01 de marzo de 2020
01.03.2020

objetos perdidos

29.02.2020 | 20:38
objetos perdidos

en una canción se preguntaba Silvio Rodríguez por el destino de sus viejos zapatos. También el argentino Alejandro Dolina pensaba qué habría sido de las canicas con las que había jugado en su lejanísima infancia: ¿dónde estarían? En esa incertidumbre que rodea a los objetos perdidos, tarde o temprano nos reconocemos todos. Si algunas de esas cosas aparecen por azar en lugares recónditos (cajones, altillos, desvanes, garajes, cuartos trasteros) o salen a flote en mudanzas o reformas, ¿qué ocurre con las demás, que son, con diferencia, las más numerosas, las cosas que realmente buscamos? La verdad es que su suerte es un misterio que intentamos descifrar con hipótesis consoladoras que empiezan por la palabra «seguramente». Seguramente las prestamos (y ya sabemos en qué acaban las buenas acciones llevadas demasiado lejos), o seguramente las extraviamos, si es que no las echamos a la basura en un precoz arrebato de lujo y derroche, sin descartar la posibilidad del robo sistemático, cuya autoría apunta, en primer lugar, a la familia.

Quisiera desarrollar la idea de que esas conjeturas no son más que viles coartadas del desconcierto y que sobre viejos zapatos y canicas, raquetas de tenis Wilson de madera, madelmans, plumieres de dos pisos, cartillas de la mili, los Episodios Nacionales de Galdós completos, medallas de aspirante de la Congregación Mariana, Juegos Reunidos Geyper, barcos pirata de Playmobil, walkitalkies, barbies, coches teledirigidos con cable, Scalextrics, bicis BH plegables, las asombrosas creaciones de la Dinastía Comansi y todo lo demás deberíamos admitir que no tenemos ni una sola pista fiable. ¿Dónde están todas esas cosas, y sobre todo las deslumbrantes primeras cosas cuando vamos tras ellas espoleados por el recuerdo de una sensación o de un radiante trozo de vida?

No es que, puestos a revolverlo todo, no acabemos encontrando algo, aunque esas tentativas respondan a una ley fatal según la cual cuanto más exactas sean nuestras pesquisas menos daremos con lo que queremos. Donde buscamos la raqueta de tenis aparece un ridículo par de guantes de plástico, sin duda fabricado por un loco antes de la Crisis del Petróleo, y donde debería estar el Scalextric nos espera entre un bosque de trajes fantasma un espeluznante juego educativo. Y así sucesivamente.

Ante esos eternos fiascos la literatura ofrece cierto alivio semimágico. En un cuento de Benedetti los objetos se rebelan, en otro de Cortázar hasta la gente del metro de Buenos Aires acaba desapareciendo a fuerza de roce, y en una historia del peruano Julio Ramón Ribeyro alguien lanza un tintero por la ventana que acaba al otro lado del océano. Pero, a la hora de la verdad, ¿de qué sirve todo eso? No estamos para tonterías cuando tras buscar durante horas hasta debajo de las piedras o en escondrijos de los que han desertado hasta las arañas damos definitivamente por perdido el Scalextric y acabamos en la mano con un polvoriento disco de José Feliciano, con una pipa muy mordida o un «tomavistas», por su diseño, de origen probablemente precristiano, pruebas palpables de que cualquier tiempo pasado fue anterior, pero sobre todo extraño. Y eso, si no nos tropezamos con un alevoso álbum de fotos, o si nuestro único botín es una corbata con la que nos colgaríamos de una viga antes que volver salir a la calle con ella puesta, algo que preferimos creer que nunca sucedió. En cambio, los fetiches que acechamos con el tesón de un buscador de oro en Alaska se resisten a revelarse una y otra vez. Quién sabe si para bien. Quién sabe si, reunidos por una mano maestra, no acabarían dibujando esos objetos perdidos un retrato extravagante, como los que Arcimboldo pintaba con frutas y verduras, en el que nos reconoceríamos de inmediato. La historia de la mujer de Lot y la caja de Pandora advierten de las catástrofes latentes en gestos aparentemente triviales, y quien cede al impulso de abrir un cajón o la puerta de un armario igual está jugando con fuego. Pero ni los sabios consejos consagrados por los siglos ni las desdichas que anuncian han detenido nunca a quienes persiguen cosas que nunca encontrarán, arrastrados por el deseo. Por eso se escriben canciones y todavía buscamos sin descanso el tesoro de los objetos perdidos.

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