Da gusto ver cómo pintores de brocha gorda, albañiles, proveedores de bebidas, personal de limpieza, arrendatarios y propietarios de locales se afanan en poner a punto la Gandia marítima. Esa que turísticamente solo dura dos meses mal contados.

La franja de arena y el paseo marítimo son con diferencia lo mejorcito de la Playa. Es gratificante observar cómo a diario un eficiente personal deja impecablemente limpios el bonito paseo y el arenal hasta la misma orilla, aunque empieza a haber demasiados obstáculos para los agobiados bañistas: kioscos-pachas, casetas de información, sombras, patinetes, hamacas, monigotes de cartón piedra y campitos de volei a lo Bacardí, hacen que la arena pisable, que por cierto quema como una condenada, empiece a brillar por su ausencia. Sin olvidarnos de lo que habrá dentro de poco sobre el agua cristalina: molestas motos acuáticas, el Paddle Board conocido por hacer el «golondrino» remando sobre una tabla o el Kite Surfing, un peligroso deporte que cuando el fino cable baje a la arena sin control, más de un cuello u oreja saltarán por los aires. No me valen Los Pedregales o zona acotada. La playa, si no es por un suceso puntual, no se puede cercar.

Como gran novedad llegará el Fly Board, un tío a lo Spiderman coronando una manguera a propulsión, subiendo y bajando por las turbulentas y peligrosas aguas de la orilla. La succión es tan fuerte que este verano habrá tellinas para todos los bañistas, y además gratis.

El Ayuntamiento, con su política «en verano vale todo», se pasa por la bragadura la Ley de Costas y también la de Ruidos Varios, esa que todos los veranos moviliza a cientos de personas y que encabeza mi buen amigo Paco Pajares, conocido como el «Tío la Vara» pero con altavoz. Los del ayuntamiento, listos ellos, para despistarles hasta que acabe el estiu, contratan con nuestro dinero a una caterva de personas de todo tipo y condición conocidos como mediadores nocturnos de legalidad muy dudosa. Su inoperante función acaba siempre en llamada a la policía para que acuda con la porra al lugar donde están los alborotadores nocturnos. De chiste.

Por si faltaba algo de eco, aparecerán como ya es habitual: las litroneras, los Moros y Cristianos, los espectáculos playeros, las ruidosas atracciones de feria y la típica mascletà de alguna boda cercana. Tampoco me olvido de los daños colaterales causados a diario por ese decadente, estridente y lúgubre lugar donde, desde el verano pasado, se organizan grandes «fiestas» para jóvenes.

Se salvan, por interesantes, los conciertos de nuestras bandas de música y el afamado Polisònic que aunque se celebre en «Gandia pueblo», como dicen los de Madriz, sigue triunfando años tras año. Y todo, por cuatro euros y el de la guitarra que siempre viene gratis.

Nuestro alcalde, Arturo Torró, y su entorno mediático siguen a lo suyo; obvian interesadamente que a la bonita playa de Gandia hay que dejarla en paz. En verano no es necesaria promoción de ningún tipo. La playa está llena de por sí, como lo están todas las del Mediterráneo. El resto del año, Benidorm a parte, Gandia está vacía y siempre lo estará. Es una quimera desestacionalizar la playa y por mucho que acuda a costosos Fiturs, Berlines, Bilbaos, Albacetes y Moscús, esta playa, como las bicicletas de Jaime Chávarri, sólo es para el verano.

Le pediría a don Arturo, aunque nunca me hace caso, que la deje tranquila y se dedique sólo a cuidarla, que eso sí lo hace bien. Pero no solo la primera línea. Las otras calles también son tropa.