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"Con diez hanegadas antes vivías como un rico; hoy el que más tiene, más pierde"

Maximiliano Gómez aún se dedica a la agricultura a sus 85 años en Manuel, el pueblo con los propietarios de tierras más envejecidos de la Ribera

Maximiliano Gómez, junto a una parcela de naranjos de su propiedad en Manuel. | PERALES IBORRA

La situación de la agricultura ha cambiado de forma radical en la Ribera durante las últimas décadas. Fuente de riqueza durante mucho tiempo, ahora solo es un negocio de gran rentabilidad para unos pocos. A pesar de que es una actividad económica esencial, pues de ella depende la alimentación de la población. La falta de rentabilidad es preocupante. Y frustrante para quienes se dedican a ello. «Antiguamente, se ganaba una barbaridad de dinero. Una persona que tuviera diez hanegadas vivía como un rico y ahora, te cuesta del bolsillo. Hoy en día no se puede vivir del campo, cuanto más tierra tiene una persona, más dinero pierde», lamenta Maximiliano Gómez, agricultor de Manuel de 85 años.

Su edad no sorprende. Como ya avanzó Levante-EMV, Manuel es el pueblo de la comarca donde la edad media de los productores agrícolas es mayor (70,56 años). Su vida ha estado vinculada a los cultivos desde que era un niño de nueve años. «Mi padre estaba de encargado en un almacén y yo a esa edad no quería ir a la escuela y me puso a trabajar en su compañía para tenerme controlado», recuerda Gómez, para añadir a continuación: «Estábamos cinco o seis meses y luego nos dedicábamos a cultivar. Todo eran arrozales y plantábamos melones, tomates y otros productos para consumo y realizar pequeñas ventas o intercambios. Con eso nos defendíamos hasta que venía la época de la naranja otra vez».

Aquel era un buen momento para dedicarse a la agricultura. Su razonamiento no anda muy lejos de la realidad. Son muchas las familias que lograron amplias fortunas gracias al cultivo de la naranja. Y las que no se enriquecían, también eran capaces de obtener rentabilidad del campo. Algo que hoy en día es cada vez más complicado. «Tengo un amigo que se dedica a la compra. Este último año le vendí las naranjas, unas 10.000 arrobas, a un conocido. Pese a pagármelas más bien que de normal, me han costado 3.000 euros del bolsillo», expone el veterano agricultor, que percibe una pensión mensual de 600 euros. Una cantidad irrisoria en plena vorágine inflacionista. «Todo ha duplicado el precio, abonos, electricidad… Pero la naranja siempre va a la baja, últimamente son pocas las campañas buenas», lamenta.Y de aumentar su valor, solo lo hace en el comercio, pues no se incrementa el pago al agricultor en la misma proporción.

Esfuerzo sin recompensa

Tampoco sorprende que, en un contexto como el narrado, el cultivo de tierras genere poco o nulo interés. «Mi hijo, de 51 años, está harto. Él trabaja en un almacén y lleva también su propia producción, le dedica el tiempo libre porque entre semana no puede, y tras tanto esfuerzo no obtiene una recompensa», expone Gómez, que pronostica un escenario muy complicado para su pequeño pueblo, aunque es uno extendible a otras localidades: «El futuro está muy negro. Tenemos también un grave problema con las importaciones desde grandes fincas, donde el gasto se reduce y con las que no podemos competir. O cambian mucho las cosas, o los jóvenes dejarán perder nuestras tierras. Y para un pueblo como el nuestro, de agricultores, será una lástima. Antes aún teníamos muchas empresas e industrias, pero se perdieron con el paso de los años».

El desinterés entre los jóvenes preocupa en el sector del campo. El razonamiento que realiza Maximiliano Gómez , seguramente, lo compartirá más de una persona: «Los agricultores somos una especie en extinción». Una frase contundente y amarga que esconde una gran desilusión por ver cómo la tarea a la que ha dedicado su vida pierde la pujanza que tuvo antaño. «En Manuel somos casi todos personas mayores, jóvenes hay muy pocos y si tienen alternativa la prefieren. Por lo normal mantienen las tierras, pero en el momento en el que les cuesta del bolsillo se lo piensan dos veces», expone el agricultor.

La estadística en la localidad es demoledora. El censo del Instituto Nacional de Estadística sobre explotaciones agrícolas atribuía a Manuel algo más de 150 propietarios de tierras en el año 2020. De estos, Más de un centenar sobrepasaban los 65 años. Unos 45 se encontraban en la franja de entre 45 y 64 años. Escasean las personas jóvenes que se quieran dedicar a los cultivos. Y el desinterés es contagioso, pues también afecta ya a los más veteranos, que se hartan de un trabajo cuya rentabilidad ha descendido o, directamente, desaparecido en los últimos años.

«Yo tengo un campo de 13 hanegadas, otro de 5 y algunas parcelas más pequeñas. A mi alrededor veo terrenos abandonados y es una lástima. Me he llegado a ofrecer para cuidarlos, sin cobrar nada, solo el coste de los productos, pero la gente prefiere que se lancen a perder», concluye.

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