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Opinión

Más allá de septiembre

Una manifestante en una de las protestas protagonizas en la Ribera por los docentes durante la huelga del curso pasado.

Una manifestante en una de las protestas protagonizas en la Ribera por los docentes durante la huelga del curso pasado. / Levante-EMV

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Maida Castelló Cañadas

Docente por vocación. Escéptica por experiencia.

Septiembre devuelve a las aulas de la Ribera y del conjunto de la Comunitat Valenciana el bullicio del comienzo de un nuevo curso. Regresan las mochilas, los reencuentros y la ilusión de miles de alumnos, familias y docentes. También regresan los discursos institucionales y políticos que sitúan la educación entre las grandes prioridades del país.

Ojalá las decisiones que se adopten más allá de este mes estén a la altura de esa importancia proclamada. Porque, una vez desaparezcan los titulares, volverán las preguntas de siempre: ¿quién responde cuando los recursos no llegan? ¿Quién asume la responsabilidad cuando las soluciones se pierden entre competencias, informes y administraciones?

Este 2026-2027 arranca con reivindicaciones que el verano solo ha dejado en pausa. Las movilizaciones de la educación pública valenciana y las protestas del ciclo 0-3 volverán a recordar que muchos problemas siguen sin resolverse. No faltan diagnósticos ni anuncios. Lo que sigue faltando es que estos se traduzcan en decisiones mantenidas en el tiempo.

Detrás de estas demandas hay profesionales que sostienen el sistema con una vocación admirable, pero también con un sobreesfuerzo que hace tiempo dejó de ser excepcional para convertirse en rutina. Mientras tanto, los elogios conviven con carencias que continúan esperando respuesta.

Y, a medida que se acerquen las elecciones municipales y autonómicas del próximo mayo, volverán a ponerse sobre la mesa cambios y mejoras. Se multiplicarán las declaraciones de intenciones y las promesas. Lo importante será comprobar cuáles sobreviven cuando termine la campaña. Porque la verdadera voluntad política no debería medirse por lo que se pregona en septiembre ni por lo que se garantiza antes de unos comicios, sino por lo que permanece cuando se apagan los focos.

Cada palabra incumplida erosiona algo más que un programa electoral: desgasta la confianza de quienes esperan que la educación deje de ser un recurso retórico para convertirse, realmente, en una prioridad. Cuando esa confianza se pierde, no solo se resiente el sistema educativo; también se instala la sensación de que nada va a cambiar.

Una sociedad que se considera cabal, solidaria y progresista debería entender la educación como una imperiosa necesidad humana, no como una cuestión supeditada a los intereses del gobierno de turno o a la conveniencia mediática. La educación necesita estabilidad, planificación y financiación. Necesita acuerdos que sobrevivan a una legislatura y decisiones que no dependan del color de quien lidere.

Educar no ofrece resultados inmediatos, pero sigue siendo una de las inversiones más sólidas y rentables que una sociedad puede hacer pensando en las generaciones venideras.

Quizá algún día la mejora de nuestras aulas sea capaz de unirnos con el mismo entusiasmo con el que celebramos un gol en el minuto noventa.

Ese día habremos entendido que las verdaderas victorias no siempre se celebran en un estadio, sino también en esa escuela donde cada día se abren nuevas oportunidades y, en definitiva, en la sociedad que somos capaces de construir ahora para quienes tendrán que construir nuestro futuro.

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