27 de septiembre de 2018
27.09.2018
A toda plana

Vicente Alcalá de Olmo

26.09.2018 | 20:26

Es posible que usted, vecino de Gandia, sepa dónde está la calle Alcalá de Olmo, pero ¿qué sabe usted de este personaje? Y lo mismo ocurre con muchas personas que dan nombre a las calles de nuestra ciudad. Hoy les contaré la historia de este valiente e ilustrado militar, artífice del primer Tram-way de caballos que unía Carcaixent, Gandia y Denia.

Nació en Valencia el 18 de marzo de 1820, en el seno de una familia conservadora y carlista. Cursó con éxito la carrera militar y llegó a coronel de Estado Mayor. Tuvo su bautismo de fuego y amor en la Guerra de Cuba, donde gozó de los favores de una bella mulatica, como cuento en mi novela El Rey del Azúcar. Pero fue su extraordinario valor en la guerra de África, a las órdenes de los generales Prim y O'Donell, donde escribió una brillante hoja de servicios y fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando, creada en 1811 por las Cortes de Cádiz.

En 1845 contrajo matrimonio con Ángela Vallier, hija de una noble familia de Gandia. Sin embargo, la felicidad de la pareja apenas duró un año porque el corazón de Ángela, desbocado de amor por el apuesto militar, se paró de repente.

Pasado algún tiempo, Alcalá de Olmo vino a vivir al pueblo de Benirredrà, instalándose en el palacio de los condes de Rótova, propiedad de la familia Valier. La vida solitaria en aquel caserón inmenso le recordó las palabras del Génesis 2-18-22, "No es bueno que el hombre esté solo". Y, a los pocos meses, se casó en segundas nupcias con Roberta, la hija de su ama de llaves. Una joven de eterna sonrisa y extraordinaria belleza, como puede apreciarse en el cuadro Roberta en la Malvarrosa, pintado por Sorolla, gran amigo de Alcalá de Olmo, que se conserva hoy en el Museo de San Pío V de Valencia. Pero además de la belleza, Roberta tenía un don especial para la música porque, un buen día, descubrió en el ángulo oscuro del salón, olvidada tal vez por su dueño, silenciosa y cubierta de polvo, reposaba la vieja arpa del Conde de Rótova. Y, como un milagro, desde que tomó la primera comunión, Roberta comenzó a interpretar música de Teleman, Jesualdo, Corelli... Aunque no tuvieron hijos, Roberta supo tañer también, con gran maestría, las cuerdas amorosas del coronel, dándole una vida plena de placer y felicidad.

Me comenta el historiador de Benirredrà, Eduardo Frasquet, que, tras la boda, pasaron a vivir a la calle Mayor, quedando el viejo palacio como lugar de estudio y experimentación de los proyectos del militar, interesado siempre por los problemas de la agricultura. Conocedor del mundo del transporte equino por su pertenencia al cuerpo de caballería, inició un estudio en profundidad sobre el transporte de personas y mercancías que dio origen a su libro Tram-vías caminos de hierro servidos por fuerza animal. A partir de entonces emprendió su gran proyecto que culminaría con la construcción del Tram-way de Carcaixent a Gandia y Denia.

El 26 de agosto de 1861 fue autorizada su construcción y en el pliego de condiciones podemos leer: "El material móvil se fija como mínimo en tres coches de 1ª, 2ª y 3ª clase, ocho vagones descubiertos para mercancías y ocho para caballerías y arneses para las mismas. Los departamentos de primera clase de coches estarán guarnecidos; los de segunda clase tendrán asientos rellenos, unos y otros estarán cerrados con cristales, y los de tercera clase llevarán cortinas". Según el ingeniero director don Joaquín Almunia Zeller, el trayecto del Tram-way tenía 78,7 kilómetros con un ancho de vía de 1.380 milímetros.

El 8 de febrero de 1864, según leemos en El noticiero gandiense, tuvo lugar la solemne inauguración presidida por el Coronel acompañado de su querida Roberta. La ceremonia se celebró en la estación de Gandia junto a la Cruz de Término. Se pronunciaron discursos, sonó la música, se dispararon cohetes y cuando los invitados estuvieron aposentados en el Tram-way, don Vicente y Roberta subieron a la cesta de un globo aerostático amarrado al carruaje con una larga cuerda. Y en cuanto las caballerías iniciaron el trote, el globo comenzó a elevarse y la feliz pareja viajó hasta Oliva volando por los aires.

Si el lector visita el cementerio de Benirredrà, encontrará un hermoso panteón donde don Vicente duerme el sueño eterno acompañado de sus queridas mujeres Ángela Vallier y la bella Roberta. Aunque el párroco de Benirredrà, mi amigo Antonio Navarro, no me lo quiere confirmar, se dice que algunas noches de plenilunio, cuando el azahar embriaga los sentidos, suena en el panteón el Concierto de arpa para la eternidad, de Carl Philipp Telemann.

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