Destríos de hasta el 30 % de los caquis indignan a los agricultores: «Es un crimen»
Los productores cuestionan la falta de un criterio unificado a la hora de descartar fruta que consideran apta para su comercialización al suponer «un desperdicio alimentario» que hace que el cultivo «no sea viable»

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Agustí Perales Iborra

Dice el refrán aquello de que a perro flaco son todo pulgas y, desde hace unos años, los agricultores de la Ribera saben perfectamente cómo se debe sentir el animal al que hace referencia el dicho. Porque cuando no son las plagas o las inclemencias climáticas, llega un destrío que los productores de caqui consideran injusto. Entre el 25 y el 30 % de la cosecha acaba en el suelo «por cuestiones meramente estéticas», con las múltiples repercusiones que conlleva. La indignación no para de crecer.
El vicepresidente segundo de AVA, Bernardo Ferrer, es uno de los muchos agricultores que han visto cómo parte de la cosecha pasaba del árbol a la tierra en el momento en el que se recolectaba la fruta. «Que tenga alguna marca en la piel es la cosa más natural del mundo, pero se comete el error de ofrecer un producto que ni siquiera existe. Para encontrar un caqui grande, redondo y rojo como una bola de billar hay que tirar cinco a tierra y eso tiene un nombre: desperdicio alimentario», expone el alzireño a Levante-EMV.
Una huella natural
Él y otros agricultores de la ciudad han vivido, en los últimos días, situaciones similares. «Esto es un crimen», «una vergüenza» o «una ruina total», son algunas de las frases más repetidas entre los agricultores de la comarca que observan, apesadumbrados y frustrados, kilos y kilos de caquis aptos para el consumo lanzándose a perder en el suelo. El esfuerzo realizado, tanto a nivel de horas de trabajo como de la inversión económica realizada en el riego o el abono de las parcelas no tendrá recompensa. Una vez más. «Si se tratase de un producto que ha sido afectado por una plaga, como el ‘cotonet’, es comprensible que no se pueda comercializar. Pero que la piel tenga alguna que otra marca es algo difícil de evitar», asegura Ferrer.

El alzireño Bernardo Ferrer muestra algunos de los caquis descartados durante la recolección. / PERALES IBORRA
De igual modo, no duda a la hora de señalar dos vías parar evitar que esta situación se repita en las próximas campañas. Por un lado, reivindica la necesidad de crear una interprofesional, en la que los agricultores participen, que establezca una serie de normas y criterios para la recolección que determinen cuestiones como el aspecto o el calibre. «Reclamamos, desde hace una década, que tengamos un contrato homologado que nazca del sector, como sí existe con los cítricos, que establezca unos estándares de calidad. ¿Qué intereses hay en que no exista?», indica, para añadir a continuación: «No es normal que esto se decida por capricho del comercio y la distribución, ya que provoca que tiremos alimentos aprovechables. En la actualidad, esto es una anarquía».
Igualmente, el vicepresidente de AVA cree que todavía queda mucho trabajo por hacer en los centros de investigación para «sacar subproductos que permitan intentar sacar un rendimiento de ese destrío». «No tenemos una industria que absorba los caquis que el comercio rechaza, si la tuviésemos, buena parte del problema quedaría solventado», apostilla.
Retroceso
Por último, Ferrer pone el foco en la situación de regresión que atraviesa el cultivo del caqui, alejado de las proyecciones que llegaban a hablar de producciones de 400 millones de kilos. Este mismo periódico se hacía eco, hace escasas fechas, de la pérdida continuada de superficie dedicada al caqui durante el último lustro, con más de cuatro mil hectáreas menos en el conjunto estatal. Una parte importante de esta reducción se ha producido en la Ribera, comarca que cultiva la gran mayoría del caqui que se comercializa en el mundo. Un liderazgo que no garantiza un futuro de abundancia para buena parte de los agricultores.

Kilos de caquis, en el suelo, descartados a la hora de ser recolectados. / PERALES IBORRA
«La realidad es, de hecho, la contraria de lo que nos imaginamos en su momento, pues el caqui va a menos. Pero es normal que esto ocurra. Si un parcela produce, por ejemplo, tres mil kilos, pero se tiene que sacrificar el 30%, o se vende muy caro, o el cultivo no es viable. Los costes de producción crecen, pero la rentabilidad cae o es nula. En consecuencia, se abandonan cada vez más campos. Y, aún así, tiramos la fruta al suelo. Este camino que llevamos no es bueno», concluye Ferrer.
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