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Naranjas de primera calidad regaladas ante el desplome de precios

Está «desbordada» ante la avalancha de solicitudes

Sarah y su madre, Esther, en la finca de cultivo ecológico ubicada en Benifaió. | ECONAVELINA

Las señales de alarma respecto a la falta de rentabilidad de la citricultura se acumulan desde hace años sin que nadie desvíe un camino que solo lleva a la desolación, al abandono de las parcelas agrícolas y a la ulterior transformación del paisaje agrícola valenciano, cada vez más repleto de campos baldíos. Ya no se salva ni la producción ecológica certificada, que hasta ahora gozaba de cierta consideración al tratarse de un producto muy apreciado por los consumidores de mayor poder adquisitivo. Una de las plantaciones cultivadas sin productos químicos en Benifaió está dispuesta a regalar hoy toda la producción de navelinas ante la negativa del comercio que había apalabrado su compra a recolectarla al hundirse los precios.

Sarah forma parte de una familia de larga tradición agrícola. Al fallecer su padre, Abel, hizo piña con su madre, Esther, para mantener la producción de navelinas ecológicas. Tienen a gala cuidar la finca con mimo. Los naranjas se riegan con agua de un pozo propio y con el máximo respeto por el medio ambiente. Su cultivo ecológico está certificado y aprovechan las ventajas que ofrece el comercio digital para vender parte de la producción a través de la web Econavelina. Esta vía de negocio les permite evitar a los intermediarios, en cuyos pliegues se quedan adheridas gran parte de las ganancias que genera la agricultura.

El «momento óptimo»

El objetivo de la familia era aprovechar los conocimientos adquiridos durante generaciones y las enseñanzas acumuladas en las aulas hasta convertirse en técnicos agrícolas. Sarah presume de realizar «un seguimiento pormenorizado de todos los procesos de cultivo, y muy particularmente de la maduración, analizando diariamente la relación entre el azúcar y la acidez que se concentra en la fruta, con el fin de recolectar las naranjas en su momento óptimo de madurez».

En la web tratan de encontrar clientes que valoren disfrutar de naranjas maduradas en el árbol, recién recolectadas y con el valor añadido de ser de cultivo ecológico certificado. Y para ello piden «un precio justo», porque sin esa rentabilidad «no se pueden cultivar naranjas sin plaguicidas, de calidad y ser respetuosos con la naturaleza». Si no se obtiene ese retorno económico, la familia de Benifaó piensa que el agricultor «se ve forzado a hacer un cultivo industrial que no le beneficia a él, ni al consumidor ni a la naturaleza».

Con la producción de navelinas de este año, sin embargo, madre e hija han tropezado con la piedra de siempre. Confiaron en su comprador de confianza. «En septiembre nos dijo que esta temporada contásemos con él, pero ahora, en enero, nos ha dicho que no va a comprarnos nada», confiesa Sarah en un vídeo que ha revolucionado las redes sociales. La noticia les pilló por sorpresa y dio al traste con todos sus planes. «El problema es que que la naranja está en los árboles. Todo el esfuerzo que hemos puesto, no solo esta temporada, sino desde que decidimos que nuestro campo sería ecológico, se ve ahora en peligro porque nuestra naranja puede terminar en el suelo», lamenta la joven agricultora.

Para evitar que el esfuerzo de un año sea inservible, las dos productoras han ofrecido todas sus naranjas «a aquellos que quieran acudir a por ellas». El llamamiento ha tenido una respuesta abrumadora. Madre e hija se veían ayer incapaces de responder todas las llamadas telefónicas que recibían. Estaban «desbordadas» y al mediodía dejaron de responder nuevas solicitudes. Ocuparon buena parte de su agenda de la semana que viene y se dieron un respiro. Fue una avalancha no solo de personas interesadas en las navelinas sino también de periodistas y de ciudadanos que pretendían solidarizarse con ellas. Algunos colectivos de l’Horta están dispuestos a trasladarse a Benifaió para recoger las naranjas aunque a cambio de abonar un «precio justo» por ellas.

Tratos imposibles

La decepción sufrida por esa familia no es excepcional. Se ha convertido en norma ante el desplome de precios sufrido por la variedad de naranjas más extendida en la comarca de La Ribera. La presión que ejerce la llegada de la producción citrícola sudafricana al mercado europeo ha desmoronado la cotización. Muchos productores han recibido ofertas de compra de navelina que resultan insultantes. El agricultor ha llegado a cobrarla en las últimas semanas a entre cinco y diez céntimos de euro por kilo y solo en casos muy especiales se ha rebasado esa cantidad pese a que el consumidor paga por ella en los supermercados europeos entre uno y 3,50 euros el kilo.

Las ventas en el campo se han paralizado casi por completo. Los grandes comercios solo están interesados en recolectar la producción de grandes superfices agrícolas. Solo así le ven cierta rentabilidad a las operaciones de compra-venta. En ese escenario, el pequeño agricultor está perdido. Producir cada kilogramo de naranjas le cuesta al labrador valenciano entre 25 y 30 céntimos. Las cuentas no salen. Y muchos agricultores optan por talar los árboles y abandonar sus parcelas.

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