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LA RESISTENCIA

Varias personas con mascarillas en el aeropuerto de València. biel aliño

La pandemia que nos golpea ha provocado un efecto inesperado: la venta de La Peste, la novela de Albert Camus, se ha disparado en Francia y en Italia. Quizás también en España, aunque no hay datos. De repente, una metáfora moral empieza a leerse como un reportaje de actualidad. El miedo, el desamparo, el monstruoso y absurdo crecimiento del contagio, saltan a la realidad, se instalan en el aire limpio y se pegan al cuerpo como una segunda piel. Pero no hace falta leer a Camus cuando su libro puede leerse en la calle y en el rostro de los transeúntes, en las persianas echadas de los bares, en el humor desesperado que intenta aplacar la desdicha.

Para muchos comprobar la fragilidad de su suelo vital no es una sensación nueva: recuerdan bien los atentados del 11-S, o el túnel negro de la Gran Crisis, cuando sintieron parecidas angustias, el mismo vértigo. Acordarse de todo eso puede tener un efecto psicológico paliativo: es la prueba de que saldremos de esta, como superamos el día que parecía el Armagedón o resistimos la «Tercera Guerra Mundial sin muertos», como hace doce años llamó a la recesión económica mundial el empresario valenciano de referencia.

Leer o releer La Peste no sirve de mucho cuando los acontecimientos exigen de los ciudadanos dosis extra de sentido práctico y realismo. En los próximos días tendremos que desarrollar habilidades nuevas que pasan por dominar nuestros temores y, como decía The Times anteayer, recuperar provisionalmente el «sentido de rebaño», confiar en quienes están al frente de esta guerra contra el Coronavirus: debemos ser conscientes de que en esa nueva contienda la indisciplina y la irresponsabilidad son también el enemigo. Los acaparadores de los supermercados son el enemigo. Quienes viajan por capricho (y más desde zonas con altos niveles de contagio) son el enemigo. El solipsismo y la insolidaridad son el enemigo. La politización de la crisis es el enemigo. La prensa amarilla es el enemigo, y los creadores de fakes son el enemigo.

El estado de alarma declarado ayer por el Gobierno era forzoso y en su observancia el papel de las administraciones autonómicas y locales juegan un papel fundamental, comenzando por la información, por el tratamiento selectivo de lo que es esencial o prescindible a la hora de comunicarse con los ciudadanos. Y ahora lo esencial es anticiparse, sin dramatismos, a los peores escenarios, instruyendo a la población sobre cómo debe actuar, también en caso de contagio, transmitiéndoles confianza y seguridad. «Todos tenemos una tarea y una misión en las próximas semanas, y no es menor», recordó Pedro Sánchez el viernes. Y en referencia a las personas más vulnerables al virus, los ancianos, insistió en que «deben protegerse al máximo frente a la infección: evitar a toda costa los contactos en espacios públicos». El presidente llamó a los más jóvenes a concienciarse de un problema que, aunque no sufrirán personalmente, pueden contribuir a agravar como transmisores del virus.

Todo esto, como las medidas de higiene (lavarse con frecuencia las manos) o limitar los contactos personales y la movilidad debe repetirse hasta la saciedad para corregir en las próximas semanas la curva ascendente de la epidemia, y el hecho de que Sánchez tuviera que recordarlo indica que nuestro alto grado de comunicación tecnológica sufre graves carencias informativas, una especie de entropía en la que el ruido ahoga o deforma el sentido de lo sustancial.

El Gobierno local de Gandia ha hecho bien en subrayar que «no estamos de vacaciones», y que si los colegios se cierran no es para que las familias se vayan a la playa, o se comporten como en circunstancias normales. Es un mensaje trasladable a todos los ciudadanos y que, junto a otros de carácter preventivo y didáctico, debería remacharse en los medios locales durante los próximos días hasta crear una conciencia social que a su vez produzca hábitos responsables. Por otra parte, en previsión de cuadros de ansiedad, estrés, o de situaciones producidas directa o indirectamente por la crisis, es necesario que los ciudadanos sepan que pueden contar, por vía telefónica, con un servicio municipal de orientación y de apoyo psicológico.

Decía Pascal que «la infelicidad de los seres humanos proviene de una sola causa: la imposibilidad de quedarse quietos en una habitación». Hoy todos deberíamos interiorizar esa frase de Pascal como un objetivo vital. No será fácil, pero esa es nuestra misión, nuestra urgente tarea común en la guerra contra el virus. Y para empezar a ganarla sin caer en la melancolía o en un derrotismo estéril, quizás no sea inútil recordar las palabras de aquel viejo y rechoncho guerrero británico que ya incubaban el germen de la victoria mientras apelaban a la responsabilidad, a la solidaridad y al esfuerzo común en las horas más oscuras de la historia: «¡nunca nos rendiremos!». Esa moral de victoria sigue siendo válida cuando lo que toca, de nuevo, es resistir.

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