25 de octubre de 2018
25.10.2018

De princiesas, caballeros y dragones

24.10.2018 | 21:17

M e contaba el inolvidable profesor don José Camarena que, según la mitología sobre San Jorge y el Dragón, uno de los tesoros más preciados por los valencianos era el dragón que, desde tiempo inmemorial, se conserva en la iglesia del Patriarca de Valencia. Se le atribuían todo tipo de propiedades milagrosas y muchos devotos se encomendaban en sus oraciones a aquel tremendo y extraordinario lagarto. El 11 de marzo de 1413 el dominico Vicente Ferrer condenó esta práctica en uno de sus admonitorios sermones, pero la devoción popular hacia el gran caimán fue en aumento y alcanzó su cénit cuando la peste negra asoló Valencia.

Fue entonces cuando los gremios y cofradías de la ciudad decidieron sacar al venerado saurio en procesión para conjurar la terrible epidemia. Y según dice El Libro de Efemérides del gremio de Boticarios Valencianos: «Tan pronto se puso en marcha la procesión, el dragón comenzó a expulsar por su boca un vapor azulado, a modo de sahumerio curativo y, pocos días más tarde, remitió la terrible peste». Admirado por el extraordinario milagro, el Obispo de Valencia, Alfonso de Borja, decidió que el dragón ocupara un lugar preferente junto al altar mayor de la Catedral. Años más tarde, el Tribunal de la Santa Inquisición, temiendo que se estableciera la «Herejía dragoniana», ordenó retirarlo de la catedral y devolverlo al sitio donde todavía hoy puede contemplarse.

El papa Alejandro VI, como buen setabense, era devoto de San Jorge y su dragón y, para guardar la doncellez de su hija Lucrecia hasta el día de su boda, mandó traer de Alejandría un feroz cocodrilo del río Nilo. Pero Cosme de Médicis, locamente enamorado de Lucrecia, no estaba dispuesto a esperar y consiguió del Dux de Venecia un potente veneno para matarlo y poder gozar del placer genésico con su amada Lucrecia. Pasado algún tiempo Lucrecia se casó con el duque de Ferrara y tras una vida ejemplar haciendo el bien entre sus súbditos del ducado, murió en olor de santidad.

También Gandia tuvo en la Colegiata su dragón milagroso. Estaba sobre el altar de San Cosme y San Damián (a la izquierda del altas mayor). Apenas se tienen noticias de él, porque no aparece en los archivos eclesiales que recopiló Abelardo Herrero. La única noticia me la dio mi amigo Rafael Martínez, que fue testigo presencial de la quema de la Colegiata y vio cómo un grupo de asaltantes, muertos de hambre, sacaron el dragón a la plaza, lo asaron en una parrilla y se lo comieron regándolo con vino de consagrar.

Según cuenta don Álvaro Cunqueiro, hijo del boticario de Mondoñedo, la sangre y carne de dragón siempre estuvieron presentes en la farmacopea del medievo. Mezcladas con semillas de cidros, limones y naranjas se usaba en las alcobas reales para asegurar la descendencia. Recordemos que, basándose en esta fórmula, el poeta Ausias March inventó el mirífico Licor del Paraíso, en cuya composición entraban la sangre y el polvo de las escamas de la piel del dragón que, según Dioscórides, avivaban la imaginación, la libido y la fantasía imprescindibles para el amor.

Pero sin lugar a dudas, la más brillante y famosa historia de caballeros, dragones y princesas, fue la protagonizada por el célebre don Tirante el Blanco, «honra y prez de la caballería andante valenciana», como le llamaba Cervantes. La aventura de este valeroso caballero sucedió en tierras de la Safor para liberar de su cautiverio a la bellísima princesa Carmesina de Marchuquera. Desde que la conoció en unas justas poéticas en el Palacio Ducal de Gandia, don Tirante quedó prendado de sus encantos y, al tener noticias de que había sido raptada por un grupo de arábigos y recluida en la Cueva de las Maravillas, decidió acudir a liberarla.

La empresa no fue fácil porque el dragón era de los llamados flamígeros y tenía dos cabezas. Don Tirante, armado de espada y rodela, luchó con denuedo contra la bestia, pero a causa del fuego que salía de sus fauces a punto estuvo de perecer en el intento. Entonces decidió aplacarlo ofreciéndole un cervatillo trufado con un potente somnífero. La bestia se lo comió en un santiamén y, al poco rato, cerró los ojos y quedó dormida. El caballero Tirante el Blanco, viendo el paso franco, penetró en la cueva. Fue como si saliera el sol y, al verlo, Carmesina, loca de alegría, se echó en sus brazos. Se llenaron de besos y en el mismo jergón de paja donde la princesa había sufrido su infeliz cautiverio, hicieron el amor. Y colorín colorado este cuento ha terminado.

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