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Historial local

El fusil que transformó la industria de Alberic

El municipio vivió una revolución en plena Guerra Civil con la actividad de la fábrica de armas que montaba el "Naranjero"

El fusil que transformó la industria de Alberic

El fusil que transformó la industria de Alberic

Con el inicio de la Guerra Civil, Alberic vivió una revolución industrial de la mano de la fábrica de armas encargada del montaje de subfusil «Naranjero», denominado así porque las diferentes secciones se encontraban en los almacenes de naranja del pueblo. Sin embargo, esta no fue la única adaptación de los espacios que se realizó pues una pequeña cueva conocida como «Cova dels Estudiants», situada en el paraje natural de la Muntanyeta, fue el punto de partida perfecto para que en septiembre de 1936 diera comienzo la construcción del polvorín, lugar donde se almacenaría la producción de fusiles Naranjero y su munición hasta el momento en que se enviaba a la fábrica principal en València.

Fue una construcción enormemente costosa, realizada a lo largo de más de un año, excavada a mano la tierra y detonada la piedra con explosivos. De ella se encargaron mineros profesionales de Cartagena, un capataz de Valladolid y seis vecinos alberiquenses, trabajando en turnos de ocho horas. El resultado fue una gruta con un pasadizo principal de 39 metros y medio, que era cruzado por dos pasadizos laterales, dando forma de doble cruz a la estancia. En estos pasadizos laterales se realizaban las pruebas de calidad de las armas antes de ser enviadas y durante las décadas posteriores, muchos niños con espíritu aventurero entraron a la caza de las balas olvidadas en las paredes de piedra blanda.

Una vez finalizadas las obras, a finales de 1937, el «Centro de Recuperación, Reparación y Construcción de Material de Campaña Nº10» abría sus puertas en Alberic, dando trabajo de manera directa o indirecta a más de dos mil personas. Los trabajadores más experimentados, así como los jefes de la fábrica procedían de Éibar, en el País Vasco, y fueron los encargados de enseñar a los nuevos empleados todo lo que sabían. Estos trabajadores llegados del norte fueron alojados en la caserna de la Guardia Civil, que también se transformó, convirtiendo las caballerizas en un gran comedor donde se pudiera comer y disfrutar del tiempo libre.

Eran tiempos de guerra y la fábrica contaba con fuertes medidas de seguridad. Así pues, una sección de carabineros se encargaba de la vigilancia de las instalaciones y el control de los trabajadores. Paralelamente, para protegerse de los bombardeos, las mujeres del pueblo cosieron una gran lona de camuflaje con la que, mediante unos raíles, se cubría el edificio. Además, la fábrica tenía un refugio donde, además de hacerse las primeras pruebas de tiro de los fusiles Naranjero antes de ser transportados al Polvorín, corrían los trabajadores al oír la sirena de alarma. Más tarde se descubriría que la fábrica de armas estaba protegida por un pacto no escrito, ya que también habían proporcionado fusiles al bando franquista, y aunque todos sabían de su localización, estaba protegida y no la bombardeaban.

Fin de una época

Con el fin de la guerra, la fábrica tuvo que ser entregada a los ganadores por parte de su director, el joven «Don José», quien solo recibió golpes y vejaciones en agradecimiento. De esta forma, se escribía el fin de una época en Alberic. Etapa que dio trabajo a mucha gente del pueblo, incluyó a las mujeres en el trabajo industrial, aportó derechos a los trabajadores (los cuales contaban con servicio médico), y se garantizó la educación de los más jóvenes, quienes recibían dos horas diarias de clases de cultura general y otras dos de formación profesional.

Esta tradición industrial podría haber seguido, ya que la fábrica de armas iba a ser transformada en una industria de máquinas de escribir. Sin embargo, los agricultores tuvieron miedo de que la oferta de un trabajo mejor remunerado hiciera peligrar la siembra y recolecta de los cultivos al no encontrar mano de obra barata para trabajar en el campo. Esta teoría era totalmente infundada, ya que el personal que requería la fábrica era mucho menor que la cantidad de trabajadores que acudían al pueblo en busca de un salario. Aun así, la negativa fue rotunda, provocando el fin de la primera era industrial en Alberic.

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