior y unos cuandos más que vendían tickets en la barra del bar.

La redada llevada a cabo en diciembre de 2016 en Guadassuar fue multitudinaria. Se detuvo a siete cabecillas de la organización y se identificó a trescientas personas, se requisó más de una docena de navajas y se recuperaron seis mil euros en efectivo procedentes de las apuestas y del cobro de las entradas. Uno de los siete detenidos tenía una orden de ingreso en prisión para cumplir una pena de siete años. Se recuperaron once gallos lesionados y otros cuarenta con los espolones afilados y listos para el combate.

«Limpiar la mala imagen»

La gallera de Guadassuar, cuyos promotores habían solicitado una licencia de exhibición de gallos, ya se había desmantelado a principios de 2015. El acoso de la policía no parece desanimar a los aficionados. Es más, existe una Federación Valenciana de Criadores de Gallo Combatiente, que también tiene un gran arraigo en La Ribera. Sus inspiradores están empeñados en limpiar la mala imagen que proyectan las peleas clandestinas y en «mejorar la raza» a base de tientas sin sangre con animales que utilizan protectores en el pico y los espolones.

Esa modalidad de lucha está permitida y es defendida por los criadores «porque si no la casta se pierde; si no seleccionas, degeneran», aclaran. El valor de un gallo de combate puede alcanzar los 1.500 euros, aunque la federación niega que les mueva el ánimo lucro, por lo que se desvincula de cualquier tipo de apuestas.

La policía ha incrementado, con éxito, la vigilancia y el desmantelamiento de toda actividad ilegal. Pero de momento la afición y el negocio se resisten.