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José Añó Sais

«Hemos empezado a hacer vida normal cuando todavía no era el momento para ello»

«Durante la pandemia se ha perdido el respeto a las autoridades sanitarias, la tele ha hecho mucho daño con opinadores sin preparación»

El director del Centro de Salud Púbica de Alzira, José Añó, en su despacho en el ambulatorio de la calle La Paz. | RUBÉN SEBASTIÁN

El director del Centro de Salud Púbica de Alzira, José Añó, en su despacho en el ambulatorio de la calle La Paz. | RUBÉN SEBASTIÁN

La sociedad actual está cada vez más cerca de superar uno de sus desafíos más complicados. Una pandemia. El papel de los sanitarios ha sido indispensable para minimizar su impacto en la población.

El Centro de Salud Pública no es nueva, ni mucho menos, pero han ganado notoriedad con la pandemia. ¿Qué hacían antes de la Covid?

Llevamos más de treinta años en este lugar haciendo promoción, prevención y protección de la salud. Recuerdo que el primer catedrático de Salud Pública, que luego fue director del instituto Carlos III, en Madrid, decía que si la gente no sabía que nosotros existíamos era una señal de que todo iba bien. Aunque eso tiene también un lado malo, ya que en muchas comunidades, eso quiere decir que la hora de presupuestos y personal, es lo último que se tiene en cuenta. Por ejemplificar nuestro trabajo, nos encargamos de la alimentación. Cuando un animal o vegetal deja de serlo y se convierte en comida. Comprobamos etiquetados, realizamos muestras, controlamos la distribución… También inspeccionamos el ciclo del agua de consumo, autorizando las mezclas del agua de pozos con la de la potabilizadora y realizando análisis. Vigilamos también los menús de los colegios y las instalaciones donde comen los niños. Estamos encima de las alertas por olas de calor. Realizamos promoción de salud en todas las etapas de la vida. Promocionamos el envejecimiento activo de la población o el diagnóstico precoz de algunos tipos de cáncer. Están, además, las ramas de epidemiología y de salud laboral. Pero ahora tenemos a prácticamente toda la plantilla realizando búsqueda activa de contagios de Covid.

¿En qué momento se dio cuenta de que el coronavirus iba a ser un problema para nosotros?

Aquel partido del Valencia que viaja a Italia. Aquí se acercaban las Fallas y ya teníamos noticias de algún caso, se empezaban a ver cosas. Recuerdo que entrevistaron en la televisión valenciana a la subdirectora general de Epidemiología en la que le preguntan si suspenderían las Fallas. Ella dijo que no querría, pero que si se había suspendido el Carnaval de Venecia… Daba a entender que si era necesario, se haría. La gente no lo entendía, pero se suspendió porque empezaban a darse muchos casos, que afectaban sobre todo a gente mayor.

¿Cuál fue su tarea en aquel momento? ¿Cómo es el día a día de la lucha contra un virus desconocido?

Automáticamente se activaron innumerables protocolos de actuación en residencias, de diagnóstico, para sanitarios… Se crearon las comisiones, con reuniones los jueves con los ayuntamientos de la comarca y viernes con los de l’Horta Sud, que también dependen de nuestro centro. Se realizaban reuniones con las residencias y empezaban a dictarse instrucciones. Si aparecía un caso grave, con patología, se llevaba al hospital y se hacían los rastreos. Si existían más contagios, la gestión se compartía entre el titular y nosotros. Entonces, se aislaban a los positivos que presentaban síntomas de menor gravedad, igual que a un enfermo leve se le decía que pasara la enfermedad en su casa, la casa de una persona mayor es la residencia. Después del verano llegó un poco de esperanza, la situación se normalizó y confiábamos en la elaboración de la vacuna. Pero con los puentes de octubre y diciembre la incidencia se disparó y, a continuación, vino Navidad y ya todos sabemos lo que pasó.

Con la expansión del virus, nos confinaron. Ahora la Justicia cuestiona los mecanismos democráticos para su declaración. ¿Cerrarnos era la mejor opción desde el punto de vista sanitario?

Claro que lo era. Cuando se han tomado medidas restrictivas se ha hecho para cortar la transmisión de un virus que se beneficia del contacto estrecho. Se tenía que parar. El virus tiene un mecanismo de acción de infección de modo que si se pone en contacto con una persona e inmediatamente se le hiciera una prueba, no sale nada. Hay un periodo de cero a cinco días en los que se pueden hacer pruebas y no salir absolutamente nada. A esto se suma entre siete y nueve diez días de recuperación. Por lo tanto, en ese plazo de entre diez y catorce días, si no se hace nada, cualquiera puede ir por ahí contaminando a otras personas. De ahí que las medidas siempre hayan ido a frenar los contactos sociales. Pero no todo tiene que ver con los contagios, ya que hemos visto muchas veces que la incidencia subía pero no los ingresos. El efecto de las restricciones se empieza a notar en los casos a partir de ese tiempo, pero los hospitales funcionan de manera diferente ya que el impacto no se observa hasta mucho más tarde.

El debate puede ser eterno. Salud. Economía. Libertades. ¿Qué le diría a todo aquel que ponga en entredicho la priorización al preservar la salud?

