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El inventor desconocido de Polinyà

Un maletín encontrado casi 100 años después de su muerte sitúa a Luis Albiñana Tebar como descubridor del piñón libre de las bicicletas y afianza la teoría de que colaboró con Juan de la Cierva para desarrollar el autogiro

Luis Albiñana Tebar, en el centro, con el barco que construyó como carpintero en Argentina | LEVANTE-EMV

Luis Albiñana Tebar, en el centro, con el barco que construyó como carpintero en Argentina | LEVANTE-EMV

Entre los objetos del maletín destaca un proyecto de invención con un despiece del mecanismo de rueda libre para bicicleta y el de un buje que incorpora un muelle helicoidal interno que permite frenar la bicicleta cuando se pedalea en sentido contrario, esto sucede por la fricción interna con el tambor del buje. Emilio Llopis llega a dos conclusiones a partir de los documentos encontrados y su experiencia como ingeniero. Sitúa a Albiñana como posible inventor del sistema de rueda libre existente actualmente en la transmisión de las bicicletas. El mecanismo permite que la rueda continúe girando cuando se detiene el pedaleo. Ernst Sachs supuestamente produciría a escala industrial el piñón libre para bicicletas basado en el proyecto de invención de Luis Albiñana Tébar. Las dificultades económicas le obligarían a vender la patente, por su imposibilidad de llevar a cabo la fabricación.

Por extensión advierte que el sistema pudo propiciar la autorrotación en el autogiro, si se acopla un motor como prelanzador durante la carrera de despegue. La autorrotación es un fenómeno de los autogiros y los helicópteros que se produce al circular aire hacia arriba por sus aspas, como le sucede a un molinillo de papel cuando gira si lo mueves rápidamente. Esta teoría se apoya en el conocimiento de que Albiñana se carteaba con el ilustre Juan de la Cierva, inventor español del autogiro hacia el año 1920.

La apasionante historia de Luis Albiñana se perdió durante casi cien años en un maletín hasta que un día su nieto decidió abrirlo y descubrió que su abuelo era bastante más que un carpintero de la época. El interior de la maleta parecía una cápsula del tiempo salida de un libro de Julio Verne. Estaba repleta de bocetos, instrumentos y fotografías antiguas que recorren su vida como inventor. Nacido en una familia humilde de Gandia en 1872, falleció en 1947 y dejó atrás un largo recorrido como carpintero y, tal vez, algo más.

Emilio Llopis, su bisnieto, lo relata así: «Todo empezó hace poco, cuando mi tío y nieto de mi bisabuelo, me mandó un documento que representaba la sección de un piñón libre para bicicletas. En él figuraba su nombre y la leyenda: «Rueda libre para bicicleta Proyecto de invención por Luis Albiñana, ligereza absoluta sin contacto ni fricción». También se hallaron multitud de bocetos de creaciones suyas. Sus familiares garantizan que, por su carácter, no creen posible que mintiera sobre su proyecto de invención. «Era un hombre muy serio, metido en sus cosas, dedicaba su tiempo a leer y aprender», rememoran.

La familia intuye que los cimientos de su educación fueron construidos por los duques de Gandía. Al nacer en una familia sin recursos no pudo acceder a la educación necesaria para justificar «tales hallazgos». Su nieto deduce, a través del relato oral que ha ido reconstruyendo, que a través de una amistad familiar, los duques proporcionaron a Albiñana los libros y materiales necesarios para formarse. Y supone que también le subvencionaron los viajes que emprendía para vender las patentes de sus inventos.

Llopis, como ingeniero, destaca su «increíble precisión de imprenta» con el roting y el compás, porque es muy difícil que en un boceto no se vea el principio y el final del círculo y en los suyos no se ve. Apunta que podría haber sido una especie de ingeniero sin titulación: «Sus dibujos indican su gran talento para el dibujo técnico. De hecho, sabemos que se realizaron a mano porque a contraluz se ve el agujero del compás».

También conocen que calculó y construyó estructuras para naves de almacenaje de naranjas en Polinya, ya que su nombre aparecía grabado en algunas de las vigas de carga. Fue profesor de dibujo particular, e incluso estuvo a la cabeza del Ayuntamiento de Polinyà en el corto plazo que «aguantó entre tanta pelea».

Durante la Guerra Civil se quemaron papeles y se perdió mucha documentación. Solo tienen constancia de lo que hay dentro del maletín y de algunas historias familiares. Las guerras queman recuerdos, pero el silencio más. Se arrepienten de no haber hecho uso de la información que habitaba en la mente de las personas que ya no están. Y a raíz de sus descubrimientos realizan un llamamiento para conocer más detalles sobre su predecesor. Y es que, la costumbre de tener a nuestros familiares siempre nos hace olvidar que quizás la vida de nuestros antepasados se pierda junto a la suya. En la tradición mexicana, para que un alma perdure, se la debe recordar. En esos mismos pedazos de alma antepasada, también vivimos nosotros.

Esta historia le da sentido al legado de la familia Albiñana, conocida por venir de una larga generación de carpinteros a la que su nieto pertenece. Las raíces son la esencia de la persona y ayuda a comprender por qué somos quienes somos. Emilio decía que descubrir el maletín de su bisabuelo le acompañó, le hizo sentir identificado. El siempre había creído que su faceta «más técnica y vocación como ingeniero venía de alguna parte» y ahora ya conoce la raíz de su pasión.

Un viaje histórico a las Américas junto a Blasco Ibáñez

En las imagen está junto a unos barcos en construcción. Fue uno de los valencianos que Blasco Ibáñez se llevó a su expedición por las Américas. Allí, construyeron las barcas para desplazarse por los ríos, ya que allí no había carreteras. La expedición más tarde se convirtió en la famosa expedición fallida de Ibáñez en la que volvieron los trabajadores con las manos vacías y promesas incumplidas.

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