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De linaje a marca turística

Lucrecia Borja lava su imagen

Gandia y Xàtiva rebaten la leyenda negra de la poderosa familia valenciana que dio dos papas y un santo

Lucrecia Borja lava su imagen

Lucrecia Borja lava su imagen

Ni ninfómana, ni incestuosa, ni mucho menos envenenadora. Los valencianos actualizan la figura de Lucrecia Borja (1480-1519) en el V centenario de su muerte para presentarla como una culta mujer del Renacimiento, un peón en el tablero de ajedrez de su poderosísimo padre, el Papa Alejandro VI, que no tuvo el menor escrúpulo en manejarla a su antojo a través de interesados matrimonios e intrigantes separaciones para convertir a su familia en la más influyente de la época con los más afamados artistas a su servicio. Fueron treinta años en un territorio dominado por los Borja, Borgia para los italianos, que según la exagerada simplificación de Harry Lime en «El tercer hombre» de Graham Green, no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero dieron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento mientras que en Suiza, con cinco siglos de amor y paz, solo inventaron el reloj de cuco.

Ni Lucrecia era tan perversa ni su padre, peor que otros varones que se disputaban con sutil diplomacia pero sobre todo a sangre y fuego el poder en una Italia aún no unificada, a través de complots que pusieron a los Borja en el punto de mira, entre otras razones, por su condición de extranjeros, subraya el historiador Vicente Lloret que revisarla leyenda negra que ha acompañado a esta familia llegada a Valencia en el siglo XIII de la mano de Jaime I para repoblar la zona tras la expulsión de los musulmanes.

Bajo la imponente silueta del Castillo de Xátiva nació el pequeño Alfonso Borja, el futuro Papa Calixto III, que viajó a Roma acompañado de su sobrino favorito, Rodrigo, quien bajo el nombre de Alejandro VI introduciría a la familia en ese mito de asesinatos, lujuria, incestos y excesos de todo tipo que envuelve a los Borja.

Escuelas Pías

La principal damnificada por esa mala fama fue Lucrecia, cuya estatua con el pecho al descubierto y la fecha errónea de su muerte, se erige implorante junto a la de sus parientes más famosos en la plaza de las Escuelas Pías de Gandía, justo delante de la Universidad fundada por San Francisco de Borja a instancias de Ignacio de Loyola. Construida en 1549 como colegio para moriscos pasó a ser después la primera universidad jesuita del mundo y ahora pervive como colegio de los escolapios y sede de la UNED.

Xátiva y Gandía promocionan la ruta del «Territorio Borja» como exponente del legado de la poderosa familia y lavan su imagen con una revisión a fondo, a la luz de las circunstancias del momento y de los intereses en juego, de la figura del Papa Alejandro VI, el hombre que elevó a la categoría de Reyes Católicos a Isabel y Fernando y que en 1493 trazó sobre la esfera terrestre una línea en medio del océano Atlántico para repartir el mundo entre España y Portugal.

Padre de tres hijos valencianos, Pedro Luis, Jerónimo e Isabela, el pontífice tuvo más tarde en Roma con una rica y atractiva posadera, Vannozza Cattanei, a Lucrecia, César, Juan y Jofré. «La descendencia de los altos cargos de la iglesia era normal en aquella época», apunta Lloret.

Asentada en Xátiva desde el siglo XIII parte de su familia, Rodrigo de Borja (1431-1503) nació en una casa señorial muy cerca de la iglesia de San Pedro donde fue bautizado bajo un impresionante artesonado gótico-mudéjar y rodeado de retablos góticos. «Es cierto que Alejandro VI se labró muy mala fama en Roma por empeñarse en imponer a su dinastía en el Vaticano», subraya Lloret, «pero fue también un hombre que supo manejar como nadie el arte de la diplomacia internacional y un visionario que diseñó un ambicioso plan urbanístico para la ciudad eterna en la que logró reducir el número de robos y asesinatos tan frecuentes en la época».

