03 de septiembre de 2020
03.09.2020
Levante-emv
Sangre de naranja

Milagro en Estocolmo

02.09.2020 | 20:16
Milagro en Estocolmo

Llegaba a Estocolmo con mi primo Daniel para entrevistar a la hija de Mr Ekberg, el último representante de Cardona?ange Exports en Suecia.

Un cielo diáfano, limpio de nubes, nos permitió una visión incomparable de Estocolmo, donde el azul del mar se adentraba en sus calles por un laberinto de canales. Las cúpulas de algunos edificios con una pátina verde ponían otra nota de color en el conjunto urbano que parecía salido de un cuento de Hans Christian Andersen. Al tiempo que el avión descendía, la ciudad cobraba vida en un incesante ir y venir de vehículos y embarcaciones. Y mientras por los altavoces se escuchaba el concierto de violín de Sibelius, el avión aterrizó como llevado por los ángeles. Tras pasar el control de pasaportes y la aduana, tomamos un taxi y le dimos la dirección de la casa de la señorita Ekberg.

La doncella que abrió la puerta nos acompañó hasta un confortable salón con muebles modernistas presidido por una chimenea donde ardían troncos de abedul. Dos amplios ventanales inundaban de luz la estancia y, a través de ellos, se contemplaba la bahía repleta de embarcaciones. Cuando apareció Anita nos impresionó. Alta, rubia, esbelta, sumamente atractiva. Olía a lilas y vestía un traje blanco sin mangas, cerrado hasta el cuello, que modelaba la sensualidad de su cuerpo. Hacía honor a su nombre por el enorme parecido con la actriz sueca que apareció junto a Marcello Mastroianni en La Dolce Vita. Y tuve la certeza de que también le habría dado una dolce vita a mi padre.

Sin dejar de sonreír, repartió besos de bienvenida, nos invitó a sentarnos y pidió que nos sirvieran unas copas de snap, un delicioso licor de melocotón que animó a Daniel a explicarle:

–El documental del que le hablé, además de resaltar la importancia del comercio de las naranjas españolas, pretende poner de manifiesto las buenas relaciones que siempre existieron entre los exportadores y sus representantes.

–Es una idea muy interesante.

–Como seguramente sabrá, una nieta de mister Brown, el representante inglés, se casó con Vicente Flores y un hijo de Haagsma de Holanda contrajo matrimonio con Berta Cardona.

–Sí, sí. Conozco esas historias. Mi padre me habló mucho de ellos –esbozó una sonrisa y añadió–: Yo no llegué a emparentar con la familia, pero tuve muy buena relación con Fernando Flores.

Al oír el nombre de mi padre no pude menos que sonreír y comencé a preparar la cámara. Mientras, ella cambió de asiento buscando la mejor luz. Encendió un cigarrillo, cruzó las piernas dejando ver el inicio de unos muslos preciosos y me preguntó: – ¿Estoy bien así?

–Está usted perfecta, dije preparando las luces y componiendo el encuadre.

Daniel le entregó las dos fotografías en las que aparecía con su padre y Fernando, y al mirarlas, no pudo evitar una sonrisa y comencé a rodar:

–Aquí tenía yo 25 años.

–Parece que el tiempo no ha pasado para usted.

-Gracias. La tomamos en 1959, la primera vez que vino Fernando.

-¿Y qué recuerda del señor Flores?

–Fernando era una persona encantadora, elegante y con un enorme parecido a Vittorio de Sica. Hablaba inglés muy bien y desde el primer momento, se entendió a la perfección con mi padre. –Apagó el cigarrillo y añadió:- Bueno, conmigo también se entendió bien. –Cerró los ojos como si quisiera recordar y añadió:– Aunque fue un año más tarde cuando iniciamos nuestra relación. Pero no sé si esto?

– Sí, sí –la animó Daniel– Buscamos la parte humana, la vertiente íntima de aquellos personajes.

–Pues fue precisamente aquí, frente a esta chimenea, donde comenzó todo.

– Por favor –le sugerí–, ¿podría sentarse ahora en la alfombra junto a la chimenea?

–Es una buena idea –dijo Daniel.

