Mi abuela materna vivió durante diecisiete años en el epicentro mismo de París, concretamente en el distrito 16. Acariciado a un paso por el mismísimo Trocadero y en el corazón de la rue Georges Mandell, que no era otra cosa que una gran hilera de piedra modernista y hierro forjado donde la filigrana se aferraba a la pared para emular formas mitológicas y vegetales en perfecto desorden. Estas fachadas eran sólo un sutil preludio de interiores velados de cerámica hidráulica y paredes vestidas de molduras laberínticas que se enmarañaban como bejucos salvajes.

Le cuento esto al lector porque mi madre -gran conservadora y archivera de la familia- guarda con recelo cada uno de los regalos que su madre le mandaba desde Francia. Entre ellos postales, centenares de postales que, por un lado, recogían la letra sesgada de mi abuela entre tinta humedecida cuando le contaba a su hija cómo de moderno era aquello en comparación a un país que había agonizado democráticamente y esos «te quiero» que tanto extrañamos ahora. Por otro lado, en el reverso, imágenes idílicas de una ciudad de película donde la plaza de la Concorde, por ejemplo, aparecía lamida por líneas fluorescentes que como cintas lumínicas iban y venían por los pies de la imagen. Más tarde descubriría que esas estelas luminosas eran producidas por el tráfico. Estas estampas nocturnas tienen una gran fuerza visual y, lejos de combinar erradamente, lo hacen de modo magistral siendo una delicia a los ojos del observador. Al fin y al cabo, la toma de fotografía requiere de la inmortalización de un momento determinado. Pero esta técnica lo que permite es paralizar diversos instantes en uno mismo. Simplemente sublime.

Cuando vi la fotografía del Caligrama de hoy recordé esas imágenes francesas por dos razones. La expuesta unas líneas más arriba y por la casa en concreto que aparece fotografiada. Todavía los nonagenarios de esta ciudad – por tradición oral- la llaman hoy en día «la casa del francés», y es que para derivar a los orígenes más inmediatos de esa construcción nos tenemos que ir a Francia, concretamente al valle de Prest, ya que la familia que construyó ese edificio era oriunda de allí: los Vallier.

Un total de dos generaciones vivieron en esa casa desde sus promotores: Juan Bautista y Luis, hasta las hijas de este último: María del Carmen, Concepción, María Dolores e Isabel, ya de forma más intermitente.

Esta casa, al igual que la de los Moran/Rausell, se levantaría como uno de los paradigmas que identificarían la ascensión de una nueva clase dominante que vendría a substituir –salvando las diferencias- el antiguo poder ducal y que se alzaría con ciertos aires de caciquismo local. Representando ambas familias el poder conservador y liberal, respectivamente.

El lugar escogido no fue en vano, se trababa de una de las primeras jugadas especulativas de la zona intentando expandir la ciudad hacia el sur. En realidad, poco sentido que no fuera el especulativo tenía forzar el crecimiento hacia este lado de la villa teniendo en cuenta que la conexión del ferrocarril estaba junto al otro extremo. Esto acabaría, muchos años después, en hibridaciones forzadas como las de Benipeixcar i Beniopa.

Detrás de la casa, hoy en día todavía se prolonga una parte del jardín que antaño se extendía hasta la misma plaza del Prado y donde aún atestiguan unas jacarandas y un precioso ficus de la época, entre otras variedades. Justo en este jardín había un pavo real que, probablemente, muchos lectores recordaran todavía. Tal vez este animal, por su exotismo y rareza, constituía uno de los principales atractivos para aquellas miradas indiscretas que, cuando permanecía cerrado el edificio por ausencia de las marquesas, intentaban penetrar e imaginar todo lo que allí se vivió. Lo cierto es que la estampa ayuda. Esa arquitectura romántica y defensiva acentuada por el deterioro al que se vio sometido el edificio los últimos años antes de la restauración, secundaba a darle ese aire ruinoso y decadente que invitaba todavía más al descubrimiento de qué escondía ese caserón. Incluso, una hiedra trepaba por la torrecilla derecha y lo tapaba todavía más, tal vez recelosa de esa indiscreción tan bien intencionada, pero indiscreción al fin y al cabo.

Finalmente, sería un 13 de julio del año 1980 cuando Dolores e Isabel Vallier Trénor donaron la casa -manteniendo el usufructo- a la Obra Cultural Bancaixa con el fin de convertirla en un centro cultural. Luego se hizo una cesión al Ayuntamiento de Gandia quien, a través del arquitecto Pablo Martínez, la remodeló manteniendo su esencia hasta convertirla, oficialmente, en la Casa de la Cultura de la ciudad.

Se abrió al público un 19 de mayo del año 2000 con una exposición de obras de Picasso y, desde entonces hasta la actualidad, un sinfín de personajes de relevancia intelectual han pasado por este contendor cultural que ha visto colgado de sus paredes, además de las obras del citado, otras de la talla de Renoir, Sorolla o Barceló, entre un largo etcétera.

Una ciudad se debería medir no por kilómetros cuadrados o metros de costa, sino por el nivel cultural de sus habitantes. Está claro que conseguir esto con unas 80.000 almas más o menos está difícil, por no decir que es desmedidamente utópico, pero, al menos, esta ciudad sí que puede decir que tiene todo un edifico dedicado a sembrar cultura a todo aquel que la busque. Esto es muy importante y nos podemos sentir afortunados, aunque actualmente una parte de la población observe ya esta casa con la mirada de lo cotidiano.