Sintecho en Alzira: "Con casi 57 años, una invalidez y sin ingresos, intento sobrevivir en la calle como puedo"
Cruz Roja asiste a una docena de personas que pernoctan en la calle, a las que ofrece alimento, mantas y apoyo emocional
Su sede ofrece, dos días a la semana, un servicio de ducha y lavandería a los 'sintecho' de la ciudad
«Nos marcamos el objetivo de que estas personas acaben con un empleo y un hogar, pero no siempre es posible»

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Rubén Sebastián

«Traemos leche caliente y galletas». Con ese ofrecimiento, los voluntarios y trabajadores de Cruz Roja en Alzira se acercan a las personas sin hogar que pernoctan a la intemperie en pleno invierno. Cada lunes y jueves, un grupo de miembros de la ONG sale a la calle con un furgón cargado de alimento, mantas y sacos de dormir que reparten entre quienes atraviesan un momento de serias dificultades y carecen de recursos o han decidido vivir al margen del sistema.
El colectivo, en colaboración con el Ayuntamiento de Alzira y otras entidades sociales, asiste de forma recurrente a una docena de personas, «aunque hay más gente sin hogar en la ciudad», explica Rebeca Vilar, trabajadora de Cruz Roja. «Conocer con exactitud cuántas personas puede haber es difícil, porque algunos van y vienen», añade. Su labor no es sencilla, pues el rechazo a ser ayudado es el primer obstáculo que deben superar. Traspasada esa barrera, ofrecen mucho más que comida o ropa. Hay también comprensión y apoyo emocional que, en ocasiones, resulta de vital importancia, una vez las necesidades básicas se han cubierto. «Nos marcamos el objetivo de que estas personas acaben con un empleo y un hogar, pero no siempre es posible. Mientras, les ofrecemos toda la ayuda de la que disponemos», señala Vilar.

Un equipo de Cruz Roja asiste a una de las personas sin hogar que pernocta en Alzira. / Perales Iborra
La calle no es más que un microcosmos en el que aparecen todo tipo de perfiles. Hay personas jóvenes y mayores. Algunos quieren mejorar su situación. Otros se sienten cómodos tal y como están, lejos de las rutinas y obligaciones que comparte la mayoría de la población. Los hay que han llegado a Alzira por casualidad o buscando un empleo. Tampoco faltan vecinos de la misma ciudad.
En un solar
David (nombre ficticio usado para preservar su anonimato) dice llevar más de tres años a la búsqueda de empleo. «En marzo cumplo 57 años y tengo una invalidez del 44%. Cada día, cuando me levanto, me pregunto qué haré hoy. No tengo ningún ingreso, solo intento sobrevivir como puedo», asegura. El dolor de espalda siempre le acompaña, como la muleta con la que evita cargar peso sobre su maltrecha rodilla, que necesita una operación.
Recibe al grupo de voluntarias en un solar a las afueras de la ciudad que se quedó a medio edificar hace años. La zona prevista como aparcamiento subterráneo, y que podría ofrecerle un mayor cobijo durante el invierno, tiene agua estancada tras las últimas lluvias, por lo que una lona se ha convertido en una improvisada tienda de campaña y el único refugio ante el frío invernal. Esta se encuentra rodeada de algunos de los objetos que recoge de la calle para poder obtener algo de dinero. En alguna ocasión, puede surgir algún trabajo esporádico, pero nada que le aporte estabilidad. Con él conviven algunos perros y gatos. «Son mi familia», afirma. Las voluntarias volverán. Siempre lo hacen. Y él lo sabe, lo que le reconforta, en cierta medida.

Reparto de leche caliente, galletas y mantas. / Perales Iborra
Documentos caducados
La ruta sigue, aunque el dispositivo de Cruz Roja no siempre encuentra a las personas en los lugares donde suelen pernoctar. Algunos solicitan limosna o alimentos en zonas concurridas. Otros tratan de obtener recursos conforme pueden. Sí que localiza a un grupo de tres, dos extranjeros y un alzireño, que comparte espacio. Bajo mantas, reciben de forma dispar el ofrecimiento. Uno de ellos acepta la leche y las galletas de buen grado. El segundo se muestra reticente, aunque también cede. El tercero, en cambio, apenas saca la cabeza de las mantas y solo la insistencia de una de las voluntarias le lleva a guardarse el alimento para más tarde. Este último dice poseer dinero en una cuenta bancaria a la que no puede acceder al tener el DNI caducado. Frente a la desidia, insisten en ofrecer su ayuda a los tres para poner al día su documentación.
La última parada sirve para avituallar a un hombre de avanzada edad al que han amputado, recientemente, una pierna. Guarda en un compartimento de su silla de ruedas el alimento que le entregan las voluntarias y charla con ellas. Aunque había sido ingresado en una residencia, se escapó. Dice sentirse «secuestrado» en un lugar de esa naturaleza. «En la calle sí soy libre», zanja cualquier intento por convencerlo de que regrese.
Mientras, en la sede de Cruz Roja, también los lunes y los jueves, una ducha, una lavadora, ropa limpia, comida y otros enseres básicos esperan a quienes lo solicitan. La iniciativa funciona mejor de lo que se esperaba en un primer momento. Se accede por la puerta trasera, que se encuentra en una calle tranquila, poco transitada. Las personas sin hogar encuentran la privacidad que, en ocasiones, requiere dar el paso de dejarse ayudar. Uno que, quizás, sea el primero hacia una nueva vida.
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