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La quietud de la piedra

la quietud de la piedra | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

Es justo donde el Vernissa agrieta la Vall d’Albaida y la Safor; abrigadas ambas por la serra de la Falconera, la Grossa y la de Ador y escoltadas muy de cerca por el Castell de Palma, el Ventura y la Plana, donde se encuentra una mole de piedra a la que abre paso un camino de tierra. Aquel visitante que se encuentre ante él en su viaje, con fuerza hipnótica, le arrastrará hasta el final de la senda, ya que ahí está Sant Jeroni de Cotalba, en las raíces mismas del valle de Marxuquera. En el año 1993 mis padres construyeron una casa muy cerca del lugar, y recuerdo como si fuese ayer mismo cuando subí a su terraza por primera vez y aquello que vi fue ese soberbio edificio que siempre ha formado parte –directa o indirecta– de mi vida.

Delante de él, un bosque que se extiende hasta la muntanyeta de Sendra y donde mi abuela aseguraba que era el lugar donde rezaban el ángelus los jerónimos. «Si vas algún día por esa pineda párate y escucha, a través del viento todavía se les oye rezar» me decía. Por cierto, instaurado este rezo por el Papa Calixto III, por si lo desconocía el lector.

Y es que Sant Jeroni tiene esa magia, ese sortilegio, que únicamente un edificio que ha estado en pie desde el año 1388 puede otorgar a las mentes inquietas y ávidas de ensueño, como la mía. Es fácil detenerse delante de él e imaginar toda la vida que esa piedra ha testimoniado. Recuerdo, hace un tiempo, cuando las cosas me eran más difíciles, que me gustaba mucho conducir sin destino. Imagino que en un afán de eterna huida y ansiada evasión, y una de las veces, ese mismo sindestino me llevó a la cruz que preludia la entrada al Monestir. En aquel momento me dio paz. No tiene que ver nada con creencia religiosa. Fue por Sant Jeroni, simplemente. Su forma, su magnificencia. El corazón se calma, la razón se tempera. Todo es más bello cuando observas un edificio semejante.

Este Monestir, incluso, ha vertebrado la vida de los pueblos que a su sombra se han desarrollado. La iglesia de Palma y la de la Font d’en Carròs tienen bóvedas de crucería cuyo origen cabe remontarlo en el claustro inferior de Cotalba. Este sirvió de imagen y reflejo en una época en la que la efervescencia de los estilos artísticos se encontraba en plena ebullición, y cuyo contexto estaba formado por una crisálida de culturas cuyas características se mezclaban entre sí. Sin ir más lejos, la raíz del Monestir cabe buscarla en la antigua alquería musulmana de Cotalba. Todo este eclecticismo, lejos de desordenar, lo que hace es embellecer, más si cabe, la riqueza del lugar.

La dilatada vida de este cenobio le llevó a tener entre la quietud de sus muros a jerónimos de una relevancia decisoria en el mundo artístico valenciano. Figuras como Nicolau Borràs, Antonino Sancho de Benevento y Onofre Trotonda, por ejemplo, plasmaron gran parte de su obra en estas tierras por el vínculo que les unía al Monestir. Mención aparte merece la importancia que este lugar, junto con el Palau Ducal, desentrañó como núcleo neurálgico en el llamado Segle d’Or de les Lletres Valencianes. Nada más y nada menos que las dos esposas del poeta Ausiàs March descansan en su iglesia. Isabel Martorell –hermana de Joanot- y Joana Escorna, a quien muy probablemente le dedicó sus seis Cants de Mort. Incluso, puede ser, que Leonor de Castro i Meneses, esposa de Francesc de Borja, descanse también aquí, ya que este fue el lugar que escogió para su larga enfermedad y posterior muerte a la prematura edad de 33 años.

Esta iglesia, digna de alusión, en un principio era de estilo gótico pero durante el siglo XVIII sufrió una transformación que la llevo a degustar un acentuado aire barroco. Ornada toda ella con pinturas; la mayoría de ellas en el Museu de Belles Arts Pius V actualmente a causa de la Desamortización de Mendizábal. Los jerónimos, finalmente, abandonaron el recinto monacal el 6 de agosto de 1835 y ocho años más tarde la familia Trénor adquirió el edificio, siendo todavía su legítima propietaria. Será obra de esta familia el precioso jardín de estilo romántico francés diseñado por el arquitecto y paisajista Nicolas Forestier.

Si uno puede estar observando Sant Jeroni durante horas, no le quiero decir al lector cuántas páginas necesitaría para plasmar aquello que a uno le despierta. Desgraciadamente, la limitación del papel no me deja otra alternativa que continuar esta aventura en otro Caligrama, posiblemente. O, ya saben, una imagen vale más que mil palabra. Así que vayan, y les trasladará a otras épocas.

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