27 de julio de 2019
27.07.2019
Festival

El Iboga revoluciona la playa vallera

El festival de música balcánica y mestizaje atrae a miles de jóvenes a la Goleta, cuyos residentes ya se han acostumbrado a su presencia, su estética y a sus costumbres relajadas tras cuatro ediciones - Comerciantes y hosteleros están encantados

27.07.2019 | 04:15
El Iboga responde a una filosofía de vida y esa es la experiencia que quieren ofrecer los organizadores

El resto del verano, y ni que decir tiene del año, la playa de la Goleta, en Tavernes de la Valldigna, es una zona tranquila, familiar y no especialmente idílica, víctima del urbanismo salvaje que enladrilló buena parte del litoral valenciano. Cada otoño la arena, especialmente al norte, sufre los embates de los temporales y tiene que ser repuesta, a la espera de inversiones en diques que nunca llegan. Pero cuando desembarca el Iboga la Goleta se transforma en un lugar idílico, casi mágico, exótico. Los artífices de ese aire jamaicano que se respira en Tavernes durante una semana son los miles de jóvenes ibogueros que acuden a la llamada del festival.


Los residentes observan atónitos sus costumbres relajadas, aunque tras cuatro ediciones ya se han acostumbrado. Durante estos días el tramo de playa frente al recinto, apenas a 150 metros, se convierte, le guste o no la población local, en zona nudista. Por la tarde, hasta que empiezan los conciertos, los ibogueros hacen improvisados corrillos alrededor de una guitarra o duermen tras la resaca de la noche anterior. El festival arrancó el miércoles y acabará este domingo.


Mientras algunos vecinos se escandalizan o protestan por el ruido los comerciantes están encantados, sobre todo los hosteleros. El que más lo nota es el Bar Altamar, que también ofrece comida para llevar, porque está justo enfrente de la entrada al festival. «Somos 11 trabajadores, el doble que una semana normal», explica la dueña, Vanessa Clemente. Además se han adaptado a sus gustos, con platos como ensaladas veganas. En general, los hosteleros no suben los precios, en un bar se pueden comprar una botella grande agua o una lata de cerveza por 1 euro. Es una política de mercado que también ha imitado el chiringuito La Mordidita, nuevo este verano. «Tenemos un pack iboguero, con bocata y refresco o caña, por 4,50 euros», señala Ximo Ros, uno de los socios. Además, el «beach club» ha habilitado dos parcelas como aparcamiento. El año pasado el ayuntamiento cifró el impacto económico del Iboga en 1,5 millones. Cuestión a parte es en el interior, donde se paga con el sistema de «tokens», un monedero electrónico que los jóvenes llevan en la pulsera. Un «token» son 2,5 euros, el mismo precio que cuesta, por ejemplo, una cerveza.


Las opciones de alojamiento son varias. La principal es la zona de acampada, pero también hay festivaleros que optan por apartamentos, la mayoría a través de plataformas como Airbnb. Y por las calles cercanas también se ven aparcadas caravanas camper, o las «furgos» de toda la vida, aquella manera de viajar que puso de moda el movimiento «hippie» de los años 60 del siglo pasado.


El Iboga fue una idea de dos socios, Ángel Crespo y Álvaro Garro, que siguen al frente. La primera edición se celebró en Xàbia hace siete años y las dos siguientes en Cullera. Desde 2016 lo acoge Tavernes cuyo Gobierno local, de Compromís, está satisfecho, tanto con el Iboga como con el resto de festivales que se organizan en la localidad. Mantiene sus raíces de mestizaje y ritmos bailables, pero se está abriendo a un público más generalista. La inclusión en el cartel de este año de grupos como los cubanos Orishas o La Pegatina, más comerciales, ha sorprendido a algunos puristas.


Pero la organización también quiere que el Iboga sea algo más que música, acorde con su filosofía de vida. «Procuramos que sea respetuoso con el medio ambiente, hemos plantado césped natural en todo el recinto, usamos vasos reutilizables y hemos puesto en marcha el reto Iboga Challenge, en las redes sociales, para fomentar el reciclaje y evitar el exceso de plásticos», explica el jefe de prensa, Carlos Álvarez.

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