Opinión
Aquella organización política de cuyo nombre no quiero acordarme

Paco Martí. / Levante-EMV
Paco Martí Furió
Cuentan las viejas crónicas que, hace muchos siglos, unos sabios venidos del desierto fundaron una ciudad amurallada junto a un río, tan abrazada por el agua que parecía una isla. Allí crecieron huertos, naranjos, acequias... y, con el paso del tiempo, también florecieron las ambiciones.
En aquella ciudad existía o quizá aún exista una organización política. Hubo un tiempo en que gobernó en solitario, convencida de que el reino comenzaba y terminaba en sus murallas. Pero el poder, como el azúcar en un cubo de agua, terminó disolviéndose poco a poco, sin estruendo, dejando apenas un sabor dulce del pasado.
Pasaron los años y aparecieron nuevos custodios. O, mejor dicho, no tan nuevos. Eran los que jamás habían destacado por su liderazgo, aunque sí por su extraordinaria habilidad para gestionar cualquier derrota. Con el beneplácito de unas influyentes huestes llegadas de la capital del reino, acabaron ocupando el salón principal.
Aquellas mismas huestes, con refinadas artes cortesanas, lograron apartar del trono a una princesa que había reinado junto a un rey. No conformes con ello, también hicieron caer a quien estaba llamada a sucederla, una joven princesa que jamás llegó a ceñirse la corona. Todo ello, naturalmente, en nombre de la renovación, palabra mágica que en política suele significar exactamente lo contrario.
El tiempo, que tiene la mala costumbre de poner a cada cual frente a su propio espejo, siguió avanzando. Y los mismos ancianos estrategas, convencidos de que la historia nunca aprende, decidieron repetir exactamente la misma jugada. Ya se sabe que algunos confunden la experiencia con la obstinación y el pasado con un manual de instrucciones.
El pueblo, que observa en silencio mientras aparenta no mirar, sonríe con cierta sorna y comenta en las plazas: El karma siempre acaba llegando.
Puede que sea cierto. Aunque el karma, a diferencia de muchos dirigentes, no distingue entre vencedores y vencidos: tarde o temprano pasa lista a todos.
Quizá esos veteranos conspiradores, acompañados ahora de un nuevo príncipe cuidadosamente elegido por el dedo de la santa inquisición, crean que esta vez el desenlace será distinto. Tal vez ignoren que una organización política no suele derrumbarse por culpa de sus adversarios, sino por el empeño de quienes, proclamando salvarla, terminan convirtiéndose en sus mejores sepultureros.
Pero tranquilos. Todo esto no deja de ser una vieja fábula ambientada en una ciudad amurallada de origen árabe llamada Alyasira suquar. Cualquier parecido con personas, organizaciones, reinos, princesas, príncipes, ancianos estrategas o hechos reales es, por supuesto, una mera e inevitable coincidencia.
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