El cultivo del caqui pierde 4.500 hectáreas en un lustro de retroceso
La Asociación Española del Kaki prevé la continuidad de la tendencia por tres factores: el minifundismo, la proliferación de plagas y la falta de relevo generacional
«Hay futuro, pero no es tan brillante»

Un grupo de "collidors" recolecta caquis en un campo de Carlet en una imagen de archivo. / Perales Iborra

La superficie de cultivo dedicada al caqui encadena un lustro de retroceso, según los datos recabados por la Asociación Española del Kaki. De alcanzar unas 18.500 hectáreas en todo el país (la inmensa mayoría en la Ribera, principal productor y exportador de esta fruta) se ha pasado a unas 14.000. Y la tendencia se podría prolongar en el tiempo.
Al menos, la asociación no ve motivos sustanciales para que se produzca un nuevo repunte. Al igual que sucede con los cítricos u otros cultivos, el sector agrícola se encuentra sumergido, desde hace años, en una situación de crisis. «El minifundismo, las plagas y la falta de relevo generacional son, a grandes rasgos, los responsables de estas cifras», expone su presidente, Pascual Prats.
Devaluación de la tierra
Sobre la última de las causas mencionadas, Prats reflexiona: «Si el producto que se cultiva vale menos, la tierra también porque su valor cae al no ofrecer rendimiento, para los hijos de los agricultores, heredar un terreno agrícola representa un problema». Asimismo, subraya que, «no hace tanto, se pagaba el doble por una hanegada» de suelo en plena producción. Además de la falta de relevo generacional, el presidente de la Asociación Española del Kaki señala que el sector cuenta cada vez con menos profesionales y que existen serias dificultades para contratar conductores de camiones o tractoristas.
Otro de los motivos que explica el retroceso que ha experimentado el cultivo durante los últimos años tiene que ver la proliferación de plagas «cada vez más diferentes y complejas de tratar». El ‘cotonet’ o los ‘trips’ son algunos de los enemigos de un fruto que, durante sus primeros años, se libró de uno de los grandes males de la agricultura y que, en épocas más recientes, ha sumado no pocas campañas de mermas de producción debido a este problema. Aunque no es tanto su presencia lo que fastidia a los productores, que también. El quid de la cuestión tiene que ver, más concretamente, con la ausencia de herramientas efectivas para combatirlas. «No hay en el mercado materias activas que sean verdaderamente eficaces porque ya no nos dejan utilizar aquellas que han demostrado serlo», argumenta. Esta es una de las reivindicaciones más repetidas entre productores y organizaciones agrarias.
Dificultades
Todas las causas van de la mano y convergen en «un momento complicado para la agricultura valenciana, en general». Mientras que, durante años, se convirtió en una imagen habitual ver cómo los agricultores cambiaban naranjos por caquis, la situación ha cambiado. «No le pasa nada que no le haya pasado ya al cítrico, de hecho, hay quien vuelve otra vez a ellos, pero lo normal es que se abandonen porque cada vez es más difícil obtener rentabilidad del campo», asegura Prats.
Un panorama que nada tiene que ver con los orígenes de la variedad Rojo Brillante del caqui, que se expandió con rapidez por la comarca y que ahora pierde, progresivamente, terreno. «Nada nos hace pensar que la tendencia vaya a cambiar, es lógico creer que seguiremos bajando porque cada vez lo tenemos más difícil», señala Prats, que agrega a continuación: «Eso no quiere decir que vaya a desaparecer por completo, hay futuro, pero no es tan brillante como nos parecía hace unos años».
Llamamiento a la protección
El principal argumento que tiene el sector del caqui para afrontar con esperanza el porvenir es que, a pesar de las cifras de abandono de tierras, es el principal exportador a nivel internacional de una fruta que se ha ganado un hueco en numerosos hogares con la llegada del otoño. «Somos líderes y eso es algo que nos debe dar fuerzas. Además, debido a que el caqui solo se puede cultivar en unas condiciones concretas de clima y tierra, no tenemos que competir con países en los que el sueldo diario de un trabajador del campo es de cinco o siete euros. Si nos pasara algo así, sería la destrucción total. Pero, para tener un futuro mejor, debemos proteger lo que tenemos», concluye.
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