Yo soy sanitario y conozco los mecanismos de transmisión, mi trabajo es frenarlo. Si tengo el caso de un niño en una escuela, lo primero que tengo que hacer es preguntarle desde cuándo está malito. Te dice que lleva dos, pero que como se encontraba regular lleva cuatro días sin ir a la escuela. Perfecto, no pasa nada. Nos ha ido muy bien en los colegios, lo que refrenda el trabajo que hacemos. Pero luego viene un juez, cuando pasó todo lo de Baleares, viene a decir que quién somos para ir en contra de la libertad de una persona. Perdona, no vamos contra su libertad, pero a esas personas las estamos separando para que no contaminen al resto, estamos en una pandemia.

También ha habido mucha tensión política...

Recuerdo especialmente lo que pasó a inicios del pasado curso escolar. Un ayuntamiento me dijo que se tendría que hacer una PCR a todos los docentes conforme pedía su partido porque se lo había pedido “su superiora”. Me preguntaron lo que opinaba y dije que no había pegas. Le comenté que si ese día era jueves, al viernes los quería a todos en fila y les hacíamos la prueba. Pero tenían que hacer como cuando uno va a operarse, que se hace la PCR y ya no sale de casa hasta que va a operarse. Si hacemos una prueba a los maestros el viernes y el fin de semana se han juntado con amigos y familiares, cuando llegara el lunes no valdría para nada. Reconoció que tenía razón. Y hubo más de un partido que no paraba de repetir se hicieran PCR a todo el mundo. Vale, se hace una foto de un momento que unos minutos después ya no vale.

En la comarca encontramos pueblos pequeños donde, en proporción, se ha contagiado más gente que en Alzira, por ejemplo. ¿A que se deben estas variaciones a la incidencia?

Creo que tiene que ver con la forma de vida. Alzira es una capital y las relaciones de sus habitantes no son iguales que en Algemesí, del mismo modo que estas también difieren en l’Alcúdia o en Guadassuar. Pongamos que tenemos dos personas contagiadas en un pueblo pequeño. Seguramente, las dos hayan ido al mismo bar. Si ha habido una boda o un entierro, también. La probabilidad de contagio es mayor.

¿Cómo es la gestión de una vacunación masiva?

Lo mejor de todo es que la compra se ha centralizado a nivel europeo. Una vacuna está el domingo en Bruselas y el lunes se la estamos poniendo a una persona. Del 10 % de las que llegan de Europa son para España y de esas, el 10 % para la Comunitat Valenciana. Cuando llegan aquí se distribuyen a Carcaixent, Alberic, etc. Es una infraestructura bestial, pero nosotros ya la teníamos funcionando siempre porque estamos vacunando toda la vida. Solo hemos tenido que potenciar nuestro sistema de distribución. Es un paso muy importante, todo el mundo se tiene que vacunar. Imaginemos que dejásemos un pueblo por vacunar. El virus circularía libremente y generaría mutaciones que fueran resistentes a las dosis que estamos administrando. Por eso cambia la vacuna de la gripe cada año, se realizan análisis para ver qué cepas circulan y se elige qué dosis se administran.

Nos encontramos en la denominada quinta oleada con un claro sector de la población afectado por el virus. ¿Por qué cree que el mensaje de prevención no cala tanto entre los jóvenes?

La gente no colabora. Llamas a un joven y te dice que su padre es abogado y que le ha dicho que no diga nada. Otro te niega que ha estado en determinado cumpleaños de Fulanito cuando todos sus amigos han dicho que estaba allí y, al final, lo reconoce. Cuesta mucho seguir los casos. No ha habido contención. ¿Era necesario hacer graduaciones del año pasado? Pues ahí te caen catorce. El año pasado no se celebraban cumpleaños o se celebraban en la intimidad, ahora ya no. Desde que nos dijeron que podíamos quitarnos la mascarilla al aire libre, la gente ha interpretado que ya estamos bien y que todo vale. Antes, una persona podía salir un fin de semana y, como mucho, quedaba con su pareja y con otra pareja. Hoy se va de cena con unos, mañana de almuerzo con otros y al día siguiente se ve con la cuadrilla del colegio. Hemos empezado a hacer vida normal cuando todavía no lo es. Por eso nos encontramos con muchos casos asociados a uno.

¿Qué día dejaremos de contar contagios?

Ahora estamos vacunando a los veinteañeros… Me gustaría que el 9 de octubre pudiese ser una fiesta por todo lo alto. Si no pasa nada, a esas alturas la cantidad de población vacunada con las doble dosis completada. Ojalá poder descansar ya en esa época.

¿Qué cree que aprenderemos de una experiencia como esta?

Creo que nada. Solo hemos visto a la gente decir que somos libre, que queremos irnos a la terraza y tomarnos una cerveza. Se ha perdido el respeto a la autoridad sanitaria. Antiguamente una recomendación se seguía. Ahora se critica, le dan mil vueltas y no valen para nada. Hemos visto cómo la gente cuestiona a diario a Fernando Simón. Cuando lo puso el PP, era el mejor en España. Ahora dicen que es un tío que no vale para nada. La televisión ha sido un problema, sacando todos los días a gente opinando de lo que no sabe. El otro día escuché a un juez decir que un epidemiólogo era un médico que ha hecho un cursillo. Como si él no fuera un abogado que ha hecho su especialización. «Cursillos» hemos hecho todos.

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