El regreso del delantero alzireño Pau Palacín emociona en el Cacereño
Su marcha dolió, su regreso ilusiona; hizo nueve goles, firmó un ascenso y se fue. Un año después, vuelve a un lugar que le convirtió en ídolo

Palacín se dispone a golpear el balón durante un partido del Cacereño de la temporada pasada. / Carlos Gil
Hay futbolistas que fichan. Y hay futbolistas que reaparecen. En el Cacereño, el futbolista de Alzira Pau Palacín no vuelve solo para ocupar una ficha: vuelve para ocupar un hueco emocional. El de esos delanteros que, en pocos meses, logran que el estadio pronuncie su nombre con una familiaridad rara, como si fuera de casa. Por eso, cuando el Marbella anunció su desvinculación y el regreso se hizo oficial, el Príncipe Felipe no lo sintió como un alta más de invierno, sino como un golpe de efecto en toda regla: el retorno de uno de los héroes del ascenso.
Palacín regresa con 25 años y una historia reciente que en Cáceres se cuenta sola: llegó hace justo un año para sustituir a Chris y acabó dejando una huella de nueve goles, tres decisivos en el ‘playoff’, con la guinda en el 5-2 al Estepona que certificó el salto de categoría. No regresa, en realidad, a un club. Regresa a esa versión suya que aquí fue invencible: el ‘9’ que aparecía cuando el partido se volvía denso y los nervios empezaban a pesar como una losa.
El fichaje que nació de una frase
Todo empezó con una necesidad y una frase que sonaba a urgencia y a criterio. Tras la derrota ante el Melilla (0-2) y con la marcha de Chris ya consumada rumbo al Águilas, Julio Cobos puso el foco donde lo ponen siempre los entrenadores cuando el gol se va de casa: «Lo que hay que hacer es acertar con el sustituto».
Aquella misma jornada límite de mercado, el Cacereño anunció al nuevo ‘9’: Pau Palacín, entonces 24 años, procedente del Linares (17 partidos y dos goles en esa temporada) y con un perfil que no abundaba: capacidad rematadora de cabeza, fortaleza física y un tamaño (ya se decía entonces que «ronda el 1,90») hecho para vivir por y para el área.
Llegaba con recorrido: canterano de Hércules y Valencia, una breve aventura en Estados Unidos (Universidad de North Carolina State), pasos por el Silla (Tercera) y por el Alzira, su localidad natal, donde en la 23-24 había firmado siete tantos. En febrero de 2025, el club cerraba la plantilla con varios refuerzos de invierno, pero el suyo tenía etiqueta especial: el ‘extra’ provocado por una salida precipitada.
Llegar y empezar a pertenecer
Llegar a un equipo que funciona es como entrar en una casa con los muebles ya colocados: o encajas rápido o estorbas. Palacín lo entendió desde el primer minuto. Cuando debutó, lo hizo con una confesión que explica lo vertiginoso de aquel aterrizaje: al saltar ante el Guadalajara en la segunda parte, «aún me costaban los nombres de algunos compañeros». Pero las sensaciones fueron buenas, y él mismo calificó aquella derrota de principios de febrero de 2025 de «injusta».
Desde el club, Francis Bordallo resumió entonces lo que significó encontrarlo: «Haber encontrado a Pau ha sido una gran suerte». Y explicó por qué: no era fácil dar con un delantero de su perfil, «diferente a Salinas» (el otro punta del equipo en ese momento); «a pesar de ser grandote», era un futbolista «con zancada, que desmarca y busca bien los espacios. Y dentro del área es un rematador». Ese retrato es importante porque desmonta el cliché del ‘9’ alto que vive solo del choque. Palacín, en aquel Cacereño, fue una referencia que también corría: arrancaba, atacaba espacios, estiraba.
Cobos, por su parte, le pidió «mucho trabajo», aprender movimientos e integrarse «lo antes posible». Palacín respondió como suelen hacerlo los delanteros que acaban marcando diferencias: primero entendiendo el juego sin balón y, después, encontrando el sitio donde el balón duele.
El goleador tranquilo
Cuatro meses después, el balance ya no era una promesa: era un hecho. En mayo, en plena previa de playoff, Palacín hablaba con esa serenidad que se le ha quedado como etiqueta: calma sin frialdad, ambición sin ruido. «Estoy contento con cómo se ha dado, pero esto no ha acabado», dijo, mirando al objetivo como quien mira un trabajo a medio hacer.
