12 de marzo de 2020
12.03.2020

la guerra incivil

11.03.2020 | 22:30

a l estallar la Guerra Incivil, un vendaval de locura dividió a España en azules y rojos, se enfrentaron amigos, convecinos e incluso a miembros de la misma familia en un baño de sangre que hizo escribir a Machado: Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Pronto aparecieron los odios, los celos, las envidias y comenzaron las denuncias y los ajustes de cuentas. Primero los rojos contra los azules y al terminar la guerra, los azules contra los rojos.

Desde antes de comenzar la Guerra Incivil, adivinando el enfrentamiento armado que se iba a producir entre las derechas y las izquierdas, mi abuelo Miguel, que siempre procuró tener entre sus trabajadores gentes de todas las ideologías, urdió con sus hijos un plan para salvaguardar la vida y las propiedades de los Flores. Juan se afiliaría al Partido Socialista. Vicente a la Derecha Regional Valenciana y Fernando, mi padre, permanecería alejado de la política, mientras él, en su papel de patriarca, por encima del bien y del mal, seguiría como amigo de todos.

La táctica funcionó a la perfección. Durante la guerra, Juan, puño en alto y cantando la Internacional, fue el protector de la familia y, en la posguerra, lo fue Vicente, cantando el Cara al Sol y saludando con la mano extendida. Se trataba simplemente de un juego de manos y canciones que dio un magnífico resultado.

En Gandia, también mis primos Cardona hicieron lo mismo que los Flores. Julián, hijo del que pintó las rayas en las naranjas, representó el papel de tener ideas de izquierdas, mientras Luis simuló simpatizar con la derecha. Por su parte, Emilio, el médico, hijo del que fuera alumno de Cajal, se mantuvo neutral para curar los desvaríos de la derecha y de la izquierda.

La Casona fue requisada al comenzar la guerra, pero afortunadamente, Juan Flores que ya ocupaba un puesto destacado en la UGT, se puso en contacto con Julián, secretario del Comité Local de Gandia, y consiguió los correspondientes salvoconductos para que mi madre, mi hermano Santi y la tata, pudieran viajar hasta Castellón.

En plena Guerra Incivil, los naranjos siguieron dando las preciosas naranjas de oro que, al exportarse, se transformaban en preciosas divisas para el Gobierno de la República. En este sustancioso negocio estuvo presente también mi familia. Julián Cardona como presidente del Comité Comarcal de Gandia y mi tío Juan Flores, que ocupaba un puesto importante en la UGT, comenzó las negociaciones con la CNT para coordinar las exportaciones de cítricos a Europa.

El acuerdo CNT-UGT hizo posible el control sindical de la exportación por medio de las cooperativas naranjeras. Se constituyó el Consejo Levantino Unificado de la Exportación Agrícola (CLUEA) como órgano rector, presidido por mi tío Juan. Este se las ingenió, no sólo para que los almacenes de Flores en Castellón y los de Cardona en Almoines y Gandia no dejaran de trabajar, sino también para que gran parte de las operaciones de venta se realizaran a través de sus representantes extranjeros. Al mismo tiempo encargó varios carteles publicitarios cuyos originales se conservan hoy en el Museo de la Naranja de Burriana, creado por el profesor Vicente Abad, en cuyos libros sobre la historia de la naranja he encontrado valiosísima información para esta novela.

Siguiendo los planes del abuelo Miguel, mi padre se trasladó de Marsella a París. Se matriculó en La Sorbona en un curso de Economía y Comercio Internacional y esperó a que terminara la guerra.

A mediados de abril de 1938, el traslado del frente de batalla al norte de España, supuso un duro golpe para la actividad exportadora de la República al cortarse las comunicaciones terrestres con Europa. La situación se agravó con el incremento de los bombardeos sobre los puertos de Burriana, Castellón, Gandia y Valencia, únicos puntos disponibles para la salida de la naranja. El desplazamiento del frente a la provincia de Castellón, una de las áreas citrícolas más importantes del país, paralizó las exportaciones.

En la Navidad de 1938, mi abuelo Miguel Flores decía a mi madre: –La guerra acabará pronto y todo volverá a la normalidad. Juan y tu primo Julián, que tanto están haciendo por nosotros, tendrán que exiliarse algún tiempo y Vicente y tu primo Luis se convertirán en nuestros ángeles de la guarda. Entonces, volverá Fernando y regresaréis a la Casona.

Las palabras del abuelo Miguel se cumplieron felizmente cuando el 1 de abril de 1939, se escuchó por radio la siguiente noticia: –Cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.

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