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La victoria discursiva de la extrema derecha

la victoria discursiva de la extrema derechA

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Cuando la concejala de Compromís Leticia Piquer expresó, en un reciente pleno del Ayuntamiento de Alzira, que el fascismo «no se debate sino que se combate» hirió la sensibilidad de Ricardo Belda (Vox). Él, que siempre ha renegado de la etiqueta de extrema derecha (aunque su formación no duda en calificar de radical extremista a cualquiera que no comparta su ideario), se dio por aludido de inmediato. Muy ilustrativo. Dicen que quien se pica, ajos come. Para él, el antifascismo es una ofensa a la democracia y, desgraciadamente, es una afirmación cada vez más extendida. No se entiende sin una victoria discursiva de la derecha.

Echemos la vista atrás. Cuando el Ejército Rojo se adentró en Berlín y clavó su bandera sobre el parlamento puso fin a la amenaza nazi en Europa en 1945. Comunistas rusos, republicanos españoles, distintos movimientos de resistencia surgidos en múltiples países y... sí, los estadounidenses y otros países enclavados en las fuerzas aliadas, combatieron el Tercer Reich. Hollywood se aseguró, mediante una brutal maquinaria propagandística, que en el imaginario popular únicamente se idolatre a los americanos. Uno pierde la cuenta de las veces que, especialmente a consecuencia de las tensiones entre las dos potencias mundiales del momento (Estados Unidos y la URSS), hemos visto en el cine o la televisión heroicas historias de soldados americanos o tramas de espionaje emocionantísimas en las que, sorpresa, sorpresa, el villano es ruso. Ese mensaje ha calado hondo hasta el punto de que si alguien, a día de hoy, se define como comunista es denostado por ello.

No parece ocurrir lo mismo con aquellos que todavía añoran la dictadura franquista. Mientras con Stalin jamás cabría la posibilidad de decir aquello de «bueno, hizo cosas malas, pero también otras buenas», con Franco hemos oído esa expresión hasta la saciedad. Y está normalizada. El régimen se aseguró de grabar a fuego ante la mayoría de los ciudadanos que los comunistas eran malos. Y también los republicanos. Esa sigue siendo, todavía a día de hoy, su victoria más importante.

La república no deja de ser una forma de Estado en la que su jefe es elegido democráticamente, ya sea de derechas o de izquierdas. Defender eso, democracia al fin y al cabo, es algo que en España solo ha quedado en manos de la izquierda (algunos, incluso, dirán que la más radical) porque a la derecha no le conviene que se pierdan ciertos privilegios. Será que países como Francia, Italia o Alemania están gobernados por sanguinarios comunistas y no nos habíamos enterado. A uno le da la risa floja solo de imaginar a Sarkozy y Merkel tomando una cerveza con Lenin.

La victoria discursiva de la extrema derecha es tan abrumadora que han convertido la lucha contra el fascismo en un hecho funesto. Es increíble que defender la democracia y la igualdad frente a aquellos que quieren imponer su forma de pensar y oprimir al que no acepte su dogma haya adquirido tintes tan peyorativos. Es decir, alguien que se opone a la tiranía fascista está peor considerado que alguien cuyo mensaje es tan simplista como: besa esta bandera y odia al diferente.

Lo peor de todo esto es que su discurso se ha visto amplificado en los últimos años a través de internet. «Las redes sociales son hoy uno de los instrumentos de radicalización más potentes. En el lodazal de la polarización, el mensaje de odio del fascismo chapotea feliz. Con sus cuentas falsas, sus conspiraciones, sus fake news y su desinformación. El fascismo se ha convertido en mainstream», resume el historiador Carles Senso en su último libro.

Se amparan bajo la libertad de expresión para engendrar temor a base de falacias. Oponerte a ello es casi un atentado a su «dignidad». Sí, la libertad de expresión, como decía un antiguo profesor de Derecho, está para defender las opiniones más bizarras. ¿Pero, acaso debemos permitir que haya gente que denigre constantemente a los colectivos LGTBI, maldiga por activa y por pasiva a personas de color y catalanes por igual o desee la muerte de todo aquel que no comparta sus ideas? La tolerancia es una paradoja porque, tolerarlo todo es, precisamente, como dijo Popper, dar alas a la intolerancia.Decir que un inmigrante viene a robarte el trabajo y a quedarse con todas las prestaciones sociales es tan falso como una moneda de tres euros. No obstante, resulta eficaz.

El debate parece imposible con aquellos dispuestos a oprimir porque ni les interesa ni les conviene rebatir educadamente las ideas. Contrastar opiniones penaliza. Y si lo intentas, el asunto se zanjará con un «eres un asesino comunista, filoetarra...» y una larga retahíla de vocablos a cual más malsonante. Pero combatir esa actitud es inadmisible, un ultraje. Porque, a fin de cuentas, según defiende Vox, también en Alzira, no hay nada peor que es ser antifascista. Nada más lejos de la realidad. Ésta debería ser una condición sine qua non de todo demócrata.

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