En esa entrevista en este diario dejó una frase que, leída hoy, parece escrita para explicar su regreso: «En casa o fuera, para subir tenemos que estar concentrados los 90 minutos». Es una idea simple, pero revela mentalidad: el ascenso no se compra con un buen día; se construye con 90 minutos repetidos muchas veces. Y la permanencia, el objetivo por el que peleará ahora, igual.
También se retrató a sí mismo sin disfrazarse: «Ni en noviembre era tan malo como decían ni ahora tan bueno. Sigo siendo Pau Palacín». No hay mejor descripción para un delantero que termina siendo decisivo: el que no se cree los picos y no se hunde en los valles.
Y cuando el Cacereño necesitó un gol que cambiara una eliminatoria, apareció. En la remontada ante el Real Ávila, su gol acrobático abrió la puerta del partido y del sueño. Él lo bajó a tierra: «La verdad es que ha sido un golazo, pero como si hubiera sido solo empujándola, me da igual, lo importante es que entrara». Tranquilo incluso en el ruido.
En esa misma noche, resumió el playoff como una campaña larga: «Primero perdimos una batalla, ahora hemos ganado otra y seguimos en la guerra». Y siguió. Porque después llegó Estepona y llegó el ascenso, con Palacín firmando el gol que puso la guinda al histórico 5-2.
9 goles y un adiós que dolió
En Cáceres, su primer paso fue breve, pero dejó cifras de delantero grande: 9 goles. Fue la demostración de que el club había acertado. No extraña que el Cacereño quisiera renovarlo y lo tuviera en la lista de prioritarios. No hubo acuerdo y se fue.
Su marcha al Marbella se vivió con disgusto en la grada: el héroe de la primavera se iba cuando el equipo estrenaba categoría. Y, sin embargo, el vínculo no se rompió. Palacín siempre habló bien del club, y dejó una declaración que hoy funciona como puente perfecto entre etapas: «Personalmente estoy contento. Más que por los números, por las sensaciones…, por lo que el equipo me ha aportado… Yo siempre intento marcar… por ayudar al equipo».
Esa frase es el Palacín que vuelve: el que se siente cómodo en un sitio donde el gol no es un escaparate sino un servicio.
Viaje de ida y vuelta
La vida del delantero es así: a veces te aplauden por empujar una pelota y a veces no entra ninguna. En el Marbella, Palacín no encontró continuidad en el acierto. No había marcado en liga pese a ser habitual titular, y además sufrió una fractura en el cúbito del brazo derecho que lo apartó semanas de la dinámica.
Y ahí nace el relato del retorno: el Cacereño sondea en enero, guarda silencio (sepulcral por ambas partes), busca encajar una operación complicada por la ficha y, cuando el jugador se desvincula del Marbella, el escenario se despeja y el regreso se hace oficial.
En medio, una certeza: en Cáceres ya supo ser determinante incluso después de llegar sin goles recientes. El curso anterior tampoco llegaba con grandes números… y eso no le impidió revolucionar al equipo. Por eso su vuelta se interpreta como algo más que nostalgia: como una apuesta con antecedentes.
El Cacereño busca más pegada. En la primera mitad de temporada ha echado en falta producción goleadora de sus delanteros, y el cuerpo técnico ve en Palacín un perfil ya probado: referencia en el área, poderío aéreo y capacidad para aparecer en momentos calientes.
Su llegada, además, cambia el mapa de la posición: serán cuatro ‘9’ en la plantilla (Diego Gómez (un gol), César Gómez (dos), Kensly Vázquez y Palacín). El regreso no es romántico, es competitivo. Vuelve el delantero que ya fue solución cuando la urgencia apretaba.
Y hay un factor que el fútbol no mide con estadísticas, pero gana partidos: la conexión. En pocos meses fue uno de los futbolistas más queridos del vestuario del ascenso y la afición terminó idolatrándole. El Cacereño no solo recupera un ‘9’: recupera un símbolo reciente de que, cuando la grada empuja y el equipo cree, pasan cosas.
La ilusión como mensaje
Palacín vuelve a Cáceres con una mochila que pesa lo justo: la certeza de que aquí fue feliz y decisivo, y el reto de demostrar que una segunda etapa no vive de la primera. Pero su retorno tiene sentido precisamente por lo que ya enseñó: que el gol, a veces, es cuestión de estar; y que la esperanza, casi siempre, es cuestión de volver.
Hace un año, Cobos pedía «acertar con el sustituto» de Chris. Hoy, el Cacereño no sustituye a nadie: se reencuentra con un delantero que ya convirtió una necesidad en una primavera inolvidable. Y con eso basta para que el Príncipe Felipe entienda el mensaje: el objetivo sigue ahí, esperando a que alguien, otra vez, lo empuje hacia dentro.
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