Anita Ekberg se sentó tranquilamente en el suelo, mientras las llamas que iluminaban su figura daban un brillo especial a sus ojos y comenzó a hablar:

–Estuvimos todo el día en la oficina revisando las notas del consignatario y los precios alcanzados en las subastas. El tiempo era muy desapacible y, al terminar el trabajo, decidimos venirnos a casa. Después de cenar, mi padre se fue pronto a la cama y Fernando y yo nos quedamos charlando aquí mismo, donde estoy ahora. La ventisca llenaba de nieve los cristales, mientras el café, el snap y el fuego de la chimenea, hacían que cada vez nos encontrásemos más a gusto. Él me contaba la broma de un tío abuelo que se hizo pasar por muerto en una clase de anatomía. Y entre risas, comenzamos también nosotros una particular lección de anatomía.

Me acerqué con el zoom hasta un primer plano de aquella mujer en cuyo rostro brillaban los recuerdos, mientras decía:

–Encendidos por el fuego, nos besamos por primera vez y, poco a poco, con mucha dulzura, aquí mismo, hicimos el amor.

Se detuvo un momento. Pidió a Daniel que le sirviera otro snap, se relamió los labios como si todavía conservaran el sabor de los besos de mi padre y continuó:

–A partir de entonces, las relaciones entre Ekerg&Son y Cardona&Flores fueron viento en popa y las exportaciones a los países bálticos crecieron de manera espectacular, lo que dio pie para que Fernando viniera todos los meses a las oficinas de Estocolmo. Recuerdo que en el verano del 61, mi padre viajó a España a una reunión en la Casona con los demás representantes extranjeros. Volvió encantado de lo bien que lo pasó durante aquellos días; sobre todo con la señora Bauer, la esposa del representante de Hamburgo.

–La llamaban la Señorona –apuntó Daniel.

–Sí. Me decía mi pare que estaba gorda como una modelo de Rubens, tocaba el piano muy bien y era simpatiquísima, hasta el punto que dos meses más tarde, mi padre viajó a Hamburgo para volver a verla.

–¿Y hubo algo entre ellos?, preguntó Daniel.

–No –sonrió Anita–. Mi padre era muy mayor y ella demasiado gorda. Cuando volvió de Hamburgo me comentó que las dificultades eran insalvables.

–Sigamos con Fernando, si le parece- pidió Daniel.

–Fernando me hablaba muchas veces de su mujer y me pedía que le acompañara a comprar la ropa interior. También me hablaba de su pequeña hija, a la que le había puesto el nombre de Marilyn, en recuerdo de Marilyn Monroe. Porque, además de su pasión por el cine, Fernando Flores –añadió pasándose la mano por su espléndida melena– tenía predilección por las rubias.

Se levantó del suelo y se sentó en el sillón. Yo aproveché para cambiar la posición de la cámara, corregí las luces e hice un nuevo encuadre.

–Nuestra relación se interrumpió bruscamente por la muerte de su hijo. A partir de entonces, fue su hermano Vicente quien venía a Estocolmo cada año para tratar los asuntos de la compañía. Yo ya no volví a saber nada de él y a finales de 1965 recuerdo que se disolvió la compañía.

–¡Corta! –me ordenó Daniel–. Ha estado muy bien, señorita Ekberg. Le estoy muy agradecido y le recuerdo –añadió entregándole su tarjeta– que, si algún día quiere dedicarse al cine, mi productora la recibirá con los brazos abiertos.

–No, no. Todavía no he terminado.

–¿Qué quiere decir?- le preguntó Daniel.

–Que la historia sigue- sonrió.

Daniel y yo nos miramos sorprendidos. Aproveché para cambiar el emplazamiento de la cámara, le indiqué a Anita que se sentara en el sofá junto a Daniel. Volví a conectar la cámara y siguió hablando.

–Hace unos años ocurrió un milagro.

Daniel pensó que Anita quería rematar su actuación con una broma y le preguntó:

–¿Como en los cuentos de Andersen?

–No, no. Un milagro de verdad. Fernando Flores apareció de nuevo en mi vida.

En aquel momento observé que la puerta del salón se abría y entraba Victorio de Sica.

Anita le presentó a Daniel y al verme a mí junto a la cámara, se le iluminó el rostro y me dijo:

–¡Hola, Marilyn! Veo que sigues tan loca por el cine como siempre.

Vino hacia mí sin dejar de sonreír y me abrazó con su inconfundible olor a Agua Brava. Me puse a temblar embargada por la emoción, mientras mi padre me susurraba:

–Tranquilízate Marilyn. Nosotros sí hemos conseguido reunirnos en el paraíso -y añadió con un brillo especial en los ojos- Estos son los milagros del cine. Fin de la novela Sangre de Naranja.

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