Opinión
Por un 'puñao' de parné

Mar Chordá. / Levante-EMV
Mar Chordá Rodríguez
Es curioso cómo funcionan algunas reglas en el Ayuntamiento de Alzira. Curioso, por no decir revelador. Porque cuando una concejala vota en contra de una moción del equipo de gobierno y esa concejala soy yo, la respuesta es inmediata: retirada de delegaciones. Sin matices. Sin reflexión. Sin ese diálogo que tanto se predica y tan poco se practica.
Conviene aclararlo desde el principio: voté en conciencia, y además voté lo que había decidido la mayoría de mi partido. No fue un gesto caprichoso, ni una salida de tono, ni una excentricidad personal. Fue una decisión política colectiva, tomada democráticamente, y defendida con argumentos. Lo que se supone que hacemos los representantes públicos.
Hasta aquí, uno podría pensar que es una cuestión de disciplina institucional. Dura, sí, pero coherente. El problema viene cuando descubres que esa disciplina solo se aplica a algunos. Porque cuando concejales del PSOE y Gema Alós votan también contra una moción del propio gobierno, el castigo desaparece. Ninguna retirada de competencias. Ninguna llamada de atención. Ningún escándalo. Debe de ser que no todos votamos igual, aunque votemos lo mismo.
Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿el problema fue el voto o quién lo emitió? Porque si el criterio cambia según el nombre, ya no hablamos de normas, sino de represalias. Y eso, en política democrática, tiene otro nombre que no suele gustar escuchar.
Pero si este doble rasero ya resulta incómodo, lo verdaderamente preocupante es lo que ocurre cuando el foco se pone en Enrique Montalvá. Un concejal rodeado de conflictos laborales, con personas de su entorno profesional que han acabado de baja, incluida una secretaria de grupo en su momento.
A esto se suma un episodio bochornoso en el último pleno, donde intentó intimidar —cuando no algo más— a Juan Pedro, asesor de alcaldía, cuestionando quién era él para opinar y elevando el tono de forma claramente impropia de un cargo público.
Todo por hablar “mal” de un teniente de alcalde. Como si opinar fuera una provocación y no un derecho.
A Montalvá se le ve el plumero. Sus formas agresivas, su manera de imponerse, ese aire autoritario que algunos confunden con carácter, pero que otros reconocemos como lo que es: una forma de ejercer el poder desde la intimidación. Y lo más grave no es solo que ocurra, sino que se tolere.
Porque mientras a mí se me retiran delegaciones por votar distinto —y hacerlo además conforme a la decisión mayoritaria de mi propio partido—, a otros se les sostiene pese a los conflictos, las bajas laborales y los episodios públicos. Y aquí ya no hablamos de gestión, sino de intereses políticos. De números. De sillones. De equilibrios internos que parecen pesar más que la coherencia, la ética y el respeto.
El alcalde, Alfons Domínguez, tiene que decidir qué quiere ser. Si el garante de unas normas iguales para todos o el gestor de castigos selectivos. Porque lo que no se puede hacer es predicar valores progresistas, feminismo y tolerancia cero, y luego mirar hacia otro lado cuando el problema está en casa.
Yo voté en conciencia. Y voté con mi partido.
Lo que no acepto —ni aceptaré— es que en Alzira se castigue al débil y se proteja al fuerte. Porque eso no es gobernar.
Eso es aguantar el sillón.
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