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La segunda tromba en 22 días prueba que Alzira sigue a merced de la lluvia

Ningún gobierno se ha tomado en serio la amenaza

Estado que presentaba a primera hora de la tarde de ayer el cruce de las calles Simat y l’Alquenència, en Alzira. | PASCUAL FANDOS

Estado que presentaba a primera hora de la tarde de ayer el cruce de las calles Simat y l’Alquenència, en Alzira. | PASCUAL FANDOS

No hace falta haber sufrido la pantanada. Ni la no menos histórica inundación de 1987. Tampoco los inacabables episodios de lluvias intensas que han jalonado nuestras vidas. Si el discernimiento humano viniera de serie y no necesitáramos años para tomar una conciencia cabal de la realidad, apenas habrían bastado 22 días para que un bebé sin destetar certificara con ese bautismo civil que representan las inundaciones que la condición de alzireño le privará de vivir sin riesgos. En apenas tres semanas habría interiorizado que su patria no es chica sino que achica. Hay que nacer con el cubo de agua bajo el brazo.

Los habitantes de Alzira se pasan la vida pendientes de un cielo que para nada es el que nos prometieron. Aunque pudiera pensarse que se trata de un castigo divino, la sucesión tan recurrente de desastres meteorológicos que sufren les llevan muy pronto a considerar que, lejos de los intrincados caminos de la espiritualidad, se trata más bien de una penintencia humana. O de la ausencia de ella, para ser más precisos, porque la intervención del hombre para cambiar este curso de la historia ha sido más bien escasa.

El doble episodio de inundación registrado en noviembre, por encima de todo, demuestra que Alzira no está preparada para asumir la que se nos viene encima. El cambio climático, la última de las plagas que nada tiene tampoco de bíblica, ha añadido torrencialidad, y por tanto mayor peligro, a una lluvia a la que mejor o peor ya estábamos acostumbrados. ¿Y qué solemos hacer para evitar el doble menú hidrológico que tenemos obligadamente que tragarnos por esa herencia histórica marcada en nuestro ADN? Muy poco o nada. Ni Santa Bárbara ha logrado por aquí multiplicar sus parroquianos.

Los políticos siguen a lo suyo en mitad de una tromba no menos monzónica de insultos de pésima originalidad, descalificaciones gratuitas y eterno cainismo que degrada e incapacita la convivencia. También los partidos de aquí, que en lugar de secar este húmedo territorio se dedican a culpabilizarse de la pobre gestión y resultados del plan de defensa contra las inundaciones como si todos los demás no supiéramos ya que ni unos ni otros, ni PSOE ni PP, se han tomado jamás en serio esa amenaza.

La pandemia de la Covid-19 ha sumido al país en una intensa depresión sanitaria, emocional y económica, pero la caja pública podría aliviarse si llega la ansiada lluvia, en este caso de euros, para la reconstrucción. ¿Podrán caer esos billetes sobre nosotros para protegernos de una vez con inversiones? Es la última oportunidad para exigir, consensuar y evitar no ser siempre papel mojado.

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