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SOS en Alzira al no poder atender en casa a su hijo con discapacidad por su agresividad: "¿Qué más tiene que pasar?"

La familia de Toni, un joven de 24 años con una enfermedad rara, exige una plaza en una residencia especializada para poder internarlo tras ser expulsado de dos centros

Toni, al centro, junto a sus padres.

Toni, al centro, junto a sus padres. / Levante-EMV

Saray Fajardo

Saray Fajardo

Alzira

"¿Qué más tiene que pasar? ¿Hasta que no nos mate no van a hacer nada? Desde que Toni se levanta, tenemos miedo porque no sabemos qué va a pasar o cómo va a reaccionar". Es el grito desesperado de Carmen Espinosa, una vecina de Alzira que busca una plaza en un centro especializado para internar a su hijo de 24 años, que sufre síndrome de Klinenfelter, una alteración genética que le provoca diversos problemas de salud y trastornos graves como agresividad, autismo o bipolaridad. De hecho, poco más de 24 horas después de que Carmen se pusiera en contacto con este diario, Toni tuvo un nuevo ataque de agresividad, que puso en peligro a sus padres, por lo que actualmente se encuentra hospitalizado bajo tratamiento.

En tan solo media hora de conversación, Carmen, que muestra algunas de las marcas en su cuerpo provocadas de manera inconsciente por su hijo, relata de manera desgarradora "el infierno" en el que vive desde hace veinte años. Los primeros dos años y medio de vida de Toni transcurrieron como los de cualquier hijo primerizo, pero todo cambió cuando esta vecina recibió una llamada de la escoleta, en la que le alertaban sobre el estado del pequeño. "Me llamaron porque estaba en una esquina sin hablar y no se movía. Lo llevamos al hospital y vimos que algo no iba bien. Lo ingresaron durante un tiempo y nos dijeron que no tenía cura", recuerda. A lo largo de la charla, la afectada recibe hasta una decena de llamadas del menor. "Tengo hambre", son las dos palabras que el joven pronuncia con dificultad, buscando llamar la atención de su madre. "¿Ves? No puedo salir de casa. Es así todo el día. Esto no es vida", expresa con pesar esta vecina, mientras subraya la importancia de que Toni mantenga la rutina que había seguido en los centros donde estuvo internado hasta agosto. Añade: "Allí seguía una dieta, pero aquí arrasa con toda la comida. Pesa más de cien kilos".

El joven ha estado durante los últimos años internado en centros especializados en Dénia y l'Alcúdia y ha sufrido varios ingresos psiquiátricos. En agosto, y tras un ataque de agresividad en el que rompió varios enseres del centro y agredió a una de las trabajadoras, fue expulsado. Además, la familia debe costear los daños ocasionados en ambos centros, que ascienden a cerca de 18.000 euros. "No puede salir de casa porque no sabemos cómo va a reaccionar", explica Carmen. Tanto ella como su marido sufren problemas de ansiedad derivados de esta situación, a los que se añaden los problemas físicos.

Ahora Carmen reclama de manera desesperada una plaza en un nuevo centro. Para ello, debe facilitar la custodia de su hijo al estado, un hecho que rechazó hace cinco años. "Es muy duro tener que tomar esa decisión. En aquel momento, la agresividad de Toni no era comparable a la de hora", recuerda, a la vez que reclama a las administraciones que aceleren el trámite para "darle una mejor vida". "La única opción que me ofrecen para acelerar todo es denunciarlo ante la Guardia Civil si me agrede, pero me niego a presenciar cómo lo esposan frente a mis ojos y pasa la noche en el calabozo", insiste. En una ocasión, la familia ya tuvo que llamar a la Policía Local, ya que, en sus palabras, "fueron dos horas en las que no pudimos controlarlo y no nos quedó otra". Carmen todavía recuerda aquel episodio angustiada.

Carmen Espinosa, junto a su hijo Toni.

Carmen Espinosa, junto a su hijo Toni. / Levante-EMV

La afectada exige celeridad a las administraciones. "Amo a mi hijo, pero necesitamos un recurso especializado y un acompañamiento real, ya que mantenerlo en casa en estas condiciones pone en riesgo la salud y la seguridad de todos", afirma. La situación ha comportado que ni ella ni su marido puedan trabajar, ya que deben hacerse cargo del menor. La familia entregó hace unos meses los papeles de la expulsión del centro a la fiscalía para que el fiscal pueda derivar el caso al juez y, así, llevar a cabo la citación con el forense que reconozca la discapacidad del joven y, así, obtener la plaza. Añade: "Sabemos que estas cosas van lentas, pero no podemos aguantar un día más esta situación".

Testimonio en el pleno

La desesperación de Carmen es tan grande que la afectada no dudó en acudir al pleno de Alzira del mes de enero para exponer públicamente su situación. Esta vecina recalcó que «la situación familiar es crítica y necesito ayuda institucional urgente». Durante su discurso, la vecina relató que la convivencia en el entorno familiar «se ha vuelto insostenible», ya que, en sus palabras, «hay días de agresividad, insultos, golpes, destrozos de mobiliario y situaciones en las que hemos tenido que llamar a la policía y a emergencias». «Ya no sé dónde acudir, no me escondo porque solo estoy pidiendo ayuda», añade.

Reconoce que tanto ella como su marido viven «con miedo, con ansiedad y depresión», por lo que «nuestra salud está deteriorándose poco a poco». Añadía: «Yo tengo fibromialgia y he llegado a estar al límite. Mi marido está pendiente de operaciones de rodillas. En estas condiciones no podemos atender a nuestro hijo las 24 horas del día ni garantizar la seguridad en casa. Hay días en los que te planteas si merece la pena seguir así».

La enfermedad de su hijo no solo tiene consecuencias físicas y mentales, sino también económicas. «Esto se ha convertido en un encierro», lamenta. «Ahora mismo estamos a la espera de informes y trámites judiciales para que pueda acceder a un recurso adecuado, pero el proceso se está demorando y llevamos muchos meses sin una solución», insiste.

Esta madre agradece la ayuda prestada desde Servicios Sociales, pero vuelve a insistir en la necesidad de acelerar los trámites para poder internarlo en un centro y, así, poder recuperar su vida. «Toni no es un mal niño, pero en casa se aburre porque necesita la rutina y las actividades que llevaba a cabo en el centro. Él es consciente de lo que hace, pero no lo puede controlar. No es la primera vez que nos pide perdón después de su agresividad», concluye con lágrimas en los ojos.

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