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La LGTBIfobia también deja rastro en la Ribera

Asociaciones y activistas de Alzira alertan del desconocimiento del colectivo

Las personas que intervinieron en la mesa y la moderadora, extendiendo la bandera protagonista del «Riu de colors» | PERALES IBORRA

El odio contra el colectivo LGTBIQ+ es real y se evidencia cada día en las calles de muchos municipios de La Ribera. Con motivo de la celebración del Orgullo y bajo el lema «Sentir-se lliure, per poder sentir», el Consejo de Juventud de Alzira (CJA), organizó una mesa redona con asociaciones y activistas el pasado miércoles en la Casa de la Cultura de Alzira. Se pretendía debatir sobre la Ley Trans, la legislación vigente LGTBIQ+, la LGTBfobia y el lenguaje inclusivo, pero el acto deribó en una serie de temáticas y testimonios que atestiguan la crudeza de la situación del colectivo en el medio rural.

Bernat Iborra, portavoz de Gailes, associación LGTB de Alzira, empezó la mesa redonda exponiendo la necesidad de educar en estos temas porque, advierte: «Algunos políticos se aprovechan del desconocimiento para hacer mala política». Noelia Pérez, vicepresidenta y secretaria de ELLE, associación LGTB y feminista de Alzira, rebatió a su compañero: «La ignorancia es una excusa para el rechazo, todos sabemos lo que es amar. Más allá solo se debe dejar de juzgar porque, ante todo, no elegimos a quien amamos».

No es contagioso

En el acto se pusieron en común diversas frases, llegando a la conclusión de que la desinformación genera la normalización de comentarios que pueden herir y provocar grandes traumas en personas del colectivo. Así lo contó Kike Pepiol. Y recalcó: «Ante todo, soy persona». Es muy importante pensar antes que hablar. Laura Piqueras, presidenta del CJA, declaró que como estudiante de magisterio aprendió que el odio «se combate con amor y educación».

Kike Pepiol relató que, cuando era pequeño, las madres de su colegio les decían a sus hijos que no se acercaran a él, «como si la homosexualidad fuera contagiosa», reprochó. «No es una enfermedad que coges, ni te conviertes de un día para otro, naces así», precisó el activista. Lo contagioso es el odio y la represión que inflijen esos comentarios. Bernat Iborra agregó que la tasa de suicidio, depresión y ansiedad en personas del colectivo «está disparada» y señaló que dos personas controladas por la asociación sufren depresión e intentaron suicididarse.

Los ponentes aseveraron que las personas transexuales no están enfermas. «Todos sabemos quiénes somos y quién queremos ser», alegó Pérez. Gracias a la despatologización no tendrán que ir a un psicólogo para que les digan si son hombre o mujer. La moderadora de la mesa, Mari-Ló Furió, expuso la realidad frente a las críticas a la ley: «Pasados seis meses del cambio de sexo, se necesitará de procedimiento judicial para volver al anterior», es decir, no se podrá ir «saltando de uno a otro».

Pluma

Las personas homosexuales «con pluma», es decir, rasgos propios del rol de género contrario al suyo, tanto «femeninos», como «masculinos», sufren más. Así lo narró Mari-Ló Furió, quien aseguró que padece más en los momentos en los que va vestida de una forma «más maculina» . La moderadora quiso responder al planteamiento de que las personas lesbianas no sufren tanto odio al aclarar que les llega de otra forma. «Están sexualizadas por la industria del porno, hasta que nos salimos del canon y somos más masculinas», concretó la periodista.

Miedo

Noelia Pérez, cuestionó el propio sufijo «-fobia», «La lgtbfobia tiene un nombre que no le corresponde», sostuvo: «Ellos no tienen miedo de perseguirnos o pegarnos, los que tenemos miedo somos nosotros». A lo que Iborra asintió y alertó: «Algunos tenemos suerte de estar aquí, muchos hemos sido Samuel y hemos corrido más o simplemente hemos tenido suerte».

Kike Gloss defendió que la afirmación ‘antes había respeto’, es falsa: «No hay respeto, lo que hay es miedo», planteó. Este miedo se intensifica en ámbitos rurales, por ello, es importante unirse, propuso Bernat Iborra. Para visibilizar el colectivo en la localidad se llevará a cabo un mural y un festival de cortometrajes en otoño. Gailes busca convertir a Alzira en un referente de libertad e inclusión en la comarca. El activista imploró: «No queremos estar en guetos, queremos estar todos juntos. Y lucharemos por un pueblo diverso y seguro».

Un vecino de Alzira narra que el hace unos días volvía a casa del trabajo en el metro, cuando un hombre le amenazó por devolverle la mirada. El individuo le advirtió que «más le valía no mirarle». Al salir del metro, Toni huyó al grito de maricón. No sufrió daños físicos, tampoco hizo falta. Estas experiencias son suficiente para limitar su capacidad de confiar en la gente o ser él mismo. Estos cortes «hieren a quién eres y cómo te desarrollas amorosa o sexualmente», concluye.

No hay una persona del colectivo que no narre testimonios impactantes y abrumadores, vivencias traumatizantes que pueden desenvocar en miedo a entablar relaciones o ansiedad social. Si viven para contarlo, viven con miedo para narrarlo. Hay personas ingresadas en el hospital que no se atreven a hablar, por si vuelven las amenazas y castigos. Hay personas refugiadas, encerradas y rodeadas del odio del que huyeron. Hay hombres tratados como mujeres y mujeres tratados como hombres, encorsetados al grito de «monstruo y transformado». Algunas buscan volverse invisibles, esconderse tras la manta de la normatividad. Kike Gloss reconoce que de pequeño se metía las manos en los bolsillos para que no se le notara la pluma. Hay personas que se ven obligadas a silenciar su voz si esta no sintoniza con el rol de género impuesto por la sociedad. Hasta que dicen basta porque les están «amargando» la vida, como lamenta Iborra: «Me robaron 20 años de vida»

La represión no es un cuento que circula en las redes, ni solo sucede en las grandes capitales. En las zonas rurales, donde «todo el mundo se conoce» los testimonios representan un puñal de ida y vuelta.

El «testimonio invisible»

Las denuncias son un puñal de ida y vuelta en los municipios con menos habitantes

E.sanchis. ALZIRA

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