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churchill y orwell

churchill y orwell

hace unos meses se publicó en España, editado por Península, el libro Churchill y Orwell, del periodista y Premio Pulitzer Thomas E. Ricks. ¿Qué pueden tener en común esos dos personajes aparentemente tan distintos, un miembro de la aristocracia británica, de la casta del Imperio, y su compatriota socialista, un escritor aficionado a escudriñar sin descanso los bajos fondos de la sociedad y a denunciar las injusticias de su país? ¿Por qué se ha publicado un libro así precisamente ahora? La respuesta es que Ricks no ha escrito tanto las biografías de dos personajes históricos como un alegato político (a la manera de la «advertencia» lanzada por Madeleine Albright en Fascismo) que se sirve de una parte de sus vidas como símbolos de valores que debemos recordar y cuyo sentido resume el propio autor así: «Pese a todo lo que los separó, su compromiso con la libertad del individuo les otorgó una causa común». Y tuvieron que emplearse a fondo para defenderla, porque ambos fueron vistos desde sus respectivas facciones ideológicas casi como renegados, como dos tipos demasiado heterodoxos de los que había que desconfiar. Hasta que se hizo evidente que tenía razón, Winston Churchill se había quedado solo denunciando la suicida política conciliadora de Chamberlain con los nazis, y entre los comunistas nadie habría lamentado la desaparición del escritor antiestalinista que si fue herido por los golpistas en la Guerra Civil, volvió a salvar la piel, aún convaleciente, tras la razzia desatada contra el POUM por el PC español a las órdenes de Moscú.

Ni a uno ni a otro, como recuerda Thomas E. Ricks, debemos idealizarlos en exceso, pero tampoco debemos olvidar que cuando fueron puestos a prueba no rehuyeron los riesgos ni los desafíos de la historia, se comprometieron con los hechos y se negaron contemporizar o a mirar para otro lado. En los momentos decisivos «respondieron con coraje y clarividencia», dice Ricks. Y añade: «Con frecuencia su juicio fue erróneo, pero perseveraron en su intento de ir a la raíz de las cosas». La clave del libro se encuentra precisamente en la importancia que el estadista y el escritor concedieron a los hechos, y en la obligación moral de valorarlos con la integridad necesaria para aplicar, después, principios en conciencia. Una estimación errónea de los hechos o su deformación consciente, equivalían a una derrota democrática que pondría en riesgo la libertad del individuo.

Esto no era tan fácil de ver como parece a ochenta años de distancia, y uno de los logros del libro Ricks consiste en recordarnos, en tiempos de la posverdad y los neofascismos blanqueados, con qué facilidad puede volver a instalarse la ceguera voluntaria en la opinión pública, y en la peor política, la tergiversación de los hechos por cobardía, mediocridad, oportunismo o simple mala fe. Ricks se pregunta, siguiendo a sus biografiados, y pensando seguramente en el presidente de su país pero también en los de Polonia o Hungría y anticipándose sin saberlo al Brasil de Bolsonaro y a la eclosión de Vox en España: «¿por qué permitimos que algunos líderes políticos que no muestran la menor lealtad a las instituciones tradicionales se hagan llamar conservadores?».

Por la parte que nos toca, la pregunta desgraciadamente puede ampliarse: ¿cómo habría que llamar, además, a los partidos que colaboran con esa clase de gente, se muestran irresponsables ante las evidencias e intentan convencernos (como las derechas españolas) de que los neofascistas son auténticos demócratas «conservadores» con los que es legítimo ir de la mano en las instituciones? Antes de hablar, en España, de derechas o de izquierdas, de patrias, ideologías o valores, deberíamos preguntarnos, por simple higiene orwelliana o churchilliana, qué relación mantienen las formaciones políticas con los hechos, si están dentro o fuera de la corriente de libertad que simbolizan, cada uno a su modo, pero amplia y rotundamente en lo político, las trayectorias de George Orwell y Winston Churchill en situaciones límite.

Porque no hacerse esa pregunta tan sencilla es, hoy, otra forma de autoengaño o de mezquindad que nos acerca un paso más a la oscuridad contra la que lucharon los protagonistas del libro de Thomas E. Ricks. Dentro de unos meses no votaremos tanto por este o aquel partido sino por Orwell y Churchill o por sus enemigos: los neofascistas y sus socios, dispuestos ya a tomar las calles para reventar las reglas del juego democrático. Todo lo demás, como diría Orwell, es «mera palabrería».

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