«La ilusión de un día esperado ha sido al final nuestra peor pesadilla, con noches sin dormir, discusiones, lloros y mucho dinero gastado», relata Arantxa Boluda al descubrir las sensaciones experimentadas en los últimos meses después de tener que aplazar por dos veces el enlace matrimonial debido a las restricciones en la vida social que impone la pandemia del coronavirus.

La boda está en estos momentos en el aire. No tienen fecha ni ilusión por volverla a poner. Tal vez la comida sorpresa que les organizaron la familia y los amigos aquel 20 de junio en que tenían previsto casarse en la ermita del Lluch sea el mejor recuerdo de una boda que parece imposible. 

Ismael Canet y Arantxa Boluda viven juntos. Describen que de la ilusión inicial con la que organizaron la boda pasaron a la decepción y, superado ya el «despago», han entrado en la fase del «enfado».

«Todo son problemas para mantener las reservas que hicimos o para que nos devuelvan el dinero, casi nos da igual ya casarnos que no, pero ahora queremos pelear. Al final es mucho dinero. Iremos donde tengamos que ir porque ya nos hemos cansado de que nos traten mal», señalan.

«Ahora queremos aclarar todo esto. Que nos informen de las posibilidades que tenemos, si podemos ir al juzgado y hasta donde podemos llegar. Vamos a pelear», anuncia la novia.

La boda soñada por Ismael y Arantxa se ha convertido en pesadilla después de que la pandemia del coronavirus haya obligado a aplazarla en dos ocasiones cuando esta pareja de Alzira ya lo tenía todo a punto -incluso había empezado a repartir invitaciones- y, tras aventurarse a reservar una tercera fecha después de sucesivos esfuerzos para volver a cuadrar agendas -sacerdote, sala, fotógrafo...- que posponía la celebración hasta mayo de 2021, se han encontrado en octubre con la comunicación de que el salón de banquetes que tenían reservado cerraba sus puertas. «No sabemos ya si nos queremos casar. No creo que a nadie le haya salido tan mal como a nosotros», relata Arantxa Boluda. La luna de miel en un crucero por el Caribe previa escala en Miami que ya tenían contratada amenaza con otro suplicio.

De las palabras de Arantxa se desprende un punto de hartazgo, especialmente después de que un último intento por organizar agendas tras encontrar una fecha libre en abril, la cuarta, se haya topado con la imposibilidad de mantener los servicios contratados y la negativa de algunos profesionales a devolver la señal adelantada o dejarla a cuenta de futuros encargos.

Nadie podía imaginar que la vida iba a cambiar tanto en unos meses cuando, aprovechando un viaje a Málaga en la Semana Santa de 2019, Ismael hincó la rodilla en el suelo para pedir matrimonio a Arantxa en medio de una calle abarrotada que esperaba la procesión del Santo Entierro. Nadie había oído hablar del coronavirus ni se podía augurar las consecuencias de una pandemia y regresaron de Málaga dispuestos a organizarlo todo con la fecha del 20 de junio del año siguiente en el horizonte. Tras la confirmación de que podían celebrar la boda ese día en el Santuario de Nuestra Señora del Lluch pusieron la maquinaria en marcha aprovechando los meses en que las obligaciones laborales de Arantxa les daban un respiro.

Todo preparado ya en marzo

El confinamiento impuesto por el Gobierno con la declaración del primer estado de alarma el 14 de marzo cogió a los novios con los tarjetones en los sobres y con los nombres ya asignados -incluso entregaron los primeros a familiares de Ismael-, los detalles que pretendían repartir a los invitados ya empaquetados, diferentes elementos de decoración que habían confeccionado acabados... «Teníamos mil cosas para la boda, como si fuera al día siguiente porque de marzo a junio la verdad es que no queda nada y normalmente son meses de mucho trabajo para mi», relata Arantxa. A pesar de que los familiares más directos les alertaban de que la situación se podía prolongar, decidieron mantener la expectativa de celebrar la boda el 20 de junio hasta que constataron que la sucesión de prórrogas hacía inviable reunir a los cerca de 240 invitados que habían previsto.