Toro rojo

Cerca del templo de San Pedro, emerge la Colegiata donde bautizaron a Calixto III, custodiada su entrada por dos esculturas de bronce de los pontífices de Xátiva y sobre una empinada cuesta se asoma el Palacio Arcediano en cuyas dovelas de la puerta de entrada destaca el escudo del toro rojo pastoreando de la Borja.

«Xátiva conserva innumerables huellas artísticas de la familia», presume Sergio Rubio, guía de esta ruta mientras enfila la calle Moncada repleta de hermosos palacios de la nobleza local y conventos como el de Santa Clara. «Las mujeres del clan eran casadas con hombres poderosos o se hacían clarisas para vivir bajo la protección de las paredes de clausura», justifica.

A Lucrecia, envuelta en un aura novelesca de misterio que hasta le coloca en uno de sus dedos un anillo con veneno para asesinar a los rivales de su familia, le tocó ser la moneda de cambio en las ambiciosas estrategias políticas de su padre y de su hermano César. «La utilizaron sin piedad», resume Lloret. La casaron primero con Giovanni Sforza, con Alfonso de Aragón más tarde y por último con Alfonso II de Nápoles. «No podía tener peor fama en la época por culpa de los tejemanejes de los hombres de su familia», lamenta antes de recordar que falleció diez días después de dar a luz a su octavo hijo.

Aunque nunca visitó Valencia, Lucrecia seguía las noticias de la cuna del clan gracias a la correspondencia que mantenía con su cuñada María Enríquez, duquesa regente de Gandía y viuda de Juan Borja al que la leyenda negra adjudica una terrible muerte instigada por su hermano César. Su cuerpo apareció flotando en el Tíber con treinta ducados de oro sin tocar en una bolsa atada a su cinturón.

En diciembre de 1485, el entonces cardenal Rodrigo Borja compró el ducado de Gandía para su hijo Pedro Luis por los ingresos que generaba el cultivo de caña de azúcar en la zona. Los Borja mantuvieron el ducado hasta 1740. Su declive ya había comenzado en 1609 con la expulsión de los moriscos que vivían extramuros de la ciudad de la cerámica y de recolectar las cosechas de los nobles.

Palacio Ducal

Alfonso el Viejo, nieto de Jaime II, había comenzado a construir en 1399 el Palacio Ducal y la Colegiata de Santa María, uno de los máximos exponentes del gótico valenciano, que ocuparon posteriormente los Borja aprovechando que Alfonso el Joven falleció sin dejar descendencia.

Muy cerca se alza el convento de las clarisas, adosado a un museo que ocupa el antiguo hospital de San Marcos engalanado con valiosísimas obras que custodian las monjas de clausura junto al recinto amurallado de la ciudad medieval. «Los Borja fueron auténticos mecenas amantes del arte», resalta el historiador de Gandía frente a unas tablas maestras del artista italiano Paolo de San Leocadio que impulsó en Valencia el gusto renacentista.

En el impresionante Palacio Ducal, representativo del espléndido gótico civil valenciano, nació San Francisco de Borja (1510-1572), cuarto duque de Gandía, bisnieto de Alejandro VI y de Fernando 'El Católico', y cercanísimo colaborador de Carlos I que logró 100 años después de su muerte una canonización expres. El influyente Francisco se encargó de certificar la muerte en Toledo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, y ante cuyo cadáver putrefacto juró no volver a servir a señor que se le pudiese morir.

El palacio es ahora de la Compañía de Jesús que tanto apoyó el futuro santo cuando decidió ponerse los hábitos. «Era un hombre rico e influyente y un gran colaborador de San Ignacio de Loyola en su plan de expandir la compañía por todo el mundo. Los Borja no fueron peores que los Médici o los Orsini para conseguir la gloria», concluye Lloret en su discurso contra la leyenda negra de aquella familia de humildes orígenes aragoneses que casi llegó a dominar el mundo.

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