«Cada vez se hacía más largo, nos dimos cuenta de que no llegábamos a la boda y decidimos aplazarla», explica Ismael, que en la inercia de aquellos días en que se posponían bodas y comuniones pensando que después del verano el escenario iba a cambiar, consiguieron fijar la fecha del 31 de octubre, un proceso que Arantxa describe como una auténtica odisea pegada al teléfono. «Otra vez iglesia, sala y fotógrafo, que es lo principal, pero también teníamos un coro, flores, un coche clásico alquilado, el video... lo conseguimos cuadrar todo para ese día después de como mínimo una semana entera de llamadas y quebraderos de cabeza», expone la joven alcireña.

Pero las noticias sobre la evolución de la pandemia empezaron a mostrar otra realidad. «A medida que pasaba el tiempo se empezó a hablar de que en septiembre u octubre vendría otra ola y a finales de julio o principios de agosto decidimos volver a cambiar», apunta Ismael. Volver a empezar.

El proceso de coordinar fechas por tercera vez confluyó en el 1 de mayo de 2021. Posiblemente los detalles comprados ya no los podría entregar ni podrían disfrutar del viaje organizado para la luna de miel, pero optaron por fijar la boda ese día hasta que, hace unas semanas, la sala en la que tenían concertado el banquete anunciaba el cierre. Buscaron una alternativa que les permitiera mantener la fecha aunque, aseguran, estaba todo reservado.

En esas gestiones se abrió una posibilidad de un establecimiento en el que incluso podían celebrar una ceremonia civil, aunque cambiaba el formato de la boda prevista y tenían que reorganizarlo todo. «La verdad es que yo ya no quería la boda que había organizado, la ilusión la había perdido», señala Arantxa. Tenían que trasladar la celebración al 17 de abril, reducir la afluencia a la familia y amigos más próximos y cuando se disponían a iniciar de nuevo el proceso de cuadrar agendas, según señalan, el fotógrafo les invitó a restringir el contrato al tiempo que descartaba devolver la señal entregada a cuenta. «Nos dice que no nos hemos casado porque no queremos», expone Ismael Canet. La pareja también ha presentado una queja en la agencia de viajes. «Estamos descontentos con prácticamente todo lo que habíamos contratado», añade Arantxa, sorprendida por estas reacciones en la actual coyuntura.

«El día más esperado es nuestra peor pesadilla»

«La ilusión de un día esperado ha sido al final nuestra peor pesadilla, con noches sin dormir, discusiones, lloros y mucho dinero gastado», relata Arantxa Boluda al descubrir las sensaciones experimentadas en los últimos meses después de tener que aplazar por dos veces el enlace matrimonial debido a las restricciones en la vida social que impone la pandemia del coronavirus.

«Hemos pasado de la ilusión al despago y ahora estamos en la fase del enfado por lo que nos está pasando»

La boda está en estos momentos en el aire. No tienen fecha ni ilusión por volverla a poner. Tal vez la comida sorpresa que les organizaron la familia y los amigos aquel 20 de junio en que tenían previsto casarse en la ermita del Lluch sea el mejor recuerdo de una boda que parece imposible. 

Ismael Canet y Arantxa Boluda viven juntos. Describen que de la ilusión inicial con la que organizaron la boda pasaron a la decepción y, superado ya el «despago», han entrado en la fase del «enfado».

«Todo son problemas para mantener las reservas que hicimos o para que nos devuelvan el dinero, casi nos da igual ya casarnos que no, pero ahora queremos pelear. Al final es mucho dinero. Iremos donde tengamos que ir porque ya nos hemos cansado de que nos traten mal», señalan.

«Ahora queremos aclarar todo esto. Que nos informen de las posibilidades que tenemos, si podemos ir al juzgado y hasta donde podemos llegar. Vamos a pelear», anuncia la novia.